'; ; El surrealismo en Canarias ▷ Literatura, Pintura y la visita de Breton
el surrealismo en canarias
Mediodía - Néstor Martín Fernández de la Torre

Canarias, una tierra surrealista

Corría el año 1924 cuando el escritor francés André Breton, antes de su visita a Canarias, definió el Surrealismo en su manifiesto como un “puro automatismo psíquico” que nos permitía liberarnos del “control ejercido por la razón” y de “toda preocupación estética o moral”.

Es el fin de la autocensura: basta de reprimir los más oscuros (o luminosos) secretos del subconsciente. Se acabó la congruencia: la realidad representada tiene el mismo sentido que un sueño extraño. Cada obra es un universo de símbolos muy personal cuyo significado más profundo, a veces, no comprende ni el propio artista. Y, sin embargo, todas encierran algo universal. El público reconoce la expresión surrealista cuando la tiene delante. “He dado charlas sobre el tema a niños de cuatro años y lo entienden”, apunta el artista grancanario Rafael Franquelo.

La literatura fue el primer vehículo de expresión surrealista, pero pronto le siguió la pintura, el cine, la escultura… Aunque su momento de vanguardia fueron los años 20 y 30 del siglo pasado, hoy en día sigue viviendo en el panorama artístico canario. En parte, porque, como decía el poeta y pintor majorero Juan Ismael, «habrá surrealismo mientras el hombre sueñe», y en parte también, porque las islas son una tierra que, por su onírico paisaje, propicia el abrazo con el subconsciente.

La visita de André Breton a Canarias

El Teide, las estrellas de mar o la arena negra de las playas fueron algunas de las visiones que impactaron a André Breton durante su estadía en Tenerife. Por lo mismo, la llamaba “la isla surrealista”. Pero, ¿cómo llegó el famoso “gurú” de este movimiento a nuestras costas? Para responder a la pregunta, debemos referirnos a los dos protagonistas de esta historia: el artista Óscar Domínguez y la “Gaceta de Arte”.

“La rosa de los vientos” (1927) y “Cartones” (1930) fueron las dos revistas literarias de las islas que sentaron las bases para la creación de una tercera: Gaceta de Arte (1932), dirigida por el artista y crítico de arte Eduardo Westerdahl. Quien la comprara cada mes por el módico precio de una peseta podía estar al tanto de las últimas vanguardias europeas del mundo del arte y la arquitectura, aunque lo cierto es que en Canarias no tuvo muchos seguidores. Sí que se enviaba al extranjero y a la península, incluida la mítica Residencia de Estudiantes de Madrid donde, según se cuenta, Federico García Lorca la recibía con gran entusiasmo.

ExpoSurrealistas

Por su parte, Óscar Domínguez se fue a París cuando tenía 21 años, en 1927. Empieza a pintar cuadros surrealistas dos años más tarde, bajo la influencia de Max Ernst y Salvador Dalí, y luego, en 1934, es aceptado como un miembro más del grupo surrealista francés. André Breton decía de “le dragonnier des Canaries» (como llamaba al artista tinerfeño) que había introducido en el arte surrealista “el silbo ardiente y perfumado de las Islas Canarias”. Durante ese tiempo, Domínguez tampoco se había desvinculado de su tierra natal: vivía entre un lado y el otro, y en 1933 había expuesto sus obras surrealistas en el Círculo de Bellas Artes de Santa Cruz.

El nexo entre el ambiente cultural francés y el canario estaba hecho. Fue sólo cuestión de tiempo que la Gaceta de Arte organizara un evento histórico para la cultura en Canarias: la Segunda Exposición Internacional del Surrealismo, entre el 11 y el 24 de mayo de 1935 en el Ateneo de la capital tinerfeña. Algunos medios locales lo consideraron “una de las manifestaciones más importantes de arte actual que se han verificado en España”, mientras que otros opinaron que “varios enfermos con imaginación ya en el último grado se dieron cita para saber quién pintaba más disparates». André Breton, la pintora Jacqueline Lamba (su esposa) y el poeta Benjamin Péret acudieron a la cita junto con 76 obras de artistas de la talla de De Chirico, Man Ray, Ernts, Magritte, Tanguy, Duchamp, el propio Domínguez…

Podías salir de allí con auténticas gangas: un Dalí costaba 1200 pesetas y un Miró 250 pesetas, por ejemplo. Pero no hubo ni una sola obra del gusto de la burguesía santacrucera. Para colmo, los miembros de la Gaceta habían preparado una proyección de la película surrealista “La edad de oro” (Luis Buñuel, 1930) con la que recuperar el dinero invertido , pero las presiones de la élite conservadora, que acusaba al filme de “pornográfico, inmoral y anticlerical”, provocaron que el Gobernador Civil prohibiera la exhibición. Pese al fracaso económico, la experiencia sirvió para que los miembros de la Gaceta de Arte y Breton firmaran el primer Manifiesto Surrealista español, que implantó de manera oficial el surrealismo a nivel nacional.

