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La sociedad canaria del siglo XIX según Olivia Stone (1883-1884)

Olivia Stone y su marido visitaron Canarias entre los meses de septiembre de 1883 y febrero de 1884. En esos años, tal y como quedó reflejado en los artículos en los que desglosamos el punto de vista de esta viajera sobre la economía de las Islas (artículo sobre Industria, artesanía y fiscalidad y artículo sobre mercado, turismo y comercio, la agricultura constituía el sector económico más importante, y la agricultura de subsistencia era fundamental para el mantenimiento de una buena parte del campesinado. En este artículo analizaremos la sociedad canaria en el siglo XIX a ojos de la viajera Olivia Stone.

La estratificación social de la sociedad canaria del siglo XIX

sociedad pudiente canarias siglo xix
Fuente: FEDAC. El mausoleo del hijo de los Marqueses de la Quinta Roja.

La propiedad de la tierra, fundamental para entender las dificultades que atravesaban las familias campesinas para garantizar su subsistencia, estaba marcada por la concentración en manos de terratenientes que la habían heredado o adquirido mediante matrimonios, o tras las desamortizaciones y, en algunas ocasiones, a través del ascenso económico y social de la burguesía emergente (funcionarios, aguatenientes, armadores y navieros, administradores de la gran propiedad nobiliaria, indianos, prestamistas, contratistas de obras públicas…). Estos propietarios, más que poseer inmensos latifundios compactos, solían ser dueños de muchas parcelas de mayor o menor tamaño y diseminadas por el territorio, garantizando así una mayor diversidad de fuentes de renta al aprovechar la gran diversidad de suelos y climas locales del territorio insular. En tales predios el campesinado vivía y desarrollaba su trabajo en régimen de medianería, aparcería o arrendamiento.

No obstante, también existían familias del pequeño campesinado dueñas de sus terrenos, las más de las veces de tamaño pequeño y, por eso, insuficientes para garantizar condiciones de subsistencia dignas. En general, estas personas solían complementar su renta con ingresos provenientes del trabajo asalariado o de producciones artesanas desarrolladas mayormente por las mujeres de la unidad familiar (como tejidos, calados o alfarería).

El régimen de propiedad de la tierra, el escaso tamaño de las explotaciones para autoconsumo, la carga fiscal excesiva, la pérdida en muchos casos de tierras comunales que antaño garantizaban o complementaban la subsistencia, y las limitadas posibilidades de ascenso social, mantenían a la población campesina en un estado de pobreza que, en muchas ocasiones, y como se comentará más adelante, solo encontró salida en la emigración.

Las diferencias sociales se reflejan en prácticamente todos los acontecimientos vitales y cotidianos. Los funerales, por ejemplo, culminan el etiquetaje de las personas en función de los recursos disfrutados en vida, y su sepultura mantiene su memoria bien ubicada en el estrato social correspondiente. El geógrafo Fernando Sabaté recuerda en El país del pargo salado que “la estratificación y jerarquización social comienza en el nacimiento y acaba con la muerte”, y el investigador Javier Rodríguez Díaz recoge en Oficios en el recuerdo (2001) el siguiente testimonio de un campesino del Sur de Tenerife:

“Los entierros eran de primera, de segunda o de tercera. Eso dependía de si tenías dinero para pagar. Si no tenía dinero, el cura le echaba la bendición en la puerta y adiós amigo, eso era el de tercera. Con el de segunda era un poco más y cuando era de primera, la Cruz iba hasta el cementerio y la banda tocando.”

Olivia Stone, 1995

Olivia Stone reafirma estas ideas en varias ocasiones y para distintas islas:

“Aquí, de vez en cuando, en los funerales tocan música, aunque hay que pagar por ella.” […] “Hay capillas privadas y lápidas junto a una zona del muro del cementerio, y el resto está ocupado por nichos. […] Huimos hacia el centro, donde había cuatro parcelas desnudas de tierra que, según supimos más tarde, están reservadas para los pobres”.

Olivia Stone, 1995

También descubrieron con terror la costumbre de sacar los restos de los difuntos, en desigual estado de conservación, cuyos familiares no habían pagado el alquiler de los nichos, ya fuera por voluntad o falta de recursos. Costumbre, por cierto, que de un modo u otro aún perdura. En aquel tiempo, al menos en la ciudad de Las Palmas, eran trasladados a un osario al descubierto.

