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Jorge Oramas, el pintor de la isla exacta

Dicen que Agustín Espinosa era el que mejor comprendía a este trágico pintor. Creía que, tal vez por llevárselo la muerte de forma tan prematura, con sólo 23 años, José Jorge Oramas “había empezado por donde muchos pintores habían terminado”.

La vida de Oramas comenzó bajo un terrible presagio cuando sus padres murieron de la misma enfermedad que le extinguiría a él años después: la peste blanca o “enfermedad de los artistas”, es decir, la tuberculosis, una de las primeras dolencias que la historia de la humanidad ha conocido. Con apenas un año de edad, Jorge Oramas fue acogido por su abuela materna, en el barrio de La Isleta, de Las Palmas de Gran Canaria. Corría el año 1912.

Año 1933. Ya en una avanzada fase de su enfermedad, el artista colgó por primera vez sus pinturas en una sala de exposiciones individual, en el Círculo Mercantil de Las Palmas. En un salón contiguo, el poeta Agustín Espinosa iniciaba una conferencia surrealista sobre el universo pictórico de Oramas, que dejaría al público confuso y extrañado:

“[…] No es triste el cuento de hoy como un sueño de niño huérfano. En abril viven poco los cuentos de enfermo. Es claro y bueno, como el día que nos protege, como el fervor que nos anima, como el ocaso que nos espera fuera […]”.

Con estas palabras (que luego se publicarían en el afamado libro Media hora jugando a los dados), nos asomamos a un universo que ha capturado como ningún otro la intensa luminosidad que hay en Canarias, o, como lo definía Espinosa, “una ventana abierta a un trozo vivo, limpio, ejemplar y exacto paisaje de nuestra isla”.

Jorge Oramas: el alumno autodidacta

El primer contacto que tiene Oramas con el dibujo y la pintura es en los descansos entre cortes de pelo y recortes de patillas, en la barbería del barrio de Alcaravaneras (Las Palmas) donde trabajaba. Su punto de inflexión llega en 1929, cuando comienza a frecuentar el número once de la calle San Marcos, sede de la insigne Escuela Luján Pérez. Allí comparte aula con compañeros cuyos nombres resuenan hasta nuestros tiempos: Santiago Santana, Juan Ismael, Juan Jaén, Plácido Fleitas, Felo Monzón…

Oramas encuentra en las clases un reducto de libertad sin parangón en la época. Las normas academicistas, las imposiciones de maestros, los programas didácticos prefabricados… Nada de eso existía. La Luján Pérez era un espacio experimental donde lo importante era que los alumnos desarrollaran su propia personalidad artística, en cuanto que indagaran también sobre su entorno natural y sociocultural.

Este clima de compromiso y libertad creadora fue el caldo de cultivo perfecto para el nacimiento del indigenismo: una corriente artística en la que confluyeron la búsqueda de signos de la identidad cultural isleña con la asimilación de las vanguardias europeas del momento. Los indigenistas de la Escuela Luján Pérez, entre ellos Oramas, querían desmitificar la concepción romántica que pesaba sobre el mundo indígena, el campesinado y el paisaje insular. Para ello, decidieron enterrar el regionalismo folclórico que les precedía, y tender un puente entre lo canario y lo universal.

La influencia de las vanguardias

Por los pupitres de la Luján Pérez circularon muchos textos, panfletos y magacines que contenían noticias, más o menos frescas, sobre el arte que se estaba cociendo en Europa. Probablemente como resultado de ello, Oramas ha sido relacionado a día de hoy con tres vanguardias diferentes que examinaremos a continuación.

La Primera Guerra Mundial trajo al mundo del arte a la Nueva Objetividad alemana. El dibujo abstracto del expresionismo ya no servía para dar cuenta de la crudeza y el pesimismo de la posguerra. Hacía falta un lenguaje menos innovador en su forma, pero más comprometido en su contenido, para denunciar el drama humanitario que les rodeaba. De esta manera, regresan a los lienzos la figuración y una mirada más objetiva de las personas, los espacios, los objetos.

Al mismo tiempo aparece el Realismo Mágico, que Franz Roh, su principal ideólogo, ve como la cara opuesta del surrealismo. Mientras que, en el segundo, aceptamos estar contemplando un mundo de fantasía intervenido por el subconsciente, en el primero nos sentimos mirando una representación de lo real, que, sin embargo, esconde algo extraño e incoherente: la magia del mundo normal. En el realismo mágico, “el misterio no desciende al mundo representado, sino que se esconde y palpita tras él”, explica Roh.

Muy parecido al Realismo Mágico es la Pintura Metafísica italiana. Las dos corrientes comparten esa atmósfera tranquila en apariencia, de extraño letargo onírico, pero que encierra un secreto inquietante e inaprehensible a la vez. Los metafísicos pintan sobre la base de un antiguo lenguaje clasicista, pero lo hacen desajustando sutilmente lo representado. Las lógicas del tiempo (¿está atardeciendo o es mediodía?) y el espacio (perspectivas incoherentes, escenarios desiertos) no funcionan, pero entran en los límites de lo verosímil.

