Entrevista | Alegando con Alba González de Molina

en Entrevistas por

Cuando Alba González de Molina (Gran Canaria, 1989) nos recibió en su casa de Las Palmas, sobre el escritorio de su estudio reposaba el montaje de su último trabajo, El Presente es nuestro, documental que forma parte del proyecto Laboratorio Imaginario. En 2016, con su ópera prima en la ficción Julie, ganó en el Festival de Cine de Málaga el Premio a la Mejor Ópera Prima y la Biznaga de Plata a la Mejor Actriz de Reparto por Silvia Maya. Alba, cineasta en constante reinvención, ha dirigido cuatro largometrajes en total. “Yo no soy de las que piensan que cada día es un día más, sino un día menos”, nos cuenta sin perder la sonrisa.

¿Cómo empezaste en el mundo del cine?

Realmente mis aspiraciones, desde que era chiquitita, eran ser escritora. Era la típica niña que iba por ahí con su libreta, escribiendo cada vez que podía, inventándome historias… Construía los libros, les ponía índice y, al final, “otros títulos”, aunque no tuviese ninguno más [risas].

Cuando llegó la hora de elegir una carrera, sabía que no quería estudiar periodismo. Estaba negada a estudiar algo que fuese tan concreto, tener que seguir las líneas de una editorial. Al final encontré la carrera de comunicación audiovisual, que no llevaba muchos años existiendo, y empecé a mirar las asignaturas: “métodos de creatividad”, “guión de cine”, “producción”, “realización”… y me picó la curiosidad de, por qué no, intentarlo por ahí. La carrera quizás me abrió las puertas de conocer gente con las mismas preocupaciones que yo, y me dio herramientas para sentirme capaz de escribir historias y llevar esas historias a la imagen.

¿Qué recuerdas de la experiencia de rodar Stop! Rodando el cambio?

Primero que nada, le guardo un cariño brutal. Nos sentimos muy libres haciendo esa película. No teníamos expectativas, no sabíamos a donde íbamos a parar… Teníamos una idea un poco estructurada del recorrido, a nivel de producción (a donde íbamos a ir y a quién íbamos a entrevistar), pero íbamos siempre un poco abiertas a todas esas cosas que pudiesen suceder… y al final sucedieron muchas y se abrieron más puertas de las que pensábamos.

Fue un rodaje poco convencional. Conseguimos 3000 euros en total, entre un crowdfunding (que fueron unos 1800 euros) y una fiesta que hicimos. Hasta vendí calimocho en la calle. La película era la única motivación que teníamos durante la carrera. Por otro lado, conseguimos una furgoneta y trazamos ese recorrido. Visitamos diferentes ecoaldeas, pueblos en transición y espacios donde se ubicaban proyectos sostenibles o ecológicos. Y hubo también determinadas personalidades que nos abrieron los ojos a muchas cosas que normalmente no se cuentan. Acceder ahí fue todo un regalo, la verdad. Entrevistamos a gente que, a día de hoy, lo pienso y digo: “wow, lo conseguimos y no sé ni cómo”.

En Julie, el proceso de escritura y de rodaje tampoco fue el convencional. ¿Qué nos puedes contar de ello?

El proceso de escritura de Julie fue bastante curioso. Yo acababa de volver a Canarias tras terminar la carrera. Después de seis años en Madrid, el regreso fue duro, como supongo que para todo el mundo que deja ese lugar en el que se ha realizado como persona y se ha empezado a construir a sí misma tras cortar el “cordón umbilical” con la familia.

En ese momento, me planteé qué hacer. Habíamos hecho Rodando el cambio y me sentía capaz de, por qué no, crear una película. Estuve dudando de si ir a la escuela de San Antonio los Baños [en Cuba] e intentar aplicar para la carrera de documental o de dirección o, en el caso de que me viniese alguna idea para una película, ejecutarla. Y entonces se me ocurrió una idea muy leve sobre una madre, una persona joven que se queda embarazada y realmente no sabe si quiere ese bebé. Tenía pensado también el espacio: quería que se escondiera en la ecoaldea de Matavenero (en León), la cual yo ya había visitado porque grabamos allí parte de Rodando el cambio.