“Fascinados y sin poder movernos, contemplamos aquella horrenda escena. Así pues éste era el sitio donde se arrojaba a los desahuciados, no en una fosa decente, aunque fuese común. El osario estaba lleno”.

Olivia Stone, 1995

Por su parte, a las personas excomulgadas, a las no católicas y a las adscritas a la masonería ni siquiera se les permitía descansar en los cementerios.

Olivia Stone visita casas de gente rica de la sociedad canaria del siglo XIX

Olivia Stone y su marido visitan muchas casas de personas de abolengo y burgueses de éxito, precedidos normalmente de la acreditación que les facilitaban otros nobles: “Las cartas de presentación son imprescindibles en estas islas si se desea conocer otra cosa que no sea la vida del hotel”. […] “Don Felipe Massieu es dueño de casi toda Fuerteventura, y ha tenido la enorme amabilidad de facilitarnos cartas de recomendación”.

La descripción de muchas de esas mansiones brinda la estampa de una aristocracia agraria muy particular, cuyos fundos exhiben suntuosos jardines bien regados. Por ejemplo, en La Palma visitó la casa de los Sotomayor en Argual y su finca en Santa Cruz. En La Orotava, la casa de la marquesa de La Quinta (que acababa de perder a su hijo, masón, para el que hizo construir el mausoleo que corona los Jardines Victoria), la de don Juan Guardia (la conocida ‘casa de Los Balcones’), la de la Marquesa de El Sauzal, donde visitaron el emplazamiento del famoso drago destruido por las tormentas de 1819 y 1867. En el Puerto de la Cruz, el sitio de El Pardo. En Telde, la casa del Conde de la Vega Grande, don Fernando del Castillo, de la que afirma que “en el jardín hay un estanque lleno de peces y un gran drago, mientras que en los bordes de los arriates hay arrayanes.”

Las casas de la alta burguesía también disponían de jardines y comodidades destacables: “Tienen un cuarto en el piso bajo, cerca de la puerta de entrada, que ocupa el cabeza de familia y que es su despacho o biblioteca, o ambas cosas a la vez”. Remarca este hecho dado que “hay una escasez extrema de libros en todas partes” y “muy pocos hombres o mujeres que sepan leer y, mucho menos, escribir”. En Agaete, “don Antonio nos llevó a ver su jardín, que no se encontraba junto a la casa grande sino más abajo en el valle. Cayó un fuerte chubasco pero el espeso follaje de los árboles nos protegió completamente. Naranjas, mangos y guayabas se estaban cayendo de los árboles y los pisábamos al caminar, y plátanos, aguacates y toda clase de frutas crecían en abundancia. El jardín era, en realidad, una selva de vegetación exuberante. Aquí se utiliza un excelente sustituto del té, una planta (Sida rhombifolia) que crece salvaje en el lugar, pero que se cultiva también en los jardines de los alrededores.”

Otras características de la gente pudiente que llamaron la atención de Olivia Stone

Uno de los rasgos destacables de la aristocracia es su orgullo de clase:

La gente de noble cuna en el Archipiélago está orgullosa de su linaje, y es lógico que así sea porque la sangre que corre pos sus venas es muy azul. Apartados, como muchos lo están, del contacto, si existe, con el mundo exterior, la natural elegancia y la exquisitez de los sentimientos heredados de generaciones de antepasados aristocráticos están presentes incluso en la soledad de las montañas o en medio de llanuras cubiertas de lava.” […] “La entrada en la [alta] sociedad española es muy difícil de lograr sin ser presentados, ya que los españoles son muy selectivos. Sin embargo, una vez que se ha sido presentado, son extremadamente hospitalarios.

Olivia Stone, 1995

Otra autora británica, Elisabeth Murray, describe al funcionariado como una institución muy respetada, objetivo de la clase media para asentar e incrementar su estatus, para lo cual procuraban distinguirse haciendo acopio de arrogancia. Los miembros de este colectivo ni siquiera permitían que se les acercasen los menesterosos a pedir limosna.

Ese orgullo clasista, el deseo de conservar el estatus social y acrecentar las posesiones a través del casamiento, dan pie a que las familias mantengan una distancia social con personas de rango inferior. En La Laguna, residencia de verano de las clases pudientes de la capital tinerfeña, frecuentada también por oligarcas de La Orotava y sede del estamento eclesiástico, se encuentra “el colegio principal de las islas Occidentales”, del que afirma que “aquí vienen los jóvenes de las clases media y baja que puedan pagarles a sus hijos una educación. Las clases superiores y más acaudaladas no envían a sus hijos a un lugar de perdición como, según me informan, lo es este colegio.”

