Documentalista David Baute FICMEC

La mirada del documentalista David Baute

David Baute (natural de Garachico) ha sido uno de los documentalistas más prolíficos de la historia de Canarias. Su nombre ha resonado por todo el Archipiélago durante las dos últimas décadas para quedarse instaurado como una parte importante de nuestro cine. Pero David es algo más que un cineasta, ya no solo por el activismo que desarrolla en algunos de sus documentales, sino también por ser el director y el director artístico de dos de los festivales de cine más importantes de las Islas: el FICMEC y el MiradasDoc.

Su labor se ha trasladado del documental hacia otras vertientes, siempre en pro de ofrecer a la ciudadanía dos certámenes de inmensa calidad que han ayudado a propulsar la actividad de pueblos como Garachico, Guía de Isora o Buenavista. Ha aportado una mirada crítica sobre aspectos como el medioambiente gracias al FICMEC y ha hecho que el público isleño, que tiene un gran déficit de salas no-comerciales de mirada menos complaciente, se acerque a filmes que de otra forma no podrían ver. En definitiva, David ha hecho una labor pública que ha estado poco reconocida y muy invisibilizada durante los últimos años.

Éxodo climático por David Baute
Así pues, su último largometraje, Éxodo climático (2020), ha servido para reflejar una realidad poco conocida y que vincula –por una relación causa-efecto– el desarrollo insostenible de nuestro sistema occidental con la precariedad vivida en aquellos países mal llamados tercermundistas.

Un repaso por la filmografía de David Baute

El documentalista empezó su carrera a principios de siglo bajo el sello de su productora, Tinglado Films (fundada en 1999), tras unos años estudiando dirección cinematográfica en la Escuela de Cine de La Habana. Su primera obra, Rosario Miranda (2003), todavía se recuerda con mucho cariño. Esto llega hasta tal punto de que, recientemente, la artista Daniasa Curbelo la volvió a rescatar de la memoria en “Mi nombre es Rosario Miranda” (2020), una emotiva pieza de apenas cinco minutos donde se reivindica el derecho a la igualdad, al respeto y a una verdadera libertad y capacidad de elección, un auténtico ejercicio de memoria y reivindicación trans, tal y como lo fue el documental de David Baute (justamente en una época y en un entorno en la que apenas se tenía consciencia de ello).

Posteriormente, el garachiquense realizó una serie para televisión sobre la memoria histórica tocando temas políticos y sociales sucedidos en Canarias durante la Guerra Civil, el franquismo y la Transición. Dicha serie, La memoria silenciada (2004), aboga de nuevo por un tema social poco tratado desde la perspectiva cinematográfica en Canarias y con episodios que, a nivel popular, son muy poco conocidos.

En Ellas (2010), se propuso hacerle un homenaje a una de las figuras más importantes a la par que olvidadas de nuestra historia: Mercedes Pinto. Recurriendo, para ello, a tres mujeres que irán buscando el legado de la poetisa canaria, asociándola en todo momento a su lucha por los derechos de la mujer como elemento que pone en valor no solo su talento artístico sino su capacidad para bregar en una época tremendamente patriarcal.

Milagros (2018), por el contrario, se traslada a un punto más íntimo al retratar a una familia de la Isla Baja (Tenerife) y las condiciones en las que sus miembros se desarrollan dentro de su microcosmos. Esta obra, de remarcado carácter cotidiano, trasciende por la vida de una familia hasta adquirir un significado que se sale de lo puramente observacional y se sitúa sobre lo poético y conmovedor.

Además, su filmografía también consta de otras obras interesantes como el cortometraje El lenguaje del aire (2005), donde reivindica el valor cultural del silbo gomero; el mediometraje Fetasianos, el laberinto habitado (2007), sobre el homónimo grupo literario; y los largometrajes Telesforo Bravo (2015), sobre el alabado naturalista canario y La murga, ópera popular (2018), que recorre los orígenes del carnaval y cómo se viven estos en tres ciudades interconectadas por este fenómeno popular: Cádiz, Santa Cruz de Tenerife y Montevideo. Todos ellos son filmes que, a priori, podrían resultar menores dentro de una reconocida filmografía, pero que han servido para seguir conjugando algunos aspectos de nuestra extensa cultura.

FICMEC & MiradasDoc

Pero, como ya hemos recalcado anteriormente, David Baute es algo más que un cineasta. Su pasión por el cine y su compromiso con el mundo lo han llevado a ejercer una labor social –de esas en las que es obligatorio mancharse en el barro– y cuya recompensa es la satisfacción de una ciudadanía comprometida con lo que él propone.