Entonces, lo que hice fue irme un mes y medio a trabajar en granjas de permacultura por Inglaterra y, durante ese tiempo, escribir la estructura del guión. Previamente, había conocido a la actriz, Marine Discazeaux, en el bar El Bote [en Las Palmas]. A base de “venga, lo hacemos”, “claro que sí”, “creo en ti” (todo esto a una persona que no conocía), aquello se convirtió en la excusa perfecta para ponerme un deadline. Estuve casi un año con el guión, escribiendo, escribiendo, escribiendo… Y leyendo mucho también, otros guiones y demás. Tuve unos encuentros con un profesor de la universidad para que me echase una mano y me diese feedback. Yo estaba muy abierta a modificaciones, a aprender.

Lo curioso de esta película… fueron varias cosas. Por un lado, la ecoaldea donde rodamos que, por las características del propio espacio, ya generaba toda esa atmósfera que yo quería transmitir. Pero tenía muchas dificultades: para trasladarnos, para bajar el material y los generadores… Fue una locura. Usamos un teleférico para lanzar la comida, llevamos treinta y pico colchones para todo el equipo… Muchas de las personas que vivían allí accedieron a participar como actores también, por lo que tuve que dirigir a personas que nunca habían tenido vínculo alguno con el cine. Y después estaba el hecho de que en ese espacio no hubiese electricidad. Algunas casas, las que estaban en las zonas comunes, tenían placas solares. Nos prestaron esa luz para poder trabajar, y así la película se rodó con un 80% de energía solar. Solo usamos generadores para las escenas nocturnas, porque no se podía grabar de otra manera. Pero fueron cuatro o cinco noches a lo sumo, comparado con todo ese mes de rodaje.

Algunas casas, las que estaban en las zonas comunes, tenían placas solares. Nos prestaron esa luz para poder trabajar, y así la película se rodó con un 80% de energía solar

También convivimos de una manera muy comunitaria. No salíamos del pueblo, nos integramos totalmente… Hicimos hasta un Inipi, que es un rito de purificación mexicano, y nos metimos todos desnudos en una especie de horno hecho con pieles y unas piedras dentro… No sé, fue una experiencia digna de recordar.

Todos los que trabajamos en la película éramos principiantes, que era otra de las cosas que yo quería. ¿Por qué no darnos a nosotros este tipo de oportunidades cuando meterse en el cine y escalar es tan difícil? Parece que tienes que empezar desde cero sí o sí, cuando la energía y la fuerza las tienes ahora… mientras que cuando consigues llegar arriba a lo mejor ya estás cansado de la vida o no tienes esa pasión. Yo no miraba el currículum, me daba igual. Intenté que la gente que quisiese participar en el proyecto era porque realmente quería.Y que si yo le dijera que no habría electricidad y que íbamos a estar un mes en mitad de la montaña sin agua, me dijese que sí.

¿Cómo fue abordar las historias de Las Flores de Jericó?

Las Flores de Jericó cuenta la historia de cinco mujeres migrantes que han tenido que marcharse de su lugar de origen y de su país en busca de un futuro mejor, un lugar donde asentarse y estar tranquilas y seguras. El documental es un reflejo de todas las violencias que sufren las mujeres, que no necesariamente tienen que ser físicas, sino las que hemos sufrido a lo largo de la historia en todo el mundo, las que nos hacen unirnos en una especie de duelo donde todas somos una. Da igual de dónde provengas o a dónde vayas: necesitamos un espacio para sobrevivir, un espacio donde desarrollarnos.

