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Entrevista | Alegando con Antonio Tabares

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Antonio Tabares, natural de La Palma, es uno de los autores significativos de la nueva dramaturgia canaria. Entre sus obras figuran títulos como La sombra de don Alonso, Cuarteto para el fin del tiempo, Canarias, Una hora en la vida de Stefan Zweig, La punta del iceberg o Tal vez soñar, con las que ha obtenido diversos reconocimientos. Proyecto Fausto es su último trabajo, estrenado por la compañía Delirium Teatro.

¿Qué sentiste la primera vez que viste representada Proyecto Fausto?

Bueno, en un estreno uno está demasiado condicionado por los nervios como para sentir nada más. Sí es cierto que las funciones posteriores, especialmente las dos que tuvieron lugar en La Palma, resultaron muy emocionantes porque entre el público había familiares y amigos de los protagonistas de esta historia. Al partir de un hecho real y relativamente cercano, la obra se mueve en una línea difusa entre la vida y lo que pasa en el escenario, “como si la realidad y el teatro fueran una misma cosa” como se dice en un momento de la función. Esa experiencia ha sido muy enriquecedora para mí como autor y creo que también para todos los que hacemos este espectáculo.

Eres de La Palma, la misma isla donde se vivenció el sufrimiento por la desaparición del pesquero, ¿qué ha significado esta historia en el imaginario colectivo local?

Pese a que han pasado ya 50 años, es un suceso que sigue muy presente en la conciencia colectiva, especialmente en Tazacorte, de donde eran los tres pescadores, y en El Paso, el municipio del cuarto tripulante desaparecido. La pérdida del Fausto fue un acontecimiento que movilizó a toda la isla y que dio a lugar a especulaciones, teorías y rumores, algunos de los cuales llegan hasta nuestros días, porque se trata de un misterio no resuelto. Lo que yo me encontré al entrevistarme con los protagonistas y con testigos directos de aquella tragedia es que la incertidumbre sobre lo que pudo ocurrir y el dolor por la pérdida siguen aún muy vivos. Esos dos sentimientos son, de hecho, los grandes temas de la obra.

La incertidumbre sobre lo que pudo ocurrir y el dolor por la pérdida siguen aún muy vivos. Esos dos sentimientos son, de hecho, los grandes temas de la obra

No debe haber sido nada fácil construir una obra de teatro que toca emocionalmente tan de cerca a personas reales, algunas de las cuales aún están vivas, ¿cómo abordaste este tema?

Ha sido la parte más delicada de todo el proceso. Yo tenía claro que quería hacer una obra que partiera del caso real pero tamizado por la libertad creativa. Lo que ocurre es que la historia del Fausto es tan abierta que admite ser contada desde puntos de vista y con tratamientos muy diferentes. A mí me interesaba narrar especialmente esa angustia que vivieron las mujeres de los cuatro desaparecidos, que en el fondo representan a tantas mujeres que se han visto obligadas a sacar adelante a sus familias ante la ausencia de sus maridos. Dicho esto, tratar directamente con los familiares de los desaparecidos supuso un inmenso privilegio y debo agradecer la generosidad con las que todos nos narraron cómo vivieron aquellos días. Hemos tratado de corresponder a esa confianza con el máximo respeto y delicadeza.

¿Cómo fue el proceso creativo de Proyecto Fausto?

La obra nace de un encargo de la compañía Delirium, que llevaba tiempo queriendo poner en pie un espectáculo que tuviera al mar como elemento definitorio, tanto por sus posibilidades de plasmación escénica como por ser un espacio tan ligado a la insularidad. La segunda premisa de este encargo era que el texto debía ser interpretado por actrices. Comencé a buscar episodios en Canarias relacionados con la navegación, la emigración, la pesca… y muy pronto me tropecé con la historia del Fausto, de la que yo no tenía noticia hasta ese momento.

