Historia del Cine Canario

Un viaje por la Historia del Cine Canario (Parte II)

en Cultura y Arte Canario por

El siglo XXI en Canarias, como en el resto del país, se caracteriza por la revolución del digital y el boom del cortometraje. Conviven, más juntos que nunca, el cine amateur con el profesional, el de autor con el comercial, la película con el vídeo, el arte con la industria y el entretenimiento con la experimentación. Nuevas generaciones repletas de talento responden cada día a la pregunta que nos inquietaba en la primera parte de este viaje (¿cómo es el cine canario?), aunque no les quede más remedio que seguir enfrentando a un viejo enemigo: la falta de un modelo que apoye de manera efectiva al sector.

Años 2000: la fiesta del cine canario

En un país indeterminado de África subsahariana, una mujer rememora toda una vida de sufrimiento en los instantes previos a ser lapidada. Vemos imágenes del poblado, del desierto, de una charca en el oasis… y no imaginamos que se trata de un cortometraje dirigido por el canario Guillermo Ríos en entornos naturales de Tenerife. Nasija (2006) cosechó más de 50 premios internacionales y una preselección a los Oscar.

Con la entrada del nuevo milenio, el formato cortometraje no le da más que alegrías al archipiélago. Dos buenos ejemplos de esto, por sus nominaciones al Goya al Mejor Corto, son el thriller El Intruso (David Cánogas, 2005) y la pieza de animación La Noche de los feos (Manuel González, 2006).

También contamos en estos años con largometrajes como: La Caja (J.C. Falcón, 2006) y su espectacular reparto femenino; Óscar, una pasión surrealista (Lucas Fernández, 2008), recordada por ser una de las películas más caras de nuestra historia y, pese a ello, salir escaldada de las críticas; La isla donde duerme la edad de oro (Isabelle Dierckx, 2005), un documental cuya premisa es la búsqueda de una película de Buñuel perdida en Canarias; o El amor se mueve (Mercedes Afonso, 2008), un drama compuesto por siete historias de amor repartidas por todo el archipiélago.

Otra particularidad del cambio de siglo es la irrupción de una serie de festivales que han ido creciendo con cada nueva edición (exceptuando el paréntesis de la crisis económica), hasta el punto de convertirse hoy en día en los de mayor prestigio en Canarias.

Uno de los casos más destacados quizás sea el del Festival Internacional de Cine de Las Palmas (o LPA Film Festival). Desde el año 2000 ha apostado por seleccionar películas internacionales de marcado carácter autoral y por potenciar una sección de peso para realizadores de las islas. Nombres como David Pantaleón, Nayra Sanz Fuentes, Amaury Santana, Octavio Guerra, Cris Noda, Cayetana H. Cuyás, Samuel M. Delgado, Víctor Moreno, Rafael Navarro, José Alayón, Fernando Alcántara, Christian Lage… y muchos otros, han sido recurrentes en su historia, lo que ha permitido hablar de una cierta generación de cineastas canarios que se relaciona entre sí y que comparte una concepción del cine “como una herramienta para pensar, no sólo para entretener”, en palabras del propio David Pantaleón en una entrevista para Televisión Española.

En Tenerife, cabe destacar el Festival Internacional de Cine Documental de Guía de Isora (o MiradasDoc), que desde 2006 da cuenta del auge de la “no-ficción” en el medio cinematográfico. David Baute y Miguel G. Morales son de los realizadores del género con una obra más prolífica en esta década.

Otro festival de renombre, por ser un pionero en España en su formato, es el Festivalito (ahora llamado Festival de las Estrellas de La Palma). Nace en 2002 y se nutre de cortometrajes en formato digital que realizadores de todas partes del archipiélago deben realizar durante la misma celebración del festival. Su filosofía se opone al glamour de otros festivales, y se fundamenta en un cine modesto en el que lo prioritario es disfrutar de las experiencias que se comparten durante el proceso.

Años 2010: ¿hacia un cine como bien cultural?

Es el subsuelo de Madrid, pero podría ser el de cualquier otra gran urbe. La inmensa telaraña de alcantarillas, túneles y redes de transporte, rodada en extrema oscuridad, deja de ser una ciudad subterránea para convertirse en algo más: un viaje por el inconsciente, o por una galaxia muy, muy lejana. La ciudad oculta, del tinerfeño Víctor Moreno, ya es para muchos una de las películas más destacadas del 2019 en España.

Además de cineasta, Víctor Moreno fue el primer presidente que tuvo la Asociación de Cineastas Canarios Microclima, que en la actualidad se compone de 46 socios. Esta asociación nació en 2016 para analizar, reflexionar y debatir sobre las políticas audiovisuales en Canarias, con el objetivo de que la sociedad y el Gobierno de las islas entendieran el cine como un bien cultural. Según declaran en su web, el cine es “una herramienta fundamental para consolidar nuestro universo simbólico, una muestra de la identidad de un pueblo y sus gentes, además de un bien económico (que también lo es)”.