En este caso, el presupuesto con el que contábamos era muy reducido. Decidimos rodar en cinco localizaciones de Gran Canaria que no tuviesen ningún vínculo con el lugar de origen de las mujeres. A la saharaui, por ejemplo, no la pusimos en un lugar desértico, sino en uno super verde y florido. Queríamos también extraer a la persona de la ciudad o del lugar al que está acostumbrada y plantarla, como si fuese una flor, en un espacio natural y abierto. E hicimos una especie de juego: les entregamos unas cámaras de usar y tirar (que además estaban caducadas, lo que nos dio algunos problemas [risas]), para así reforzar y completar sus historias con imágenes sacadas por ellas mismas. La intención era eliminar nuestra visión eurocentrista y de mujer blanca. Cada ojo es diferente: la visión de la yemení no es la misma que la de la nigeriana, la saharaui o la venezolana, por ejemplo. A veces tuvimos que ayudarlas un poco, otras veces estaban super inspiradas y sacaron fotografías…

La intención era eliminar nuestra visión eurocentrista y de mujer blanca. Cada ojo es diferente: la visión de la yemení no es la misma que la de la nigeriana, la saharaui o la venezolana, por ejemplo

En las entrevistas, tanto Blanca Ordóñez como yo, quisimos siempre respetar que ellas llegaran hasta donde quisieran llegar. No queríamos ser sensacionalistas ni buscar el dolor, sino simplemente darles un espacio para expresarse. Fue difícil encontrar mujeres que quisieran exponerse y hablar de cosas dolorosas a dos desconocidas. Además, si habían corrido riesgos en sus países, tenían miedo de decir algo que las pusiera de nuevo en peligro a ellas o a su familia. Intentábamos ser prudentes. Una de las chicas, por ejemplo, no quiso salir en el documental después de haber hecho la entrevista. Quedamos con ella para que viese el material y censuró la mitad, o sea, todo lo que podía ponerla en peligro. Nosotras le dimos total libertad.

Fue una experiencia muy bonita, y salió un documental del que me siento bastante orgullosa. Nos acercó a realidades totalmente ajenas a nosotras, mujeres que tenemos unos privilegios bestiales. También evitamos hacer las entrevistas con el típico fondo negro y luz artificial. No queríamos que pareciese una cárcel, sino que se sintieran cómodas. Al final, las flores de jericó son unas flores secas, casi como un helecho, que cuando no están en un entorno favorable se cierran y se secan. Gracias al viento, que las empuja a lo largo de kilómetros y kilómetros, llegan a un lugar donde por fin sienten que pueden echar raíces. Así fue cómo encontramos el vínculo con ellas.

¿Cómo podemos hacer un cine “social” sin caer en lo panfletario?

Lo más complicado es transmitir tus ideas sin que sea evidente. Además, las ideas se van modificando. Eso es también lo interesante, ver cómo vas creciendo como persona, encontrando tu camino, aprendiendo cosas nuevas y a veces hasta contradiciéndote. Creo que eso es algo muy digno. Pero es verdad que, desde el momento en que te ponen una etiqueta, luego es más complejo luego quitársela y serte fiel a ti misma. A veces parece que respetas más lo que esperan de ti que lo que verdaderamente quieres contar.

Creo que el cine es una herramienta de transformación social brutal, sobre todo ahora que estamos en la era digital y todo funciona a base de vídeos. La gente apenas lee y hay muy poca reflexión, muy poca profundidad. Uno lo que quiere es que se actualice rápido la página de Instagram y Facebook y poder acceder a la mayor cantidad de información posible. En ese contexto, conseguir sentar a alguien durante una hora y media para transmitirle un mensaje me parece increíble, una puerta maravillosa para entrar en las mentes de las personas. No para manipular, pero sí para sembrar una duda, una pregunta que puedan buscar luego en sí mismos o en el exterior. Que salgan de esa burbuja digital a la que estamos sometidos.

Es verdad que, desde el momento en que te ponen una etiqueta, luego es más complejo luego quitársela y serte fiel a ti misma

Las historias que me gustan suelen ser muy dramáticas. Al final, la vida tiene momentos muy bonitos pero muy drásticos también. No deja de ser un camino constante hacia la muerte. Yo no soy de las que piensan que cada día es un día más, sino un día menos. Pero creo que trabajamos por ver la vida de la mejor forma posible. Por eso, todo mi trabajo por ahora ha ido destinado al cine de conciencia social, que además se desprestigia bastante y no suele competir en los festivales más generales, sino en los márgenes. Parece que si hablas del colectivo LGTBI solo puedes competir en esos lares, o que si hablas de ecología solo puedes moverte por festivales medioambientales, o si hablas de inmigración solo estarás en muestras por los derechos humanos. Me gustaría que todo eso se rompiese, que los festivales fuesen más abiertos. Da la sensación de que hay que clasificarlo y etiquetarlo todo para entenderlo. Y es verdad que mucha gente no conocería los márgenes si no se les nombrara… pero ojalá llegue un momento en el que todos estemos en el mismo lugar y no haga falta distinguirnos ni definirnos.

