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La historia tras la bandera canaria de las siete (u ocho) estrellas verdes

Tras el reconocimiento en 2018 de La Graciosa como octava isla canaria, algunas voces reclaman que se añada una estrella más al fondo celeste de la bandera tricolor, y ya se han dejado ver versiones con esta actualización en mítines políticos y otros actos públicos. Por su parte, los detractores de la propuesta consideran que no debería llevarse a cabo hasta que la isla no se administre a sí misma.

La importancia de añadir o no una estrella a un trozo de tela define el poder de los símbolos para un pueblo. Si algo ha caracterizado a la bandera tricolor, desde hace 57 años, es que no ha parado de suscitar debates sobre la identidad de los y las canarias. El de las ocho estrellas ha sido de los más recientes, pero no será el último, ya que “la canariedad”, a lo largo de su historia, ha sido tan ambigua y movediza como sus representaciones.

Pero vayamos por partes.

LOS ANTECEDENTES HISTÓRICOS DE LA BANDERA TRICOLOR

Su inspiración más inmediata se encuentra en la bandera que ondea actualmente en nuestras instituciones. Se creó en 1961, aunque no se hizo oficial hasta el Estatuto de Autonomía de 1982, y fue ideada como emblema de las reivindicaciones nacionalistas del Movimiento Canarias Libre. Su aspecto surgió de combinar los colores de las banderas ya existentes de la provincia de Santa Cruz de Tenerife (blanca y azul) y de la provincia de Las Palmas de Gran Canaria (azul y amarilla). O eso se creía. Hace poco, se encontró un ejemplar muy parecido en el Museo Naval Británico que pone en duda la originalidad del diseño. La reliquia pertenecía al Capitán James Cook en la época en que recaló por nuestras Islas Afortunadas, entre 1768 y 1780.

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Lo que sí podemos intentar aventurar, al menos, es el origen de las estrellas verdes. En 1907, el Ateneo de La Laguna, con Benito Pérez Armas como presidente, exhibió en su fachada una bandera de fondo azul con siete estrellas blancas colocadas acorde a la disposición geográfica de las siete islas. No duró mucho. El régimen de la Restauración, en crisis por la pérdida de las colonias en América y Asia, no vio con buenos ojos este símbolo, como tampoco lo hizo la burguesía canaria que mantenía acuerdos comerciales con el mercado internacional.

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Más adelante, fueron en su mayoría estudiantes de la Universidad de La Laguna los que, a principios de los 60, fundaron la asociación República Independiente del Atlántico (RIA) y crearon una bandera más: una fusión de las dos matrículas provinciales de los puertos y, sobre ella, un círculo con siete estrellas rojas.

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Y antes, a finales de los 50, un grupo de emigrantes canarios en Venezuela se había constituido en el Movimiento Pro Independencia de Canarias (MIC), cuyo medio de expresión sería una revista. El título: “Siete estrellas verdes”.

VIAJE EXPRÉS POR EL INDEPENTISMO CANARIO

La población canaria empezó a desarrollar las primeras nociones de su identidad al otro lado del Atlántico, en el continente americano. Fue en Venezuela, a principios del siglo XX, donde el tinerfeño Secundino Delgado (1871-1912) desarrolló todo un ideario sobre la canariedad. En sus influencias, fue clave la poesía romántica de la Escuela Regionalista de La Laguna que idealizaba el pasado indígena. Bajo estas perspectivas, se empezó a percibir la figura del cacique como un sujeto colonialista.

No obstante, la incidencia social y política del nacionalismo y el independentismo era casi inexistente. El primer partido de esta tendencia no vería la luz hasta 1924. Surgiría en La Habana (Cuba) bajo el nombre de Partido Nacionalista Canario, declarándose heredero de las ideas de Secundino y asumiendo como emblema la ya mencionada bandera del Ateneo.

El siguiente episodio reseñable de independentismo vendría entre 1961 y 1962, época de huelgas y manifestaciones obreras en demanda de mejoras laborales. El movimiento Canarias Libre en Las Palmas y el Movimiento Autonomista Canario (MAC) en Tenerife se fundieron en uno, bajo el liderazgo del abogado tinerfeño Antonio Cubillo. La respuesta del Franquismo fue intentar reprimirlos. A Cubillo lo acusaron de propaganda ilegal e injurias contra Franco, pero antes de entrar en prisión, en 1963, huyó a Argelia, donde fundó el Movimiento por la Autodeterminación y la Independencia del Archipiélago Canario (MPAIAC). Según su manifiesto, “la oposición a España existe en nuestro país no sólo por razones históricas, sino también debido a las diferencias étnicas, políticas, económicas, geográficas y culturales que hacen de Canarias una unidad diferente a los españoles”.

Al principio, el MPAIAC apenas tuvo apoyo en Canarias. En Argelia, en cambio, sí. Eran los años de la Guerra Fría y de la descolonización de los países de África. Por intereses geopolíticos contra Marruecos, y como miembro del bloque socialista, Argelia vio en Cubillo una oportunidad para internacionalizar el debate sobre la africanidad del archipiélago. Juntos, pusieron sobre la mesa de colonialidad de Canarias en la ONU y en la Organización para la Unidad Africana (OUA), llegando a tener 47 países africanos a favor de su independencia. El 22 de octubre de 1964, para la celebración de una asamblea de la OUA en Egipto, Antonio Cubillo creó la bandera tricolor. En sus memorias, aclararía que el color verde simbolizaba la esperanza. Finalmente, en el año 1981, la OUA rechazó la resolución para la descolonización de las islas.