Para la asociación, resulta absurdo que hasta el 2018, Canarias fuera la única comunidad autónoma de España que gestionaba las ayudas al audiovisual desde el área de Industria, en vez del de Cultura: “es una anomalía que lleva a que en muchos puntos no se entienda en su globalidad las peculiaridades del hecho cinematográfico.” En 2019 se consiguió por fin remediar esta situación, pero las pruebas de esa falta de comprensión institucional abundan en un vistazo de hemeroteca. No sólo somos la tercera comunidad autónoma que menos invierte en producciones regionales, sino que, por ineptitudes en las convocatorias de las ayudas del Gobierno de Canarias, en 2018 se desperdiciaron casi 375.000 euros y, en 2017, casi 1,3 millones. Como en todo, estas pérdidas provocaron un efecto dominó, y éste en concreto se llevó por delante inversiones millonarias del sector, rodajes que ya se habían planificado, contratos de técnicos, de coproducciones, de distribución…

La peculiaridad de esta crisis es que coincide con infinidad de titulares que declaran que Canarias está en su mejor momento cinematográfico por servir de plató para producciones nacionales e internacionales del más alto nivel. Frente a los 706.000 euros que se han invertido en cine canario entre 2011 y 2018, se les han desgravado 8 millones de euros a las productoras del resto del país que han venido a rodar a las islas. Algunos ejemplos son las hollywoodienses Furia de Titanes (2010), Fast and Furious: A todo Gas 6 (2013), Jason Bourne 5 (2016), Han Solo: una historia de Star Wars (2018) o Rambo V (2019); o las españolas El Niño (2014), Ma Ma (2015) o Palmeras en la nieve (2015); o las series Black Mirror (2017) o Hierro (2019)…

La etiqueta “film-friendly” comienza a ser un lugar común en las islas. Tenemos todo lo que un equipo de rodaje pueda desear: primavera eterna, mar, montaña, desierto y ciudad en pocos kilómetros cuadrados, pertenencia a la Unión Europea, industria hotelera de calidad y, lo mejor, deducciones fiscales del 40% para producciones extranjeras y hasta el 45% para las españolas. Pronto (para finales de 2020 según las últimas previsiones), también habrá platós de cine en la isla de Gran Canaria que permitirán responder a la demanda de productoras foráneas de rodar en interiores.

A la hora de optar a las ayudas al cine del Gobierno autonómico se necesita el sello de “autoría canaria”, para lo cual algunos puestos importantes del equipo deben tener su domicilio fiscal en las islas, sin condición mínima de antigüedad. Dailo Barco, presidente de Microclima en 2019, explicaba para Canarias 7 que “se puede dar el caso, perfectamente, de que un productor, un director y un guionista que ni han nacido en las islas y que no han residido nunca en el archipiélago se den de alta fiscalmente para acceder a las ayudas”. Esta situación deja desprotegido al talento canario, que pasa a ser un elemento prescindible para una producción de fuera que quiera obtener las ayudas regionales. “Nos encanta que vengan a rodar, nos enriquece que lo hagan, es estupendo que las pelis saquen las palmeras canarias y todo eso”, comentaba la cineasta grancanaria Cris Noda en un reportaje para RTVE, “pero nos duele que sólo se fomente ese tipo de cine”.

Aunque sea muy difícil ver en salas comerciales una película canaria, la producción autóctona tampoco es que esté atravesando un desierto creativo, ni mucho menos. Dead Slow ahead (Mauro Herce, 2015), un viaje hipnótico a bordo de un carguero que avanza lentamente hacia su muerte (metafórica), obtuvo importantes premios en certámenes internacionales de la talla del Festival de cine de Locarno. Evolution (Lucile Hadzihalilovic, 2015), una coproducción belga-francesa-canaria (lo de “canaria” por mérito de la productora Volcano Films) ambientada en una isla inventada donde solo existen mujeres y niños, se alzó con la proeza del Premio Especial del Jurado del Festival de San Sebastián. Julie (Alba González de Molina, 2016), una película intimista rodada en su mayor parte con energía solar en una ecoaldea de León, sorprendió con el Premio a la Mejor Ópera Prima en el Festival de Málaga. Y la guinda de esta década la puso Blanco en Blanco (Theo Court, 2019), un largometraje que explora las barbaries cometidas en Tierra del Fuego a finales del siglo XIX, y que ganó, entre otros, el Premio a Mejor Dirección y el Premio FIPRESCI (Sección Orizzonti) del Festival de Venecia.

Por otra parte, en esta década el cortometraje se ha ido consolidando como un género en sí mismo, más que como antesala necesaria para rodar un largo. Por ejemplo, Los gritones (Roberto Pérez Toledo, 2010), una historia de amor no correspondido tan breve como hilarante, ha ganado 17 premios a lo largo y ancho del planeta. Y SubTerrae (Nayra Sanz Fuentes, 2017), una impactante pieza documental sobre un “infierno” que habita en nuestra sociedad, lleva acumulados 18 galardones y ha sido seleccionado en más de 80 festivales nacionales e internacionales.

Con cada nueva generación, el interés por hacer cine y las posibilidades reales de hacerlo aumentan. En 2017, el Instituto de Cine de Madrid, que contaba con 15 años de recorrido, abrió una sede en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, con docentes experimentados como Luifer Rodríguez, Macu Machín o Esteban Roel.

Pero decidir si la próxima década será prometedora o no para nuestro cine, eso ya depende del veredicto de cada cual. En el documental Encrucijada del cine canario (Nacho Bello, 2015), para el director y guionista grancanario Armando Ravelo, “el cine canario es algo que todavía está por germinar, en el subsuelo”, mientras que para el director del Festivalito de La Palma, José Víctor Fuentes, “estamos en el mejor momento de la historia del cine en Canarias”. El 27 de noviembre de 2018, por lo menos, se consiguió llevar a debate por primera vez en el Parlamento de Canarias las problemáticas que afronta nuestro audiovisual. Un pequeño pero importante paso para seguir en este viaje cinematográfico, preguntándonos cómo es el “cine canario” y acercándonos cada vez más a encontrar respuestas que nos gusten.

Bibliografía empleada

Realizador audiovisual. Graduado en Comunicación Audiovisual y Periodismo por la UC3M (Madrid). Diplomado en Cine Documental por la PUCV (Valparaíso).

Deja un comentario

Your email address will not be published.

*