la orchilla en canarias

La orchilla en Canarias: la sangre púrpura

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Dicen que el color púrpura de la orchilla lo descubrió Melqart paseando por la playa. Este dios fenicio se hallaba junto a su perro y su enamorada, la ninfa Tiro, cuando reparó en que el animal tenía el hocico manchado de sangre. Asustado, Melqart se acercó a examinarlo, pero no encontró ninguna herida. Poco después averiguó que el perro había mordido un molusco marino desconocido, y éste, en contacto con su saliva, le había teñido el morro de púrpura. La ninfa Tiro, totalmente cautivada por el tinte, le pidió a su compañero que le fabricara un vestido del mismo tono.

La exótica especie de moluscos se conoce como murex. Para extraer 1,4 gramos de su tinte, con los que se podría teñir una manga del vestido de Tiro, era necesario matar, triturar y descomponer unos 12000 ejemplares de murex. Los fenicios, tan fascinados como la ninfa por la púrpura, se dedicaron a ello desde el siglo IX a.C. El trabajo debía de ser durísimo, no sólo por la ingente cantidad de caracolas que había que machacar, sino por el olor tan nauseabundo que desprendían, lo que les obligaba a retirarse a los márgenes de las ciudades para no apestar a la población.

Pese al sacrificio, los fenicios se convirtieron en los reyes del comercio mediterráneo. Consiguieron que la “Púrpura de Tiro”, casi imposible de obtener, llegara a estar más cotizada que el oro. Se utilizaba en los trajes, tocados, capas, cortinas, sillones, alfombras y cojines de los emperadores fenicios; y más tarde, en los de Alejandro Magno, heredero de la industria tintórea; y luego del Imperio Romano, y de los reyes visigodos, y de los príncipes y papas y obispos y jueces que, a día de hoy, también lucen estas distinciones… A lo largo de la historia, cada vez que alguien alcanzaba el poder supremo, se le aplicaba el dicho “purpura sumsit”; o sea, “tomar la púrpura”.

Ahora, han pasado 1350 años desde que los moluscos murex se extinguieron del Mediterráneo, pero incluso en ese entonces la púrpura ya no era sólo un tinte: era un color. Y no cualquier color, según Plinio El Viejo, escritor de la Historia Natural: “aquel color precioso que resplandece con el matiz de una oscura rosa (…). Ésa es la púrpura por la que las romanas fasces y las hachas abren caminos. Es la insignia de la nobleza joven; ella distingue al senador del caballero; se la invoca para apaciguar a los dioses. Realza todos los vestidos, y comparte con el oro la gloria del triunfo. Por estas razones debemos perdonar el loco afán por la púrpura”.

Las orchilleras de Canarias

En Canarias, los primeros habitantes de las coladas de lavas, anteriores a fenicios y guanches, fueron los líquenes. Los europeos que transitaban las islas en el siglo XIV se dieron cuenta de que ciertos líquenes locales, agrupados bajo el nombre de orchillas, podían producir un tinte muy parecido al del mítico molusco.

Cuando los indígenas canarios tomaron conciencia del valor de la orchilla para los forasteros, comenzaron a recolectarla para intercambiarla por baratijas o alimentos. Con el paso del tiempo, la fama de la calidad de la orchilla canaria se fue extendiendo por Europa, y Juan de Bethencourt decidió, antes de que otros se le adelantaran, hacerse con todo el monopolio y de paso emprender la conquista del archipiélago.

Cuando los indígenas canarios tomaron conciencia del valor de la orchilla para los forasteros, comenzaron a recolectarla para intercambiarla por baratijas o alimentos.

Pese a los muchos cambios, los orchilleros o recolectores de orchilla siguieron siendo los indígenas canarios, bastante más hábiles que los colonizadores en recorrer la escarpada orografía insular. Y es que la tarea no era fácil. La orchilla en ocasiones se confunde con el color de la roca, y se empeña en crecer en lugares casi inexpugnables, como las paredes de acantilados que azotan los vientos alisios del noreste.

La recolección continuó siendo muy activa en Canarias hasta el siglo XIX, e incluso se extendió por el primer tercio del XX. En su gran mayoría las orchilleras fueron mujeres, unas veces por apoyar la economía del hogar y otras directamente para suplir el vacío que dejaban los emigrados a América. Cuando no les bastaba con recorrer las veredas a pie e ir extendiendo el brazo para recoger el líquen, era necesario descolgarse con cuerdas por las paredes verticales de los riscos.

En su gran mayoría las orchilleras fueron mujeres, unas veces por apoyar la economía del hogar y otras directamente para suplir el vacío que dejaban los emigrados a América

La muerte de Marta Segura

Las orchilleras se enfrentaban a más peligros de los aparentes durante el ejercicio de su oficio: el viento, las lluvias, el calor, la fatiga, que te abandonaran las fuerzas y se te aflojaran los brazos cuando aún faltaran varios metros por trepar, que la cuerda se rompiese por el roce con la roca, que se desprendiera una piedra de lo alto, o un simple paso en falso. El Risco de las Ánimas en Taganana o el Desriscadero en el Valle Jiménez, en Tenerife, son puntos negros de la historia de las orchilleras por la cantidad de vidas que se han tragado.