¿Cómo ves el panorama actual del cine en Canarias?

Creo que está habiendo un incremento de la calidad, y que incluso destacan nombres con un nivel elevado que han podido darse a conocer al mundo y estar en festivales importantes. A nivel creativo hay un boom importante, y no solamente en el audiovisual sino en el arte en general. Hay gente con mucho que contar que necesita espacios de expresión, pero esos espacios todavía son limitados, y sigue sin destinarse suficiente dinero a la cultura como para que podamos comunicar como queramos.

Ahora mismo me parece que hay una cantera interesante de gente joven (entre 18 y 35 años o incluso superior) que refleja esta idiosincrasia de ser isleños, de vivir en la ultraperiferia, de ese sentimiento de inferioridad que podemos llegar a tener por la poca atención que nos han prestado desde la península, como si aquí sólo hubiese sol y playa y no gente que piensa. Parece que estamos bananeando constantemente y no creo que sea cierto, hay gente con muchas cualidades.

Creo que tiene que haber una mayor y mejor formación. Necesitamos puntos de encuentros formativos, que venga gente de fuera a aumentar nuestros conocimientos. Que vengan aires nuevos y frescos, que haya más residencias artísticas, masterclass, seminarios, etc., que dejen su huella intelectual. También es importante que la gente de aquí pueda irse fuera, beber de otras historias y regresar para potenciar todo lo que tenemos por contar aquí. Es una pena que haya una fuga de cerebros a nivel artístico. ¿Por qué tengo que irme de mi lugar de nacimiento para poder crecer como persona y como artista si realmente es aquí donde quiero estar?

¿Por qué tengo que irme de mi lugar de nacimiento para poder crecer como persona y como artista si realmente es aquí donde quiero estar?

Si estuvieses en un cargo de responsabilidad en el área de cultura del Gobierno de Canarias o de un Cabildo, ¿qué medidas tomaría para mejorar esta situación?

Es verdad que se están abriendo espacios nuevos de formación, porque han visto que hay un mercado enorme de producciones de la península y, sobre todo, de Hollywood. Pero el sector no puede estancarse en los que vengan de fuera, sino que debe incentivar el cine canario. Para mí, el cine canario no es el que se hace en Canarias, sino el que tiene una historia rodada aquí, con personajes y creadores canarios. Si no, no tendría ningún sentido. Sería simplemente un escenario más, y escenarios puedes encontrar en cualquier parte del mundo, aunque obviamente aquí tengamos ciertas características que hacen que les interese.

En este sentido, hay que prestar atención a los sectores más desfavorecidos y aumentar económicamente el apoyo. Es necesario que las subvenciones aumenten, que se presten muchas más ayudas económicas y que se creen más espacios de producción. Canarias, y sobre todo el Gobierno, cuenta con muchísimos espacios vacíos. ¿Por qué no ponen espacios a precio de risa, en los que puedas registrar tu nombre, poner un cartelito en la puerta y crear en su interior? O, si eres escultor, donde puedas tener tus materiales y puedas trabajar. O espacios de comunicación donde puedas hacer promoción de la cultura. Luego, cada cierto tiempo, puedes abrir las puertas para que la gente los conozca. Es importante y no creo que cueste tanto. Si tenemos espacios de sobra y tenemos a las personas… es ‘hacer un match’ y ya queda poco más por hacer.

Realizador audiovisual. Graduado en Comunicación Audiovisual y Periodismo por la UC3M (Madrid). Diplomado en Cine Documental por la PUCV (Valparaíso).

Deja un comentario

Your email address will not be published.

*