Ese orgullo clasista, el deseo de conservar el estatus social y acrecentar las posesiones a través del casamiento, dan pie a que las familias mantengan una distancia social con personas de rango inferior.

Otra de sus características es su conservadurismo, sin duda relacionado con la estrecha relación que guardan la nobleza y la Iglesia. De él se derivan varias consecuencias, entre las que destaca la poca libertad de las mujeres, cuya virtud se preservaba encerrándolas en sus casas y sujetas a un férreo control, como indicamos en el artículo dedicado a la situación de la mujer. Pero también fueron víctimas de esta mentalidad tradicionalista las gentes librepensadoras, normalmente varones instruidos y con gran inquietud intelectual, sobre todo aquellos vinculados a la masonería. Así señala que existen “muchos masones en el Archipiélago, donde ciertamente son la sal de la tierra, ya que pertenecen a la masonería casi todos los españoles inteligentes, cultos y reflexivos”. Por supuesto, son juzgados y obligados a ser enterrados tras su muerte en panteones particulares como el del marquesado de la Quinta Roja o en cualquier otro lugar fuera de los camposantos.

teguise siglo xix
Fuente: FEDAC. Teguise

De un intelectual como don Gregorio Chil, titulado en medicina, historiador y fundador del Museo Canario, afirma que “su libertad de pensamiento ha hecho que resulte molesto para el clero local y, aunque creo que no ha sido exactamente excomulgado por defender ideas darwinistas, sus relaciones con la Iglesia no son muy buenas.” Sobre don Agustín Millares, otro historiador y novelista, cuenta que “nos llevó a su bien surtida biblioteca y, muy amablemente, nos regaló dos de sus trabajos –su Historia de las Islas Canaria, que está en prensa, y su Historia de la Inquisición en las Islas Canarias (1874). Por este último trabajo don Agustín ha sido excomulgado […]. La ‘Santa Iglesia Católica’ local debe estar muy ocupada excomulgando a todos sus hombres pensantes y cultos.”

Olivia Stone visita casas de la gente humilde de la sociedad canaria del siglo XIX

La pobreza material se encuentra en todas partes, pero hay zonas donde el flujo del capital se concentra (en las cabeceras insulares y en algunos otros municipios donde la oligarquía fijó su residencia), y otras donde la falta de recursos está muy generalizada. Los materiales y el estado de conservación de las construcciones ofrecen una idea de la situación económica mayoritaria. Saliendo de La Laguna hacia el valle de La Orotava observa que:

Aquí las casas tienen techos de paja. […] Nos acercamos a Tacoronte, un bonito pueblo situado en una falda cultivada que baja hacia el mar. […] Aquí, a 1.750 pies sobre el nivel del mar, hay laderas cultivadas y exuberantes, casitas bien construidas y pueblos llenos de vida que se extienden hacia el noroeste. […] Estos parajes poseen cierta apariencia de riqueza. Los techos son de tejas en lugar de paja.

Olivia Stone, 1995

En La Matanza, “las casas de mejor clase están bien construidas, a base de piedra viva. Las esquinas y dinteles son de cantera labrada, un tipo de piedra arenisca que existe en la Isla”. El caso de la antigua capital de Lanzarote sirve para visualizar cómo un paisaje es capaz de identificar la situación socioeconómica de su paisanaje:

Teguise resulta muy decepcionante. Es un pueblo pequeño e insignificante. Su color predominante es terracota mate, igual que la tierra que lo rodea, lo que hace pensar que las paredes son de barro. Hay un fondo de colinas por el lado sur y debajo del pueblo, hacia el este, se extiende una llanura de arena. […] Los tejados de las casas, con tejas o de barro, le dan a Teguise un aspecto pintoresco y bonito pero pobre, aunque, desde un punto de vista artístico, son bastante más atractivas que las azoteas de Arrecife.

