Historia del Cine Canario

Un viaje por la Historia del Cine Canario (Parte I)

en Cultura y Arte Canario por

En 2026 el cine hecho por canarias y canarios habrá cumplido cien años. Es inevitable hacer balance con tan solemne aniversario a la vista, pero si ya plantear “cómo es el cine español” puede despertar recelos, prejuicios y aturdimientos en el espectador, ¿habrá algo más desasosegante que preguntarse cómo es el cine canario?

Al menos por un rato, vale la pena desprenderse de esa apatía para emprender un viaje desde su nacimiento hasta nuestros días. Porque en esta primera parte del recorrido, en la que rescataremos la filmografía insular del siglo XX, quedarán muchas obras en el tintero y algunas conclusiones sin madurar, pero podremos respirar tranquilos sabiendo que cine, en Canarias, se ha hecho, y mucho. Y bueno.

Años 20: el despertar del cine canario

Inglaterra, años 20. Un ladrón encapuchado, unas joyas robadas, Ketty Henry (la hija de un banquero) secuestrada y un detective para investigar este follón: Tom Carter. Aunque no lo parezca, se trata del argumento del primer filme canario de ficción de la historia. El ladrón de guantes blancos (1926) fue una película muda de aventuras inspirada en los seriales policíacos de la época, y ejecutada muy dignamente pese a su escasez de medios. El equipo técnico y artístico era de Tenerife, por lo que el rodaje se desarrolló por rincones de La Laguna, El Puerto de la Cruz, Santa Cruz, el monte de Las Mercedes… A Tom Carter lo interpretaba Romualdo García Paredes, un tinerfeño que colaboraba en periódicos locales y que asumió en esta cinta el papel protagonista, además del rol de director artístico y director de actores. El director y operador de cámara era José González Rivero, un cubano que llegó a La Laguna en su juventud, se convirtió luego en gerente del Teatro Leal y, más adelante, fundó la “Sociedad Rivero Films”, primera productora del archipiélago.

Los años 20 eran el momento en el que el cine se consolidaría como una opción de ocio clave para los canarios. La segunda productora surgiría en la isla vecina en 1926 bajo el nombre de “Gran Canaria Film”. Bajo su auspicio, Francisco González González y Carlos Luis Monzón realizaron el largometraje La hija del mestre, una historia de amor inspirada en una zarzuela homónima que se convirtió en la más exitosa de su tiempo en Canarias. Casi un siglo después, en 2018, la cineasta Macu Machín recuperaría el metraje para su película “Quemar las naves”, en la que reinterpretaría las míticas imágenes de celuloide.

La tragedia llegó una noche de 1933, en circunstancias aún no esclarecidas, en forma de disparo letal de un falangista sobre el cuerpo de José González Rivero. Tanto Sociedad Rivero Films como Gran Canaria Film no pasarían de ser proyectos efímeros, y los rodajes que vendrían durante los siguientes cuarenta años serían, más que de aquí, de «allá»: de la península o el extranjero.

Años 30-60: el cine como promoción turística

Canarias, 1450. Las Islas Afortunadas se resisten a ser conquistadas por Castilla. La princesa Guayarmina, hija de un guanarteme interpretado por un actor casi más caucásico que los propios castellanos, conoce por casualidad a un oficial español que se enamora de ella. Cuando las tropas invasoras triunfan, triunfa también el amor entre el héroe castellano y la princesa. Tirma (1954) fue una coproducción hispano-italiana con una visión colonialista y llena de patadas al rigor histórico (los indígenas lucen cortes de pelo al estilo “mohicano” y luchan con arcos y flechas), pero revestida con la magnitud de las superproducciones de la época. Sus planos sacaron a relucir paisajes vírgenes y espectaculares, que reforzaban la concepción de Canarias como una tierra mítica y paradisíaca.

También se sirvieron de los paisajes insulares en la película alemana La Habanera (1937), haciendo pasar Tenerife por Puerto Rico, o en la venezolana Alma Canaria (1945), un melodrama sentimental cargado de exaltaciones folclóricas.