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El tiempo que duró la discusión, sin embargo, sirvió al MPAIAC para crecer, gracias también al apoyo logístico y diplomático del país que le daba asilo. Cubillo creó en 1975 una radio, La Voz de Canarias Libre, y desde su exilio empezó a transmitir la “ideología independentista guanche” a los oyentes españoles. Un año más tarde nacía el brazo armado del movimiento, las Fuerzas Armadas Guanches (FAG). Su primera bomba fue en noviembre de 1976. El 24 de febrero de 1978, un policía falleció por la explosión de una de las bombas de las FAG, en La Laguna (Tenerife). El MPAIAC se había convertido en todo un quebradero de cabeza para el Gobierno de Adolfo Suárez.

Un mes más tarde, el 5 de abril, Antonio Cubillo llegaba a su casa en Argel cuando fue asaltado por dos mercenarios. Los cuchillazos en la médula espinal le obligarían a ir el resto de su vida en muletas y silla de ruedas. Pero sobrevivió, y en 1990, la Audiencia Nacional declaró que los autores del intento de asesinato habían sido “personas pertenecientes a los servicios policiales españoles”.

Cubillo volvió de su exilió 24 años después, en 1985. Creó un partido, el Congreso Nacional de Canarias (CNC). El 1,31% de votos que obtuvo en las elecciones autonómicas de 1987 ha sido el mejor resultado electoral que ha obtenido el independentismo canario en su breve historia.

Y HOY, ¿ES INDEPENDENTISTA?

Aun con la tasa actual de independentismo, es fácil ver una tricolor ondeando en cualquier manifestación de las clases populares, en un partido de fútbol o en una romería. Pese a sus orígenes, y a que algunos medios de comunicación y agrupaciones políticas se refieran a ella como “separatista”, la bandera se ha ido empapando de nuevos sentidos con el paso del tiempo. Tal y como lo expresa la Coordinadora 22 de octubre, la tricolor “acompaña a nuestro pueblo en actos reivindicativos, sociales, festivos y culturales, tanto dentro como fuera del Archipiélago, conservando hasta la actualidad su espíritu popular, democrático y rebelde”. A su vez, organizaciones de distintas tendencias la han incorporado como emblema. La Intersindical Canaria, por ejemplo, o partidos como el Partido Comunista del Pueblo Canario, Izquierda Unida Canaria, Unión del Pueblo Canario, Nueva Canarias, Coalición Canaria o Podemos.

Aún así, su significado sigue siendo algo ambiguo, y eso la lleva a protagonizar controversias cada poco tiempo. Cuando Pablo Iglesias, por ejemplo, la ondeó durante un mitin celebrado en Las Palmas en abril de 2019, el periódico La Razón sacó el titular: “Iglesias ondea una bandera independentista en Canarias”. O, cuando en octubre de 2016, la tricolor se izó en el Cabildo de Lanzarote, el delegado del Gobierno lo denunció argumentando que las instituciones debían “cumplir con el ordenamiento jurídico” y que la bandera “la creó un grupo terrorista”. Al respecto, las juventudes de Coalición Canaria respondían que lo que la tricolor representaba era “la capacidad del pueblo canario para seguir siendo protagonistas de nuestras decisiones. Y aunque, como hemos dicho, no es la bandera oficial de Canarias, confiamos en que sí que sea la bandera canaria del futuro reflejo de la multiculturalidad, el respeto y el mayor autogobierno de esta tierra”.

En octubre de 2017, la polémica entró en los estadios. Durante dos partidos de fútbol entre el CD Tenerife y el Espanyol, la Policía Nacional advirtió de que exhibir la bandera, según la Ley 19/2007, de 11 de julio, contra la violencia, el racismo, la xenofobia y la intolerancia en el deporte, podía ser constitutivo de delito si incitaba a la violencia, con multas de hasta 3000 euros. Distintas organizaciones reclamaron la ilegitimidad del anuncio, ya que la bandera no estaba ni en el manual de la Comisión Estatal Contra la Violencia, el Racismo, La Xenofobia y la Intolerancia en el Deporte. El debate derivó en una proposición no de ley para reconocer la bandera como un emblema identitario del archipiélago. Durante el pleno, celebrado un mes después, el portavoz del partido Nueva Canarias insistió en que la tricolor ya había perdido toda semántica independentista. Y el diputado por Sí Podemos Canarias Paco Déniz recordaba que “siempre ha estado presente en todas las reivindicaciones sociales, políticas, obreras y laborales. También en defensa de nuestros “derechos nacionales”, como cada cual lo interprete. Por lo tanto, tiene todos esos sentidos”.

Pero volvamos al estadio del Heliodoro Rodríguez López. En el partido contra el Espanyol en 2017, las gradas del CD Tenerife entonaron una canción que, en tiempos de Transición, cuando la tricolor empezaba a tomar la calle con cada protesta, dio el empujón definitivo a la acogida popular de las siete (u ocho) estrellas verdes:

BIBLIOGRAFÍA

Realizador audiovisual. Graduado en Comunicación Audiovisual y Periodismo por la UC3M (Madrid). Diplomado en Cine Documental por la PUCV (Valparaíso).

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