Olivia Stone, 1995

Los viajeros británicos, ante la imposibilidad de acceder a casas de gente acomodada, a fondas o a hoteles en algunas zonas de Canarias, es acogida por personas humildes que les ofrecen su casa o algunos enseres que necesitan para descansar. Las casas generalmente están compuestas de una única pieza, muchas veces dividida por cortinas. El suelo se suele cubrir con esteras de palma, y el mobiliario se reduce a sillas, una mesa (“en casi todas partes colocada contra una pared que nos veíamos obligados a mirar”), un arcón, y camas, catres y cunas.

Las casas de los pobres que visitamos en La Aldea tenían generalmente una única pieza, en un extremo de la cual había un par de camas separadas del resto de la habitación por unas cortinas de muselina. El piso de tierra se cubría con una gran estera de palma. Los muebles que tenían eran unas mesas pequeñas junto a las paredes, quizás una cómoda, y un arcón con candado y, con frecuencia, en los rincones más inesperados, había una máquina de coser.

Olivia Stone, 1995

También visitan poblados compuestos por entero de casas-cueva:

Hay varios pueblos de cuevas en Gran Canaria pero quizás podrían seleccionarse tres como los principales, cada uno perfectamente diferenciado en cuanto al carácter y la forma de vida de sus habitantes. Cerca de la ciudad de Las Palmas hay cuevas-vivienda cerca de la carretera que va a San Mateo. Sus habitantes forman el estrato social más bajo de la ciudad, los que no pueden, o no quieren, pagar alquiler alguno. No solamente viven allí los más pobres sino también los de peor calaña. Después está Artenara. Las cuevas están habitadas por respetables agricultores, gente tan respetable, tanto social como moralmente, como sus vecinos. Como ya he mencionado, el interior de sus casas es limpio y cómodo. Sin duda es la pobreza lo que les obliga a vivir en cuevas, la pobreza de un terreno que aquí equivale a dinero. Ser pobre, sin embargo, no es ningún crimen. El tercer pueblo de cuevas es La Atalaya. Aquí vive una población de alfareros. Toda la alfarería de barro que utilizan en los campos se fabrica en estas cuevas. La gente ha vivido aquí generación tras generación; son muy pobres e ignorantes y quizás un poco rudos. Tienen también una mala costumbre, de la cual nos advirtieron a tiempo, afortunadamente. Les gusta robar y son capaces de hacerlo ante tu propia mirada.

Olivia Stone, 1995

campesinado pobre en Canarias siglo XIX
Fuente: FEDAC.

Más adelante precisa su opinión sobre el primero de los núcleos citados, las cuevas de El Provecho, de las que se afirmaba que acogían a “lo peor de la población, los que son demasiado pobres para pagar un alquiler y, según dicen, los que prefieren la propiedad de sus vecinos a la suya propia. En resumen, una especie de vecindario de suburbio. Nos dijeron que era poco seguro visitar a estos trogloditas, pero lo hicimos posteriormente sin encontrar el más mínimo inconveniente”.

Respecto al utillaje doméstico troglodita señala que “las puertas de las cuevas que disponían de tal lujo estaban abiertas, así que podíamos ver el interior. El mobiliario de las cuevas mejor equipadas consistía en una mesa, una cama, un gran arcón de madera y una o dos sillas. Muchas de las cuevas parecían estar desprovistas de todo lo que pudiera recibir el nombre de mobiliario”.

También visitan Artenara, donde hasta la escuela se ubica también en una de las doscientas treinta y siete cuevas existentes. Entraron invitados por sus habitantes y por el sacerdote, y sus descripciones no transmiten impresión de pobreza extrema. Más bien, percibió la originalidad, la inercia térmica de las viviendas y la buena vecindad reinante. “Cuevas de todas clases, tamaños y formas abundan por doquier; solamente se ha dejado el espacio justo entre ellas para que las paredes sean lo suficientemente gruesas y los techos seguros. De una cueva sale una cabra y, en otra, encontramos una vaca. Casi todas las cuevas-vivienda tienen algún tipo de puerta, con la roca recortada alrededor para que encaje. Sin embargo, si las entradas son demasiado anchas las rellenan con piedras hasta que logran la medida necesaria. […] Esta vivienda estaba formada por un cuarto de estar, cuadrado, detrás del cual había tres cuartos o huecos más pequeños con camas, limpias cortinas blancas en las puertas. […] En las paredes interiores han tallado estantes para formar alacenas. Hay pocas sillas, a veces ninguna, solamente algunas cajas o arcones. Cubren el piso con esteras de palma, sobre las que se sienta o se tumba la gente durante las comidas.”