En cuanto leí el libro de Luis Javier Velasco vi claramente que había allí una historia que pedía subir a escena y que debía hacerse desde el punto de vista de las cuatro mujeres que perdieron a sus maridos en el mar. Se trataba, además, de una historia palmera, lo que me permitió tener un acceso directo a muchos de los testigos de la tragedia, como he dicho antes. De modo que la escritura partía por un lado de una base documental, fundamentalmente consultando la prensa de la época, y por otro, de los testimonios directos de las familias, dejando claro en todo momento que si bien la función parte de un hecho real, no deja de ser una obra de ficción. Por último, pude participar con cierta frecuencia del proceso de ensayos, lo que resulta un ventaja a la hora de ajustar y pulir el texto.

Proyecto Fausto rompe drásticamente con la ilusión de verosimilitud de la historia e interpela al espectador sobre lo que realmente está viendo mediante diferentes mecanismos metateatrales, ¿qué buscas generar en el espectador?

Dice Juan Mayorga que toda obra teatral debe suponer un desafío para el espectador. Reconozco que yo no tenía muy claro a qué se refería hasta que me enfrenté al proceso de escritura de esta obra. Porque otro de los grandes temas que se aborda en Proyecto Fausto es la inconsistencia o la fragilidad de la verdad. En la obra la verdad está tensionada hasta un punto en que el propio espectador se cuestiona qué es lo que está viendo, de la misma manera que las protagonistas de la historia se cuestionaban qué estaba pasando. En ese sentido la obra tiene varios niveles de metateatralidad que creo que hacen que el espectador salga conmovido no solo en lo emocional sino también en lo intelectual.

Otro de los grandes temas que se aborda en Proyecto Fausto es la inconsistencia o la fragilidad de la verdad

Has trabajado desde hace años y en más de una ocasión con Delirium Teatro, ¿cuándo y cómo surgió esta relación creativa con la compañía?

Con Delirium me une una relación de más de una década que se sustenta en una manera común de entender el teatro. Nos mueve un teatro que prefiere sugerir más que mostrar, que plantea preguntas, que nos cuestiona como espectadores y que hace del escenario un lugar donde conviven lo cotidiano y lo poético. El encuentro con Delirium se produjo además en un momento muy importante, porque para cualquier dramaturgo –y especialmente para el que empieza- es fundamental poder cotejar sus obras sobre un escenario.

Tu obra más conocida y premiada es La punta del iceberg, ¿por qué decidiste contar esta historia? ¿Por qué crees que ha tenido tanto éxito?

Es cierto que La punta del iceberg se ha traducido a diferentes idiomas, se ha estrenado en países tan dispares como Venezuela, Eslovenia o Rumanía y hasta se ha hecho una versión cinematográfica, dirigida por David Cánovas. Yo no sabría explicar muy bien el porqué de esta repercusión. Supongo que es una historia en la que cualquiera puede verse reflejado, al abordar el tema de las relaciones personales en el ámbito laboral, que son unas relaciones tan complejas y tan potentes que condicionan nuestra manera de ver el mundo. La obra parte también de un hecho real trágico -el suicidio de tres trabajadores cualificados en una gran empresa multinacional- que inevitablemente nos cuestiona como individuos.

Tu primera obra de teatro representada fue La sombra de don Alonso, ambientada en los comienzos de la guerra civil española en Canarias, ¿qué recuerdos guardas de ella?

En realidad La sombra de don Alonso nunca se ha representado. Fue publicada a raíz de ganar el premio Pérez Minik de la Universidad de La Laguna, pero nunca ha subido a un escenario y se da la feliz coincidencia de que su estreno está previsto para el próximo 30 de noviembre, veinte años después de haberla escrito, en el Teatro Circo de Marte de Santa Cruz de La Palma, con dirección de Juan José Afonso y un elenco de actores naturales o afincados en La Palma, lo que para mí tiene una significación muy especial. Es una obra que escribí con apenas 25 años y con las lógicas carencias de la falta de oficio, pero por otro lado, al revisarla, he podido comprobar que conserva algunos valores que hacen que merezca la pena llevarla a escena, además de contener alguna que otra reflexión sobre nuestro país que no está de más traer hasta la época actual, en la que parece como si algunos errores trágicos amenazaran con repetirse.