Es la historia de nuestro cine en éstas décadas y, al mismo tiempo, una premonición de la coyuntura que tendríamos en el siglo XXI: grandes producciones foráneas rodando en Canarias y la producción local atravesando serias dificultades para financiarse. Aunque, en el siglo pasado, lo que soterró las posibilidades de un cine hecho por canarios fue la llegada del cine sonoro y la crisis de posguerra, y que el franquismo entendió el cine en Canarias más como una posibilidad de promoción turística que como una industria en sí misma.

Una película se salió de esta norma, y fue la francesa Tenerife (1932). En ella, las imágenes y la voz en off contraponen intencionadamente el trillado imaginario paradisíaco del archipiélago con la miseria de las clases populares: “El variado clima de las Islas Canarias permite vivir a todas las plantas, crecer a todas las flores; pero el plátano no alimenta a sus hombres. Y es en estos barracones sórdidos donde viven los trabajadores de las Islas Afortunadas”. Precisamente sus realizadores, Yves Allegret y Eli Lotar, pretendían rodar un trabajo parecido en un pueblo perdido en Extremadura, y al no conseguirlo le cedieron la idea y la cámara a un amigo común: Luis Buñuel. Así fue como el cineasta aragonés hizo en 1932 su obra maestra Las Hurdes, tierra sin pan.

Años 70: segundo despertar del cine canario

Según el vasco-canario Ramón Saldías, su película El camino dorado (1979) es la que única que existe en nuestro país sobre el alcoholismo. Aunque consiguió distribuirse internacionalmente y fue seleccionada en el Festival de San Sebastián, más allá de eso no obtuvo mucha repercusión. Según el propio director, el motivo fue una escena delirante del protagonista, larga, dura, difícil de aguantar, que a día de hoy se arrepiente de haber incluido.

Pero el logro de los años 70 en Canarias no fue tanto concebir películas canarias de éxito como simplemente concebir películas canarias. El abaratamiento de los costes de producción, gracias a las cámaras domésticas y el 8mm, impulsaron a cerca de ochenta directores a filmar más de doscientas obras, de las cuales la mayoría se oponía frontalmente al cine folclórico y superficial de las décadas anteriores. Además, el fin de la dictadura incentivó el surgimiento de colectivos y asociaciones cuyo afán era expresarse libremente sobre arte, política e ideología. Por ello, los filmes tenían una intensa vida regional tras el rodaje: se escribía sobre ellos en prensa, se proyectaban en nuevos festivales canarios o en salas de Santa Cruz y Las Palmas con la presencia de los directores, y se debatían acaloradamente entre el público.

El mismo Ramón Saldías dirigió la fotografía de una película del pintor grancanario Pepe Dámaso, La umbría (1975), una historia familiar en Agaete que gira en torno a la muerte y está interpretada por la gente del pueblo. También destaca Talpa (1973), de Teodoro y Santiago Ríos, por su palmarés en festivales regionales, nacionales e internacionales. Y ya en el terreno amateur, merece la pena nombrar a Roberto Rodríguez, cuyos documentales etnográficos (como Los calabaceros o El juego del palo) tenían gran acogida entre los espectadores, y al que el cineasta Dailo Barco le dedicó recientemente una película (Las Postales de Roberto) [enlace a Reseña de Las Postales de Roberto] tras encontrarse por casualidad con su obra en la Filmoteca Canaria y quedar fascinado por la belleza plástica de sus “postales”.

Años 80-90: hacia un cine canario profesional

“Un fotógrafo se obsesiona por captar el momento de un suicidio”: con esa premisa parte el cortometraje de Luis Sánchez-Gijón El fotógrafo (1986). Financiado por TVE, el metraje, bien facturado y con un ritmo que engancha, no pudo circular por festivales porque, según el director, “el representante del «ente» en las ínsulas dijo que la humilde peliculilla era propiedad de TVE y que de eso nada”.