En el año 2009 recuperó el antiguo Festival Medioambiental que se celebraba en el Puerto de la Cruz durante la década de los 80, un certamen histórico en Canarias donde llegó a participar uno de los colectivos más potentes de la cinematografía canaria, el Yaiza Borges. El propio FICMEC se considera heredero directo de este festival, hasta tal punto de que cuentan sus ediciones en continuación al celebrado en el Puerto de la Cruz. Dicho certamen ha tenido una incidencia importante y ha ayudado a crear un espacio donde se puedan mostrar piezas comprometidas con la sostenibilidad y el medioambiente, algo que el propio David Baute ha reiterado que es muy necesario pues considera que hay un gran déficit de este tipo de producciones.

David Baute
La longevidad y el éxito del FICMEC ha hecho que se celebre de manera ininterrumpida desde el año 2013, habiéndose expandido en las dos últimas ediciones al municipio de Buenavista del Norte y realizando tours en La Palma y Fuerteventura. El festival ha mostrado siempre una enorme acogida por parte del público, que no solo ha disfrutado de diversas secciones de largometrajes y cortometrajes (de ficción, documentales o animados), sino que también se les ha ofrecido charlas, conferencias, exposiciones, talleres y otras tantas actividades complementarias que han servido para formarse y desarrollarse en torno a la conciencia medioambiental, el cine y la fotografía.

Por otro lado, el MiradasDoc nace con la idea de acoger un cine documental de calidad, riguroso y que muestre la verdad o la otra cara de la supuesta verdad. Al igual que ha hecho el FICMEC, ha acabado acercando contenidos que normalmente no se proyectan dentro de los círculos comerciales a un público sin muchas posibilidades de consumir este tipo de obras.

Sirve, una vez más, para abrir mentes, proyectando y difundiendo otras culturas, otras realidades y otras maneras de entender la vida, algunas más próximas y otras mucho más lejanas, pero que, en definitiva, enriquece la visión de todos los que se animan a acercarse a Guía de Isora durante las jornadas que dura el festival.

Además, también se ha ofrecido contenidos a nivel educativo, fomentando la creación de talleres y la participación de institutos, así como la venta de filmes que son muy difíciles de conseguir en el mercado convencional.

En resumen, ha revalorizado el documental, así como su proceso creativo, siendo posiblemente uno de los festivales de documentales más importantes a nivel nacional.

El documental, una forma de entender la vida

Que David haya elegido precisamente el género documental como medio de expresión clarifica mucho su apuesta por retratar la realidad. Su compromiso ha quedado confirmado con sus años de dedicación, donde ha apostado por reivindicar lo social y lo ambiental desde lo local, demostrando también una convicción ciega en lo que hace.

El documentalista sabe lo que quiere y cómo lo quiere y siempre consigue llegar a ello. Se sitúa, la mayoría de veces, desde un punto de vista observacional; un factor que ha llevado a muchos espectadores a pensar que el documental no es más que un género en el que se espera a que sucedan cosas tras darle al botón de grabar. Nada más lejos de la realidad, si la fotografía y el cine se han convertido en un medio artístico-expresivo no ha sido por dejar la cámara quieta en un trípode; la elección, como bien reivindicaban los teóricos de la fotografía desde el siglo XIX, siempre está supeditada al gusto del fotógrafo, del cineasta o de cualquier otra figura.

Lo que pasa ante nosotros tiene un por qué, también un para qué, un qué, un cómo y un sinfín más de cuestiones. David Baute no trabaja con la pretensión de filmar y que algo suceda ante la cámara, trabaja para que algo ocurra, para que algo sea digno de ser filmado. Se gana la confianza de las personas cuya vida coge prestada por unos instantes, y lo hace para reflejar, desde el mayor respeto, esa realidad que viven; para hacernos partícipes de ella, para comprobar otras formas de vida, otras asperezas y otras dificultades y tesituras que, a veces, se nos hacen inútilmente extrañas.

El documental no va solo de filmar. Tampoco –ya que estamos dispuestos a romper con falsas creencias– tiene que ver con la representación fiel de la realidad, ni significa que un documental sea más “realista” o verosímil que una película de ficción (aunque lo acabe siendo en la mayoría de los casos). Los aficionados de este género conocerán más que de sobra las trampas de filmes como Nanuk (Robert Flaherty, 1922) o Kon-Tiki (Thor Heyerdahl, 1950) y no por ello son producciones a las que se les resta rigor. Asimismo, esto tampoco hace que el género pierda validez, sino que se reafirme en su falsa concepción de representación de una realidad objetiva gracias a trabajos y filmografías como las de David Baute (rigurosas, respetuosas y verosímiles), que son las que posibilitan, al fin y al cabo, que el género siga gozando de buena salud y credibilidad.

Éxodo climático, su último alegato

Y, siguiendo por esta línea comentada, se ha filmado la que, posiblemente, sea una de sus mejores obras: Éxodo climático (2020).