El estreno de La sombra de don Alonso está previsto para el próximo 30 de noviembre, veinte años después de haberla escrito, en el Teatro Circo de Marte de Santa Cruz de La Palma

Escribes desde una isla aislada del continente europeo, ¿crees que la insularidad ha marcado tu obra como dramaturgo?

La insularidad marca forzosamente nuestra manera de ver el mundo. Nos otorga cierto distanciamiento, cierta perspectiva que en ocasiones resulta muy sana a la hora de ejercer la empatía con el otro. Vivir en una isla también tiene sus servidumbres, lógicamente, pero en todo caso es una opción personal que acepto con todas sus consecuencias. Por una simple cuestión de salud mental trato de no replantearme continuamente mi condición de insular. Vivo en una isla y al mismo tiempo intento –aunque no siempre lo consigo- tener una mirada lo más universal posible.

La reflexión sobre Canarias también ha estado presente en algunas de tus obras, ¿qué piensas de la realidad actual de las Islas?

Uno escribe no de lo que sabe, sino de lo que no entiende, quizá para precisamente tratar de comprender. Y Canarias está ahí, con su realidad compleja, diversa y muchas veces absurda. Estas islas y su gente reúnen muchas virtudes, pero también están llenas de contradicciones. Y eso, claro, supone un rico caldo de cultivo para el teatro.

¿Cómo valoras la escena teatral en Canarias?

Con un inevitable sentimiento contradictorio. Creo que en general hay un buen nivel artístico y se está realizando un trabajo muy meritorio, con todo tipo de propuestas en distintos ámbitos, algunas de ellas de muchísimo interés; pero al mismo tiempo las propias estructuras de las compañías y de exhibición son endebles y muchos de esos trabajos no llegan a calar. En el fondo, echo de menos que nuestro teatro tenga un mayor peso en la sociedad, que encuentre el eco necesario para interpelarnos como colectividad, que es la verdadera razón de este arte, desde Atenas hasta nuestros días.

Si estuvieses en un cargo de responsabilidad en el área de cultura de algún Cabildo o del Gobierno de Canarias, ¿qué medidas tomarías para impulsar el teatro hecho en las Islas?

Por fortuna está descartado que algo así pueda suceder. En todo caso, creo necesario garantizar que exista un circuito de exhibición regional estable y que funcione con normalidad. No es de recibo que una compañía haga un esfuerzo ímprobo por llevar un texto a escena y que su trabajo se pierda después de 15 o 20 funciones, y eso con suerte. Habría que garantizar que los espectáculos de nuestras compañías se puedan ver en todas las islas y en el mayor número de recintos posible, con unas oportunas acciones de publicidad y promoción. Y aquellos montajes de mayor calidad artística tendrían que contar con el apoyo necesario para dar el salto más allá del archipiélago. Me doy cuenta de que hace muchos años me hicieron una pregunta similar y contesté más o menos lo mismo. O sea, que poco hemos avanzado nada en este sentido. Más bien al contrario.

Habría que garantizar que los espectáculos de nuestras compañías se puedan ver en todas las islas y en el mayor número de recintos posible, con unas oportunas acciones de publicidad y promoción

Por último, el próximo 19 de octubre se vuelve a representar Proyecto Fausto en el festival de teatro “Máscara” de Icod, ¿qué le dirías a la gente para que no se pierdan esta función?

Les diría que sólo por ver el impresionante trabajo que realizan las cuatro actrices de la compañía –Irene Álvarez, Carmen Hernández, Lioba Herrar y Soraya G. del Rosario– ya merece la pena ver la función. Además, los hechos que se narran pertenecen a nuestra propia historia y merecen ser conocidos y contados.

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