Algunas características de la gente del pueblo que llamaron la atención de Olivia Stone

La gente humilde de las zonas rurales en algunas ocasiones les ofrenda agua, fruta o enseres sin aceptar contrapartida. En la isla de El Hierro, “la dueña de los colchones vino a buscarlos y se empeñó en no aceptar dinero alguno, lo único que podíamos ofrecerle. Traía a su pequeño con ella, de modo que le dimos algo a él. El pobre niño era sordomudo.”

Resulta muy interesante descubrir algunas de las costumbres domésticas de las familias modestas, en tanto nos revelan mucho sobre la organización familiar y, en algunas ocasiones, su posible origen remoto:

Cuando terminamos nuestra comida [en Agüimes] la familia entró a comer la suya. Extendieron un trozo de saco, que hacía las veces de mantel, en medio del piso, y sobre él colocaron una lata. Después colocaron dos palanganas, una de ellas con gofio, y trajeron un caldero que tenían sobre el fuego de carbón que ardía fuera. De él sacaron un poco de pescado salado, unas papas y un trozo de maíz, y rociaron el agua con que los habían cocido sobre el gofio, amasándolo. Entonces se sentaron todos sobre el suelo y se repartieron algunas cucharas. En un lado se reclinó el viejo, y una vieja, su esposa, se sentó junto a él, con las piernas cruzadas, meciendo con una mano una cuna y comiendo con la otra. La madre de los niños se sentó en la otra punta y los cinco hijos, uno de ellos una muchacha, se sentaron alrededor, todos con las piernas cruzadas. […] Cuando terminaron siguieron en sus sitios mientras el viejo rezaba una oración, a la que se unieron los demás y, después, la muchacha, de unos doce años de edad, se acercó a mí con los brazos cruzados. Como se quedó delante de mí, humilde y tímida, como esperando que yo hiciera algo, la miré sin saber qué hacer, totalmente ignorante de cuál era mi papel en todo aquello. Al ver lo que ocurría, la madre la llamó para que fuera a ella primero, diciéndole que yo no comprendía. Se paró delante de su madre en la misma postura y, cuando la madre puso su mano sobre sus brazos cruzados, la muchacha se la llevó a los labios y la besó, tras lo cual volvió a mí, y después a cada uno de los demás adultos.

Olivia Stone, 1995

Olivia Stone conoce algunas formas de pobreza extrema en la Canarias del siglo XIX

Olivia Stone se encuentra a veces con un tipo más grave de indigencia: la desposesión casi total de bienes materiales unida a la marginalidad social. Destacamos dos casos: el de las personas que ejercen la mendicidad y los antiguos esclavos.

La mendicidad en Canarias a finales del siglo XIX

Además de la pobreza general de la gente campesina, Olivia Stone también se cruza con otras clases de desposeídos. En el caso de las personas que ejercen la mendicidad, y aunque no profundiza en sus condiciones de vida, describe situaciones en las que se visualiza con claridad el contraste entre ricos y pobres, y también la hipocresía de quienes, al tiempo que ejercen un control riguroso sobre la moralidad y la virtud –sobre todo la femenina–, no se acongojan frente a la miseria de sus congéneres, o bien los utilizan para, mediante la limosna, redimirse de sus pecados.

En la ciudad de La Laguna, ilustre y clerical, se había instaurado el sábado como el día en que se podía pedir limosna:

Durante la mañana las puertas y zaguanes estuvieron abarrotados de gente sucia y andrajosa. Los mendigos, o vergonzantes como se les llamaba, satisfacen la necesidad de buenas obras que domina a los fanáticos religiosos y las limosnas que dan compensan ante el Cielo sus pecados y defectos. El celebrar un “día especial” para los mendigos tiene, claro está, cierta ventaja: evita la molestia de que nos visiten continuamente los demás días de la semana.

Olivia Stone, 1995

En Telde, en la casa del Conde de la Vega Grande, tras describir la suntuosidad de sus jardines, encuentra que “detrás de la verja, se agolpaba un grupo de mendigos a la espera de limosnas”. En Agaete, “la familia Armas es extremadamente caritativa y reparte mucho entre los pobres de los alrededores que, por consiguiente, se congregan aquí para recibir las limosnas.”