De los tres movimientos artísticos mencionados arriba, Oramas heredó muchas cosas, como el diseño geométrico de las formas, el ambiente de quietud y silencio, la limpieza expresiva o la simplicidad. Pero el grancanario sigue siendo esencialmente diferente.

Primero, porque de sus cuadros no emana el halo fantasmagórico de sus coetáneos europeos. La realidad que pinta Oramas es de una materia tan precisa, tan presente y tan palpable, que en esa cualidad reside su misterio onírico. Y segundo, porque sus imágenes no flotan en la intemporalidad sino que, al contrario, están sujetas a un instante muy concreto: el segundo exacto en el que el sol de mediodía se desploma sobre todas las cosas.

La luz exacta de Jorge Oramas

Sobre el carácter creador de Jorge Oramas, decía Agustín Espinosa que se sobreponía a cualquier técnica, a cualquier institución y a cualquier corriente artística. No existe un consenso claro en la crítica sobre si la pureza de su obra se debía a un “estado de gracia” en el que la intuición, la inocencia y el primitivismo suplían su pobreza técnica o si, por el contrario, toda esa aparente ingenuidad escondía un raciocinio previo y bastante precoz para su edad.

Hay quien lo compara con Nicolás Massieu, el “pintor de la isla” que captura los paisajes en manchas impresionistas y neblinosas, y acaba concluyendo que Oramas sabe retratar con mayor verosimilitud la intensidad de la luz isleña; luz que no emborrona los objetos, sino que afila sus contornos. Tradicionalmente, la hora predilecta para pintar siempre ha sido la del atardecer, y para esculpir o tallar, la del mediodía. Sin embargo, Jorge Oramas, en ese sentido, tiene más de escultor que de pintor: aprovecha la dureza de la luz vertical para marcar las sombras y realzar los volúmenes de los objetos. En algunos cuadros, las sombras son tan densas que parecen tener un cuerpo propio. En otros, sin embargo, se pintan con tonalidades de colores puros como el azul, dando la impresión, como reflexiona el pintor Luis Palmero, de que “hay luz hasta en la sombras”.

Las líneas de Oramas son nítidas y geometrizantes, tanto las que están en un primer plano como las más alejadas. El resultado es un extraño ambiente de claridad absoluta, de atmósfera luminosa y despejada hasta donde llega la vista. Los colores puros, primarios, con muy poca mezcla, delimitan aún más la separación entre una forma y otra. Todo ello, sumado a la rigidez antinatural de los cuerpos humanos, hace evidente que el trabajo de Oramas fue más poético que fotográfico: no quiso retratar la realidad sin más, sino reinventarla de tal forma que quedara interrumpido el correr del tiempo.

Por ejemplo, sabemos que antes de pintar su cuadro “Aguadoras”, visitó una fuente y realizó un boceto con todos los distintos elementos que vio ante sí: un hombre y un asno, cacharros metálicos para cargar el agua, una cañería de la que brotaba la fuente, un platanar tras la pared del fondo… Todos esos componentes, para la obra final, fueron eliminados o sustituidos por otros más primitivos. La intención de Oramas era “limpiar” y sintetizar la realidad, reconfigurándola con apenas unos pocos objetos representativos de su mirada insular.

El drama oramasiano

Único retrato fotográfico conservado de Jorge Oramas

En 1932, a Oramas no le queda otra que enclaustrarse entre las cuatro paredes del Hospital de San Martín. En 1934, se cambia al Centro de Alienados de Tafira. Sus cuadros, sin embargo, se escapan siempre que pueden por la ventana para colorearse de los paisajes abiertos y luminosos de Tafira o Marzagán.

No hay ni un solo cuadro que represente de manera evidente un espacio interior. Tampoco hay una sola pintura nocturna. En su libro Jorge Oramas o el tiempo suspendido, Andrés Sánchez Robayna afirma que el pintor pertenece al “régimen diurno”. Según los estudios de Gilbert Durand sobre las imágenes antropológicas, el régimen diurno se rige por las antítesis: la imagen de lo bueno siempre tendrá a su imagen opuesta de lo malo, lo positivo a lo negativo, la luz a la oscuridad, el día a la noche, la vida a la muerte…

Bajo ese marco conceptual, la desbordante luminosidad del universo oramiano podría no ser más que el miedo a las tinieblas, al paso inexorable del tiempo, a la muerte. El misterio del mediodía inmóvil no sería sino el drama de un pintor que quiere vivir en ese instante por toda la eternidad. Usar el pincel de la misma manera que los músicos del Titanic tocan el violín: refugiándose en la luz propia del arte, en el aquí y el ahora del arte, hasta que el barco se hunda.

Cuando se organiza su segunda y última exposición individual, el avanzado estado de su enfermedad le impide asistir. Oramas muere el 12 de septiembre de 1935. No había cumplido los veinticuatro años.

Según Sánchez Robayna, si miramos sus cuadros, aún hoy nos encontramos con que “nada consigue explicar la poderosa sensación del enigma tras la pura realidad física”.

Bibliografía empleada

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Realizador audiovisual. Graduado en Comunicación Audiovisual y Periodismo por la UC3M (Madrid). Diplomado en Cine Documental por la PUCV (Valparaíso).

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