El pasado año, en la 65 Edición de la Semana Internacional de Valladolid (SEMINCI), David Baute fue premiado con la Espiga Verde por este documental, en el que pone de manifiesto el problema del cambio climático debido a la contaminación de los países más industrializados y cómo esta afecta a otros que apenas emiten polución. Países que, en definitiva, están condenados a desaparecer por un fenómeno que ya es la mayor causa de emigraciones de todo el globo.

David se ha embarcado en este proyecto durante siete años en los que sigue el periplo de tres mujeres de tres lugares diferentes: Turkana (Kenia), Ghoramara (India) y San Martín (en el Caribe). Todas estas historias con el nexo común del cambio climático, relacionándose este estrechamente con el agua: cómo les afecta su ausencia (Kenia), qué ocurre con la subida del nivel del mar (India) o cómo afecta el aumento de la violencia de los huracanes (San Martín). 

El agua se construye en gran parte como el elemento vertebrador de una trama que traza líneas de vida, pero también de muerte; no de una muerte literal (que también) sino más bien metafórica, donde el arrollador sistema que tenemos permite consumir a unos y desabastecer del mínimo recurso a otros, donde no importa las vidas que se pierdan, ni los hogares que se rompan, porque todos sabemos que –desgraciadamente– quienes se representan en Éxodo climático solo son vistos como ciudadanos de segunda fila, a quienes aplastan las consecuencias del efecto mariposa.

Y no, no hace falta emplear paralelismos llenos de contrastes. No hace falta que en el documental se nos incluyan imágenes del “primer mundo” porque no son necesarias para vertebrar la trama. Todos tenemos en la cabeza el auténtico problema, lo que aquí nos muestran son las consecuencias de este problema, planteándonos por enésima vez, y a través del drama de estas sociedades, si no es posible buscar una solución acorde a nuestro tiempo.

David Baute construye el documental con mucha veracidad, pero también con mucha poesía, con mucho simbolismo: la llegada del huracán nos la anticipa la calma, la calma de un niño tirado sobre la cama al que le llega el aire de un ventilador. Un ventilador que sonora y visualmente empieza a ganar fuerza hasta que acaba por fundirse con el propio huracán.

Asimismo, el agua, que para nosotros suele ser sinónimo de vida, se ha convertido en el filme en un elemento que muestra la cara más amarga de una naturaleza enfurecida por el ser humano. El agua es, en este caso, muerte. Y resulta casi paradójico que se vea como las kenianas tienen que ir a buscarla a un pozo (encima no es potable), haciéndonos ver el valor que esta tiene (y que nosotros no le damos); mientras, al mismo tiempo, en otras sociedades la subida del nivel del mar va a hacer marcharse del lugar a familias que han vivido allí durante generaciones. Dos situaciones unidas por contraste y a favor de ofrecer un mismo mensaje.

En cierta forma, el documental no puede dejar de recordarnos, en cuanto a su incertidumbre, a lo que está ocurriendo en La Palma, pues, lo más desolador de todo el metraje, es ver cómo la gente qué ha vivido ahí se tiene que marchar por un fenómeno que ya es incontrolable y que va a arrasar con todo ante la impotencia de su gente. La diferencia es que, en el documental, el fenómeno ha sido acelerado o provocado por lo que ha hecho el ser humano en otras partes del globo: los damnificados son, al fin y al cabo, los que menos lo merecen.

En resumen, los planos de Éxodo climático están más que repensados en un montaje paralelo detallado y preciso, conciso para divagar durante un buen rato por una calma cotidiana, haciéndonos pasar después por una violencia que nos estremece para devolvernos de nuevo a la calma, aunque esta vez sea una calma terriblemente desoladora.

Conclusiones

Es prácticamente imposible hablar sobre el cine documental en Canarias sin citar a David Baute, al igual que es imposible hablar de artistas canarios sin citar a César Manrique. Su mirada, crítica y poco complaciente, ha sido trasladada a posteriori a su obra de manera muy precisa, pero también se ha transformado en la mirada de muchos de nosotros gracias a la labor que ha desempañado en el FICMEC y MiradasDoc.

En definitiva, y gustándonos el documental o no, debemos reconocer la figura de David Baute acorde a la importancia que ha tenido durante los últimos años. Es un cineasta reconocido y reputado por quienes conocen y admiran este arte, ahora nos falta a nosotros darle el agradecimiento que se merece (y que no ha buscado) por su labor desempeñada en los últimos años. Ya es hora de brindarles a nuestros artistas el lugar que les corresponde y que solo les reconocen, como le ha pasado a David con Éxodo climático, cuando se marchan lejos de nuestra tierra.

 

Y para terminar, me gustaría agradecer al propio David Baute su atención para la realización de este artículo y por la cesión de Tinglado Films de todas las imágenes que lo acompañan.

Bibliografía

 

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