La situación de los antiguos esclavos en Canarias a finales del siglo XIX

Respecto de las personas descendientes de familias sometidas a la esclavitud, abolida en España poco tiempo antes, Stone manifiesta algunas situaciones llamativas:

Cerca de Tirajana vive una comunidad curiosa, sobre la que me ha sido muy difícil conseguir información veraz. Es una pequeña colonia de negros libres. Son los que quedan de una gran cantidad que los españoles trajeron de la vecina costa de África tras la conquista de la Isla, para trabajar en la agricultura, ya que habían despoblado el campo. Algunas personas en Gran Canaria ni siquiera conocían su existencia; otros dicen que son cobrizos, otros que son negros oriundos [descendientes de negros]; otros, sin haberlos visto nunca, dan explicaciones largas y muy gráficas sobre ellos. De una maraña de afirmaciones que no pueden aceptarse completamente, extraigo lo siguiente, que puede tomarse como bastante correcto: son muy pocos y viven en casas lejos de la gente. Son muy oscuros y la gente de Las Palmas que ha visto alguno los llama ‘negros’, pero no aclaran si se refieren al negro de África, de pelo rizado y piel negra. Solamente aparecen en Las Palmas cuando se cosechan las nueces y almendras, una o dos veces al año, y luego se retiran otra vez a su solitario paraje.

Olivia Stone, 1995

Para profundizar en esta cuestión puedes dirigirte al artículo que tenemos publicado sobre el tema: La esclavitud en Canarias.

Un caso singular: la vida en la costa

En estos años, Canarias ve incrementada significativamente la presencia de barcos que mejoran la conectividad y ayudan a la exportación, teniendo en cuenta, además, que comienza la navegación a vapor y que, justo en el momento de la visita del matrimonio Stone, se está instalando el cable telegráfico que permitirá agilizar las comunicaciones y preparar los productos perecederos en el momento exacto para evitar pérdidas.

En los asentamientos del litoral, Olivia Stone destaca el nivel de pobreza material de la población. Tanto las viviendas como los bienes básicos, e incluso su nivel de instrucción, le resultan más precarios que en los núcleos campesinos del traspaís insular. Su visión, como es lógico suponer, es la propia de una persona que se encuentra de paso. Sin embargo, aunque el aprovechamiento integral de los recursos del territorio justifica la visita periódica, de mayor o menor duración, a la orilla del mar, en esa etapa del siglo XIX muchas personas con pocos recursos, privadas de condiciones decentes para su reproducción social, estaban trasladando su residencia definitiva hacia las costas, fundando o consolidando núcleos pesqueros, fundamentados en la posibilidad de extraer recursos del océano con relativa libertad. De los pescadores afirma que “aunque probablemente sean los habitantes más pobres de las Islas, se sienten muy orgullosos, ya que consideran que su trabajo, al ser el mismo que el de San Pedro, los ennoblece.”

Olivia Stone en El Hierro: las clases sociales sutiles para una viajera británica

Aunque difícil de apreciar para una persona de paso, en la isla más occidental existe una marcada diferencia social, aún dentro de una población completamente campesina, entre varias familias consideradas como principales y el resto del pueblo: “El Hierro no tiene residentes acaudalados. La casa del sacerdote es, en realidad, la única de cierto tamaño o comodidad; el resto de las casas son las de los campesinos”. Sin embargo, como subraya un autor contemporáneo, Carlos Quintero Reboso (1997), las familias de mayor abolengo procuraban mantener su estatus sin mezclarse con las clases de rango inferior, enviando incluso a sus hijos a instruirse fuera (algunos herreños ilustres estudiaron leyes en Sevilla). Sin embargo, y dada la excepcional situación de aislamiento y la casi total ausencia de mercado en la Isla, tal y como explicamos en el capítulo dedicado a la economía, consumían los mismos alimentos que el resto de sus paisanos, solo que, al disponer de más cantidad, no padecían tantos periodos de escasez.

La emigración como alternativa a la pobreza en la sociedad canaria del siglo XIX

En una situación en la que había pocas oportunidades de mejora social, y donde se estrechaba con frecuencia el campo de oportunidades para mantener a una familia en condiciones dignas, muchas personas optaron por emigrar. En algunos casos se trató de una emigración entre islas. De hecho, las islas Orientales habían experimentado, tras años de sequía, un vaciamiento temporal casi completo, que ya destacamos en el artículo destinado a la economía. Sobre Fuerteventura recoge Olivia Stone algunos testimonios muy esclarecedores:

La emigración durante los últimos siete años de hambruna ha hecho que el campo se encuentre en una condición muy desolada, y que las fincas sólo estén cultivadas a medias. Una granja que mencionó tiene ciento ochenta hectáreas, de las cuales solamente ochenta están siendo cultivadas. Esto es sólo un ejemplo de la situación imperante. Nosotros habíamos pasado por muchas casas abandonadas y mucho terreno sin cultivar que probaban la verdad de lo que decía.