El fotógrafo fue la primera incursión profesional en el cine de Sánchez-Gijón, pero su nombre volvería aparecer con diversos roles en títulos destacados de nuestra filmografía: ayudante de dirección en Esposados (Juan Carlos Fresnadillo, 1993) [link de la reseña], primer corto español que obtuvo una nominación a los Oscar; director artístico en el nominado al Goya a Mejor Documental El largo Viaje de Rústico (Rolando Díaz, 1993); y además, montador de varias películas del director grancanario Elio Quiroga, entre ellas, la recién estrenada La estrategia del pequinés (2019). De Quiroga también cabe recordar su ópera prima, el largometraje Fotos (1996), una arriesgada apuesta por un drama delirante con el que ganó el premio a Mejor Guión en Sitges y recibió las alabanzas del mismísimo Quentin Tarantino.

Pero regresemos a El fotógrafo. Tras su impactante final, los títulos de crédito nos revelan que la obra ha sido co-producida, además de por TVE S.A. en Canarias, por Yaiza Borges SCL. Por mucho que volvamos a ver este nombre en los créditos de otras películas canarias de finales de los 70 y de los 80, Yaiza Borges no se trata de una productora al uso. De hecho, fue un proyecto tan amplio e inspirador que recibió el Premio Microclima 2017, concedido por la Asociación homónima que reúne hoy en día a cineastas de Canarias, en reconocimiento de su trayectoria y su defensa del cine como bien cultural. En el discurso de la entrega del premio, Jairo López, presidente de la asociación en aquel momento, recordaba: “Yaiza Borges existió cuando la mayoría de los miembros de Microclima estábamos naciendo y desapareció antes de que pudiéramos disfrutarlo. Pero estamos aquí hoy, en parte, gracias a que antes estuvieron ustedes y a que se atrevieran a hacer lo que hicieron”.

yaiza borges

Yaiza Borges fue una cooperativa profesional con diversas ambiciones que existió en las islas entre 1979 y 1986, gracias al esfuerzo de cineastas como Aurelio Carnero, Juan Antonio Castaño “Mengue”, Josep Vilageliu, Alberto Delgado y Luis Sánchez-Gijón, entre muchos otros. Algunas de sus actividades eran proyectar películas de interés internacional (cine negro francés, o del expresionismo alemán, o clásicos norteamericanos…) en salas de Tenerife o, a veces, de otras islas; la divulgación cultural mediante su Boletín Barrido (primera publicación periódica sobre cine en Canarias) o de su programa de radio El Cine según Yaiza Borges; impartir numerosos cursos para alfabetizar audiovisualmente a la población; poner en marcha la Filmoteca Canaria de Santa Cruz de Tenerife; y, como no podía ser de otra forma, producir todo tipo de metrajes (cortos, medios y largos), de entre los que podemos citar: Anabel (Off-side), dirigida entre cinco cineastas de la cooperativa, Apartamento 23F (Aurelio Carnero), Iballa (Josep Vilageliu) o The End, documental de creación colectiva con el que la organización se despidió tras siete años de éxitos y fracasos.

Pero aquello no fue el final del cine canario. En los años siguientes demostraría su potencial con obras que escaparían del aislamiento insular. La película Guarapo (Hermanos Ríos, 1988), por ejemplo, un drama sobre la migración clandestina a América en tiempos de dictadura, supuso un punto de inflexión en esta historia por ser la primera película canaria nominada a un Goya, pero también por su calidad técnica, su éxito en la taquilla nacional y, en definitiva, hacer creer a los cineastas canarios que realizar cine profesional sin exiliarse era posible. La que sí se llevaría un Goya (a Mejor fotografía) sería Mararía (Antonio Betancor, 1998), adaptación del clásico de la narrativa canaria escrito por Rafael Arozarena, con un tema del cantautor Pedro Guerra como banda sonora.

Termina así todo un siglo de cine, y como es bien sabido, el final de una historia es el comienzo de la siguiente. Pese a llevar menos de veinte años en él, el siglo XXI ha dado tanto de qué hablar que hemos decidido dedicarle un segundo artículo, con el que completaremos este viaje por la mirada cinematográfica de nuestro archipiélago.

Bibliografía empleada

Realizador audiovisual. Graduado en Comunicación Audiovisual y Periodismo por la UC3M (Madrid). Diplomado en Cine Documental por la PUCV (Valparaíso).

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