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Medicina popular canaria: plantas utilizadas por nuestras abuelas

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Canarias es la región de Europa con más plantas autóctonas, y una de las más importantes del mundo por la riqueza de su flora. Dentro de estos ránkings, las plantas medicinales canarias ocupan un lugar destacado: de las cerca de 2000 plantas silvestres que crecen en las islas, se calcula que en torno al 10% de ellas puede tener alguna utilidad medicinal.

Los usos “curativos” se remontan a la época de los indígenas canarios, aunque más tarde serían influenciados por la colonización castellana y la asimilación de sus plantas y su cultura. Hoy en día, es imposible no pensar en nuestras abuelas y abuelos como referentes más inmediatos cuando se habla del uso de hierbas medicinales. Sus infusiones fueron imprescindibles en la época en la que ir al médico quedaba a más de una hora (o un día) de camino. Gracias a su sabiduría, parte de las generaciones siguientes que han ido heredando estas recetas prefieren aliviar sus síntomas con las posibilidades de su entorno natural y evitar, de esta forma, el abuso de los fármacos industriales.

La cosmovisión oculta tras las plantas medicinales canarias

Me reuní con Eugenio Reyes Naranjo bajo una sombra del Jardín Botánico Canario Viera y Clavijo, en Gran Canaria, junto a un arbusto de joraos, hierbas de Fuerteventura que sirven para el estómago y la soriasis. “Y para perfumar la piel”, agrega el entrevistado, “de ahí que jorarse signifique decorarse”.

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Eugenio Reyes es el encargado general del Banco de Saberes del Jardín, un espacio que recopila los usos tradicionales de la flora canaria. Su objetivo es poner en valor la llamada biodiversidad cultural, conjunto de aprovechamientos y buenas prácticas de la sociedad que incide en los hábitats naturales. En cuanto a las plantas medicinales canarias, en el Jardín Botánico mantienen tres líneas de investigación: los usos recogidos por la tradición oral, la bibliografía histórica o acumulada, y la cosmovisión que hay detrás de los manejos sobre conceptos como la salud o la enfermedad.

Según Reyes, la última línea es la más compleja. Incluye las creencias, los mitos, el lenguaje y la comprensión de la población canaria de su entorno. “Por ejemplo, si nos dicen que algo tiene mucha vitamina, entendemos que lo que quieren expresar es que es un estimulante, y no necesariamente va a tener vitaminas”, explica Eugenio. O si alguien les cuenta que una hierba es “mano de santo para el dolor de cabeza, el estómago y el corazón”, ellos deducen que la cosmovisión de esa persona consiste en entender la enfermedad como “dolor”, y que con un analgésico (el de la propia planta) ese dolor o esa enfermedad se puede “curar”. “Toda esa cosmovisión tenemos que saber situarla y entenderla”, concluye Eugenio.

Para sus investigaciones, hacen un muestreo cualitativo, hablan con distintos pastores y obtienen lo que denominan “saberes”. “Nosotros sólo hacemos la recogida de campo”, aclara Reyes. Luego, esos saberes intentarán verificarse para destilar de ellos conocimientos científicos. Unas veces para el estudio farmacológico de las sustancias activas, y otras para indagar sobre posibles aplicaciones en agricultura (como que la artemisa canaria, por ejemplo, se puede colocar sobre las papas para protegerlas de las polillas) o en veterinaria (por ejemplo, que plantando ruda, en ciertos casos, es posible desparasitar al ganado). mocan

Cuando le pregunto por las hierberas con las que entran en contacto, Eugenio me cuenta que no sólo viven en el campo. Desde el éxodo rural de los 60, podemos encontrar pequeñas tiendas que venden manojos de hierbas en barrios de la capital grancanaria, como La Isleta, San Roque, San José, San Juan, Las Torres… El 90% de las usuarias de las hierbas, eso sí, son mujeres. “Son ellas las que preparan la tisana para el nieto, el hijo, el marido, el compañero o el vecino. No es que no haya hierberos, pero el manejo cotidiano, el real, el de la vivencia íntima con la enfermedad, le pertenece a las mujeres”.

Los “Remedios Magistrales” de Ana

Ana Bello, de 69 años, estaba esperando mi visita en el jardincillo delantero de su casa en Güímar (Tenerife), junto a varias hierbas, un drago, una palmera y un pino canario. Más tarde, me contará lo mucho que le inspira ese espacio: “si plantas una semilla, lleva su tiempo que germine y que crezca. La naturaleza te enseña a tener paciencia y saber que todo tiene un momento, que todo tiene unos frutos si sigues perseverando”.