Si consultamos los libros de defunciones del siglo XIX en la Aldea de San Nicolás (Gran Canaria), podremos encontrar más de una treintena de nombres, con edades de entre los 7 y 66 años, y descripciones muy similares de sus muertes, como: “Desriscado”; “Murió del golpe”; “Murió al tiempo que cayó”; “Un accidente violento”; “Desriscado orchillando”; “Desriscado y enterrado en el lugar”…

Uno de esos nombres ha quedado especialmente grabado en la memoria colectiva de La Aldea. En el amanecer del 28 de enero de 1876, Marta Segura Carvajal, de 41 años, fue con otras cuatro orchilleras a recolectar a los acantilados de la zona, cuando un escalón de piedras sobre el que se estaba impulsando se derrumbó y, sin poder evitarlo, se precipitó al vacío. Las compañeras regresaron al pueblo a paso ligero y en silencio. El hermano de Marta, al verlas acercarse desde lejos, contó solo cuatro figuras, y según relatan sus descendientes, comenzó a repetir: “falta una… falta una… falta una, ¡y es mi hermana!”. Los restos de Marta “cabían en un delantal” de tan violento accidente, relatan los vecinos. Se cree que primero cayó unos 200 metros y que, luego, continuó rodando por el acantilado otros 500. Hubo que enterrarla allí mismo. Cuando otro orchillero halló el escalón de piedras que provocó el accidente, pensó en arreglarlo, pero luego recapacitó: “por si acaso… pa’ que se mate otro, se queda como está”.

Las pobres más pobres

No sólo de caídas morían las orchilleras. En 1475, cuando se rebelaron contra los señores feudales de Lanzarote por las injusticias del oficio, la respuesta que obtuvieron fue el ahorcamiento de los líderes de la protesta. Hoy en día, el lugar donde arrojaron los cadáveres se llama el Barranco de la Horca de Teguise.

No sólo de caídas morían las orchilleras. En 1475, cuando se rebelaron contra los señores feudales de Lanzarote por las injusticias del oficio, la respuesta que obtuvieron fue el ahorcamiento de los líderes de la protesta

Poco había cambiado la cosa tres siglos más tarde, en 1762. La orchilla se pagaba por unidad de peso, no por horas trabajadas, y el Conde de La Gomera pagaba 30 reales el quintal. Una miseria, si lo comparamos con los 210 reales que él obtenía por vender cada quintal a una casa comercial de la Orotava, y a los 1200 reales que costaba por esos años en Inglaterra, principal destino de la orchilla en el extranjero. Era en esa otra isla, alejada de las nuestras, donde finalmente se procesaba el líquen para la obtención de la púrpura.

El descontento en La Gomera era tan generalizado que desembocó en un importante motín y, sin embargo, el miedo de los gomeros a las duras represalias llegó a ser tan intenso que, ante los primeros obstáculos, decidieron rendirse, suplicar el perdón del Conde y prometerle fidelidad perpetua. Con todo, el Conde se mostró perplejo, expresando que si tan explotadas se sentían las orchilleras, ¿por qué seguían recolectando? Nadie las obligaba. Según el ingeniero Agustín de Betancourt, quizás se debiera a que era el último y desesperado intento por sobrevivir tras “haber vendido sus casas y tierras a vil precio, visto perecer su ganado y comido los animales inmundos”.

Las orchilleras no eran propietarias ni de las mochilas en las que iban guardando la orchilla. A escondidas, para compensar los abusos de poder, añadían al morral tierra en polvo, piedras, cenizas, otras plantas o incluso agua, de modo que aumentara el peso de su recolección. Algunas otras también se citaban en secreto con los comerciantes en pequeñas calas de la costa y allí les entregaban directamente la orchilla, saltándose los intermediarios y obteniendo mayor beneficio.

Por otra parte, como era habitual pasar días fuera de sus casas recorriendo barrancos y durmiendo en cuevas, el hambre a veces las empujaba a allanar huertas, robar gallinas o asaltar corrales de los habitantes de la zona.

En correspondencias y declaraciones registradas de la época han quedado inmortalizadas frases como: “en fin, como usted sabe lo común es que los orchilleros es gente común y baja, no se debe creer en sujetos de esa clase”, o, “los orchilleros eran unos borrachos y unos ladrones y una gente ruin que andaban quitando el crédito…”. También el escritor Ricardo Reguera documenta que unas gracioseras cantaron a una orchillera del norte de Lanzarote:

Orchillera oficio puto
quién la usa menos tiene
y quien la viene a coger
hasta la vergüenza pierde.

El color de la sangre

Quizás el color púrpura sea uno de los pocos puentes que nos dé la licencia de conectar una de las capas sociales más marginadas de Canarias hasta el siglo XX con los poderosos emperadores fenicios y romanos de la Antigüedad. Según Michel Pastoureau, “el color no es sólo un fenómeno físico y perceptivo, […] sino, ante todo, un fenómeno social”.

Pero respecto a su dimensión física, conviene aclarar que nunca ha existido un único e inequívoco tono de púrpura. El púrpura históricamente puede variar desde tonos más violáceos hacia otros más rojos, dependiendo de su origen geográfico.

¿Cómo se imaginarían exactamente las orchilleras el color que jamás vieron y por el cual caminaron y escalaron tantos acantilados? Quizás en algún momento lo reconocieron en sus propios cuerpos, en la sangre de sus propias heridas abiertas por las rocas en las que crecía la orchilla.

«La tonalidad de la Púrpura de Tiro […] se considera de más alta calidad cuando tiene exactamente el color de la sangre coagulada», nos confirma Plinio El Viejo. Llegados a este punto, podríamos aventurar que desde que el perro de Melqart hincó los dientes en la primera caracola y su hocico se tiñó de púrpura, la sangre de todas los orchilleras pasó a convertirse en tinte de orchillas.

Bibliografía empleada

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1 Comentario

  1. Me encanta la gente que, esté donde esté lleva, su Tierra en el corazón . No olvidar las tradiciones y contar el sufrimiento y sacrificio de tantos, hace fácil hoy, lo difícil de antes. Sigue transportándonos con tus hisorias de tu gente y hacer de tu “hogar” un poco el nuestro.

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