Un año después de que los visitantes franceses regresaran a París a bordo de un buque platanero, comenzó la Guerra Civil en España. La cinta de “La edad de oro” de Buñuel se perdió: los rumores cuentan que un alemán republicano la enterró en algún lugar de Las Palmas de Gran Canaria, para evitar que cayera en manos fascistas. Oscar Domínguez regresó a París y estableció allí su hogar definitivo hasta su muerte. Los miembros surrealistas de Gaceta de Arte fueron represaliados en todas las modalidades posibles: detención, deportación o asesinato.

Décadas más tarde, una vez terminada la guerra, Eduardo Westerdahl se reencontró con André Breton por casualidad en una calle de París. El francés apenas lo reconoció, o, si lo hizo, no dio muestras de ello. En un catálogo de exposiciones que publicaría en 1959, Breton tampoco citaría aquella exhibición internacional que tuvo lugar en el 35 en “la isla surrealista”.

El surrealismo en Canarias: la literatura

Como los mayores exponentes canarios de la pintura surrealista, Óscar Domínguez y Juan Ismael, estaban más afincados en París o la península que en Canarias, el surrealismo previo a la Guerra Civil fue de carácter más bien literario, y más parecido al modelo francés que al encabezado por Rafael Alberti y García Lorca.

Agustín Espinosa (1897-1939) escribió poesía, ensayo, prosa, teatro… Con su libro “Lancelot 28º-7º” (1929) diseñó toda una mitología hermética, compleja y fantástica de “un Lanzarote nuevo, un Lanzarote inventado por mí”. Después, se entregaría por completo al surrealismo con textos como “Media hora jugando a los dados” (1935), “Sobre el signo de Viera” (1935) o “Crimen” (1934).

Ésta última, considerada la primera novela del surrealismo en Canarias (y España), causó gran revuelo en los sectores conservadores de la época. Reúne todos los requisitos para ello: un relato sin lógica ni moral ni apego estético que se sumerge en un mundo onírico y subconsciente repleto de violencia y humor negro:

[…] Ella creía que toda su vida iba a ser ya un ininterrumpido gargajo, un termitente vómito, un cotidiano masturbarse, orinarse y descomerse sobre mí, inacabables. Pero una noche la arrojé por el balcón de nuestra alcoba al paso de un tren, y me pasé hasta el alba llorando entre el cortejo elemental de los vecinos, aquel suicidio inexplicable e inexplicado […]

Emeterio Gutiérrez Albelo (1905-1969) defendía que el surrealismo no era algo nuevo, ni viejo, sino de siempre. Anterior incluso a su nacimiento y su bautismo. Más que una técnica o una política, era una actitud. En obras como “Campanario de la primavera” (1930), “Romanticismo y cuenta nueva” (1933, con ilustración de cubierta de Óscar Domínguez) y “Enigma del invitado” (1936), se respira esa atmósfera violenta e irreal que no es sino el reverso oculto de la consciencia:

Me arrastran
y me sientan
a comer
en una larga mesa.
Me ordenan
que adopte
posiciones forzadas,
inútiles,
molestas.
Que escancie sin repulsas,
en empolvadas calaveras,
largos sorbos
de absenta. […]

Para Pedro García Cabrera (1905-1981), «el arte abstracto expresa mejor que ningún otro prisma de nuestro tiempo la tragedia del hombre contemporáneo». Así lo pone en práctica en su libro “Transparencias fugadas” (1934). Ese mismo año publica “La rodilla en el agua” y, en 1934, “Los senos de tinta”. Poco a poco se va dejando llevar cada vez más por la escritura automática bretoniana, hasta llegar a su cumbre surrealista, “Dársena con pescadores” (1936), de cuyo poema “Habla nueva edición de corales lentos” extraemos este fragmento:

[…] Pero si estuviese bajo un océano,
donde no aullasen los caleidoscopios,
Llevaría a las torres de la mano en el pecho
siempre que un gallo próximo me cediese
su garganta, en donde descansar
mis rojos pies enredados en bastos.
Mi anhelo sería dormirme allí
Acariciando la frente pensativa de una concha. […]

Domingo Torres (1910-1937) destacó especialmente por sus ensayos y textos críticos sobre las vanguardias, como fueron “Surrealismo y revolución”, “Psicogeología del surrealismo”, “¿Qué es el surrealismo?” o “Aureola y estigma del surrealismo”. Pero también fue un poeta de asociaciones extrañas y versos descoyuntados con los que dio una nueva interpretación a lo cotidiano.