Olivia Stone, 1995

En tal contexto, una parte significativa de la población decidió embarcarse rumbo a América. A finales del siglo XIX la mayoría de la emigración canaria se dirigió hacia Cuba, aunque Venezuela y otros destinos también recibieron a muchos isleños en busca de trabajo y prosperidad.

Muchas personas de estas islas emigran a América y a las Antillas. No es que haya demasiada población sino que, debido a la crisis del comercio, a los altos impuestos y a la falta de industrias, no solo no es posible que la gente haga fortuna sino tan siquiera que gane lo suficiente. En general, en aquellas lejanas tierras occidentales hacen fortuna, y mantienen el contacto con su hogar isleño a través de cartas. Los periódicos canarios publican con regularidad noticias de corresponsales en las Antillas. Frecuentemente regresan con lo que, en este Archipiélago, se considera una fortuna y vuelven a fijar su residencia en su antiguo hogar. […] Cuanto mayor es la población tanto mayor es la emigración. Sin embargo, como está prohibido emigrar antes de que se haya realizado el servicio militar y obtenido un permiso especial, muchos se fugan a escondidas. En 1883, 2.160 personas se marcharon a Cuba y 1.248, a los Estados Unidos. Esta emigración oficial de 3.408 personas es, como tantas otras estadísticas, muy incompleta y según nos dicen, alrededor del doble sería una cifra mucho más cercana a la realidad.

Olivia Stone, 1995

Estos indianos retornados, pasaron en buena parte a engrosar los contingentes de la alta burguesía en múltiples periodos. En la obra Historia Contemporánea de Canarias, algunos autores afirman que “el papel de los indianos en las islas periféricas tuvo una dimensión especial y transitó en las occidentales por varias generaciones. De las orientales cabe afirmar lo propio.”

¿Y la reedición de Tenerife y sus seis satélites para cuándo?

Quedan muchos elementos que extraer de este exhaustivo registro de la visita de Olivia Stone a Canarias a finales del siglo XIX. Podríamos hablar de la flora silvestre y cultivada, de todo lo relacionado con la agricultura (las condiciones agronómicas de los distintos territorios, los productos cultivados, sus rendimientos, las técnicas de cultivo, las escasas –aunque no inexistentes– innovaciones), de la relación con los animales –a la que dedica muchas reflexiones–, de los paisajes que más le impresionaron… Quizás, desde Alegando Magazine, sigamos desgranando asuntos, pero lo ideal sería que el libro se reeditase. Porque, además de todo lo que podemos extraer de esta obra, de lo mucho que podemos aprender de ella, sería justo que todo el mundo que quiera pueda disfrutarla. Al fin y al cabo, un libro de viajes es un poco como viajar. En este caso, no solo en el espacio, sino también en el tiempo.

Por ahora, quedan las bibliotecas.

Recursos bibliográficos

  • Fundación para la Etnografía y el Desarrollo de la Artesanía Canaria (FEDAC) Archivo de Fotografía Histórica de Canarias.
  • González Lemus, N. (s.f) Viajeros por las Islas Canarias.
  • Millares Cantero, A.; Millares Cantero, S.; Quintana Navarro, F.; Suárez Bosa, M. (dir.) (2011). Historia contemporánea de Canarias. Las Palmas de Gran Canaria: Obra Social de La Caja de Canarias.
  • Quintero-Reboso, C. (1997). El Hierro, una isla singular.. La Laguna: Centro de la Cultura Popular Canaria.
  • Sabaté Bel, F. (2011). El país del pargo salado. Naturaleza, cultura y territorio en el Sur de Tenerife (1875-1950).La Laguna: Instituto de Estudios Canarios.
  • Stone, Olivia M.; Hernández, Jonathan Allen; Bedford, Juan Sebastián Amador (1995). Tenerife y sus seis satélites. Cabildo Insular de Gran Canaria.

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