La vocación de Ana por las infusiones medicinales le vino muy temprano. Recuerda leerse un libro antiquísimo de medicina natural que había en la casa de su abuelo. Y que una vecina la solía mandar a por algaritofe para hacerse un champú, ya que de todos era sabido que “con algaritofe, tea y tomillo, te llegará el pelo hasta los tobillos”. Y que, al plantar romero en el jardín, cundió el pánico entre los vecinos más supersticiosos: “¡ay mi niña, quita eso, que quien tenga romero en su huerto, tarde espere su casamiento!”

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Ya en el salón de la casa, Ana saca de una estantería una pequeña libreta con los colores desgastados y un título escrito a mano: “Remedios magistrales”. En cada página, puede leerse una fecha, un cierto nombre y apellido, una dolencia, y los ingredientes de la infusión utilizada para aplacarla, con anotaciones finales sobre el grado de eficacia tras su uso. De esta forma, desde los años ochenta y por pura afición, Ana fue sumando página tras página de experiencias, ensayos y aciertos. De su caldero bebieron amigos, amigos de amigos, familiares, compañeros de trabajo, y así, de boca en boca, fue en aumento la fama de sus recetas.

Cierto día, a Ana le ofrecieron participar con una sección semanal en el programa de radio El Rabiche, para oyentes de la comarca nordeste de Tenerife. Durante años, allí explicó, por ejemplo, que el dicho “todo queda en agua de borrajas” es un refrán mal usado, porque aunque las borrajas no sean nutritivas, son muy depurativas. O que el mejor momento para la recogida de hierbas es antes del mediodía, después de que se les haya secado el sereno, y que sólo debe cortarse lo estrictamente necesario, “porque si no la recoges con cariño no te hace efecto”.

¿Pa’ dónde vas con ese jace hierbas?

Ana se considera a sí misma más una amante de la naturaleza que una maestra de las hierbas. Una vez, por curiosidad, visitó a una hierbera en La Laguna: “Como tiene tanta experiencia, a poco que digas una palabra ya se hace una idea de lo que tienes, y te manda una receta poniéndole toda la fuerza al decírtelo para que dejes que te haga bien. Si te crees que va a funcionar, habrás ganado una parte del camino”.

Al consabido poder de la sugestión, se le suma que las plantas medicinales tienen múltiples principios activos por estar formadas de moléculas orgánicas. No sucede lo mismo con los medicamentos de síntesis química, que se obtienen de un sólo principio activo por ser sustancias de carácter inorgánico o mineral, lo cual puede provoca en nuestro organismo la aparición de efectos secundarios, adicción o resistencias tras su uso continuado.

Pese a ello, todavía hoy algunos sectores de la población niegan la existencia de las propiedades medicinales de las plantas. Según Eugenio Reyes, han llegado a entrevistar personas que toman plantas cuando les duele el estómago, pero que las llaman “plantas para comer, o plantas para integrar en la dieta”, en vez de medicinales, porque “en tiempos del franquismo, desde la Iglesia, se perseguía a los hierberos”. Los vestigios culturales de esta represión se deben también a la vinculación tradicional de las infusiones con la brujería: hierbas mágicas usadas por las campesinas de antaño para filtros amorosos, curas del mal de ojo o ahuyentar espíritus. nauta

Ana Bello intenta recordar por qué hace lo que hace, y le viene a la mente cuando, con ocho años, la hierba le cubría de cuerpo entero en los campos de Güímar. Su tío iba delante abriéndose camino con el machete, mientras ella recogía flores y las ataba en un ramo para regalárselo a su madre más tarde. Un campesino con el que se cruzaron se rió al ver el matojo: “¡Muchacha, pa’ dónde vas con ese jace hierba!” Ana sintió una especie de desengaño: miró su mano y no vio en ella más que pasto para ganado. Cuando llegó a la casa, sin embargo, su madre celebró el obsequio con gran alborozo. Colocó las flores en un jarrón sobre la mesa, a la vista de todos, y le dio un beso de agradecimiento. “Creo que ahí me empezó todo”, rememora Ana con una sonrisa.

Bibliografía empleada

Realizador audiovisual. Graduado en Comunicación Audiovisual y Periodismo por la UC3M (Madrid). Diplomado en Cine Documental por la PUCV (Valparaíso).

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