Durante la guerra, el bando franquista lo metió preso por su militancia socialista. En la cárcel de Fyffes (Tenerife), poco antes de que arrojaran su cuerpo al mar dentro de un saco, escribió el poemario Lo imprevisto, que no vería la luz hasta 1981:

[…] Los traicioneros vientos, firmes flechas,
se quiebran ante el toro acorazado
del quererse volcar, romper la brecha
de altas severas órdenes cuadradas
y suplicantes, encendidos ruegos. […]

El surrealismo en Canarias: la pintura

A Óscar Domínguez (1906-1957) se le considera “el tercer gran nombre que España dio a la pintura surrealista”, junto con Miró y Dalí, según el Diccionario de las Vanguardias Históricas en España de Juan Manuel Bonet. Su etapa surrealista durará hasta 1938, pero cuatro años antes inventaría una nueva técnica: la decalcomanía. Un proceso azaroso que consiste en presionar tinta aún fresca entre dos planchas. Para Agustín Espinosa, las inquietantes realidades oníricas de Domínguez eran capaces de sacudir “los raíles de un tren en llamas”.

Juan Ismael (1907-1981) abordó la poesía, el ensayo, la pintura, el grabado, la ilustración gráfica, el fotomontaje… pero, según el crítico de arte Carlos Pinto, “empezó dibujando y sobre la práctica del dibujo construirá el singular edificio de su obra”. Influenciado (y algo eclipsado) por Domínguez, pero también por Dalí, Ernst y Tanguy, se fue adentrando en el movimiento surrealista sin abandonar su estilo contenido y de composiciones equilibradas. De su surrealismo se dice que es “pacífico”, “elegante” e incluso “racional”, en contraposición a otros más instintivos y viscerales.

Alberto Manrique de Lara (1926-2018) ha pintado y dibujado centenares de obras, especialmente con óleo y acuarela. A través del surrealismo, plasma de manera intuitiva sus sueños, pesadillas y miedos internos. También le sirve para protestar contra la burguesía y el academicismo: “procuro que no sólo haya pintura; no deseo quedarme en la epidermis del cuadro, en el color o en la forma. Para mí tiene que haber también sensaciones”.

Pepe Dámaso (1933), Premio Canarias de Bellas Artes, considera que su obra “está impregnada del surrealismo de Pedro García Cabrera». Con pinceladas de abstracción y surrealismo, Dámaso ha forjado un estilo figurativo propio que une su devoción por lo canario con las vanguardias internacionales. También dirigió la película semiprofesional “Réquiem para un absurdo” (1979), en la que trata la homosexualidad y la represión en la posguerra en Agaete, con escenas tan surrealistas como la del sacrificio simbólico de un cordero.

Julio Viera (1934) nació justo diez años después del primer Manifiesto de la Revolución Surrealista, aunque afirma: “mi primer cuadro lo pinté en el vientre de mi madre”. Algunos lo consideran un pilar del surrealismo isleño, otros, el último surrealista daliliano, y él mismo se hace llamar el “genio del surrealismo”. La excentricidad, los sueños y el humor son constantes en su obra, “un mundo lleno de optimismo y contra la estupidez”.

Para Félix Juan Bordes (1939), “no hay nada peor que una mirada adiestrada, monótona y racional”. Este pintor, caracterizado por el uso de colores intensos y composiciones collage, busca que en sus cuadros haya infinitos significados con los que “transmutar la realidad”.

Paco Juan Déniz (1956) nunca se leyó los escritos de Breton, ni tuvo más maestros que los museos o los libros de arte, pero sus atmósferas nos recuerdan al halo dejado por Yves Tanguy, y sus tonos terrosos a la mirada de Juan Ismael sobre Fuerteventura. Déniz, surrealista simbólico y manierista, es conocido por ser crítico con el arte comercial y con el mundo que le rodea. Sus cuadros protestan contra temas tan diversos como el cambio climático o los atentados al patrimonio histórico en el pueblo en el que reside en Gran Canaria.

Otro surrealista crítico es Alfredo Sánchez (1965), cuyo proceso creativo es “doloroso, pero necesario” para sacar del cuerpo experiencias personales que, de otra forma, no se vería capaz de expresar. Con virtuosismo y pasión por el detalle, Alfredo pinta símbolos y situaciones desgarradoras que denuncian la explotación del ser humano y la naturaleza. Para Sánchez, el arte es un grito de dignidad, y el conocimiento un bien que debe estar al servicio de la ciudadanía, y no de los mercados.

La pintura de Amelia Pisaca (1966) es un poderoso ejercicio de imaginación lleno de energía, sensualidad, vitalidad y magia. Su obra, salpicada de referencias a Dalí, Domínguez y otros, se considera un triunfo de la fantasía sobre la realidad, por su capacidad de inducir nuestra mirada a un estado de alucinación o delirio.

Bibliografía empleada

Realizador audiovisual. Graduado en Comunicación Audiovisual y Periodismo por la UC3M (Madrid). Diplomado en Cine Documental por la PUCV (Valparaíso).

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