Entrevista | Alegando con David Pantaleón: «Yo lo que quiero es ‘vivir del cuento’, de hacer películas»

en Entrevistas por

Aunque acaba de terminar el rodaje de Hombres de Leche, su primer largo, David Pantaleón (1978, Valleseco) lleva tiempo siendo considerado un maestro del cortometraje. Gracias a piezas como Hibernando (2011), La pasión de Judas (2014) o El Becerro Pintado (2017), su palmarés aumenta año tras año. Entre otros, ha ganado el Signis en el 61st International Short Film Festival Oberhausen (Alemania) o el Premio Richard Leacock al Mejor Cortometraje en el 14º Festival Internacional de Cine de Las Palmas. Con más de treinta piezas a sus espaldas, Pantaleón ha ido consolidando un estilo muy particular: planos frontales, coreografías teatrales y puestas en situación que se mueven entre lo absurdo y lo alegórico, entre el humor y la reflexión. Pero, como en un juego por turnos, su obra sólo nos revela la primera mitad del chiste. El resto lo ponemos nosotros.

¿Cómo fue tu acercamiento al mundo del cine?

En realidad, mi acercamiento fue a través de las artes escénicas. Yo entendí que lo que quería era ser actor. También porque uno se vincula a lo que le atrae, y en el cine lo que te llama de primeras es a quién ves en la pantalla, es decir, el actor. Es una relación bastante infantil.

Después de salir del instituto en Teror, estudié arte dramático en la Escuela de Actores de Canarias. Cuando acabé, estuve trabajando con diferentes compañías de teatro, haciendo lo que podía o lo que me dejaban y, en ese juego, se cruzó por el camino El Festivalito [el Festival de las Estrellas de La Palma]. Al principio voy como actor, en estos elencos que cogen los directores que van al Festivalito para hacer sus piezas. Tras estas y otras experiencias, como cortometrajes de escuelas (con la Pompeu Fabra, por ejemplo, cuando viví en Barcelona), me digo: “ostias, al final estoy poniendo la cara en algo aleatorio en lo que tengo que encajar, y que no sé cómo va a salir ni está en mi mano gestionar hacia dónde va”. Entonces me doy cuenta de que para estar esperando las ideas de otros, prefería embarcarme en mis propias ideas. Y ahí redescubro el Festivalito, un festival de cine express donde, con un ordenador, una cámara y mucho ánimo se pueden sacar cosas.

¿Qué crees que te ha dado tu formación actoral a la hora de dirigir?

Pues una visión bastante teatral o performativa de mi propio trabajo, donde las narrativas son menos convencionales, cercanas quizás al teatro de vanguardia, contemporáneo… Me puede haber dado una perspectiva más abierta, además de mayor conciencia sobre el valor del trabajo creativo y en equipo, y de la fragilidad e importancia del trabajo con el actor y el no actor.

En un principio, las piezas que hacemos al iniciar nuestra andadura son como: “voy a contar una historia que se entienda y que juegue con el espectador, que lo lleve a un sitio y, al final, damos un giro y lo sorprendemos”. El corto estándar. Después he ido evolucionando. Yo además soy muy pesado, quizás ya llevo hechas treinta o cuarenta piezas. Y en esa evolución, he ido buscando más la experimentación y el juego con el propio espectador sobre lo que yo, como autor, sugiero.

Cualquier ocurrencia que seamos capaces de prolongar en el tiempo se convertirá en una tradición

¿Por eso sueles buscar el extrañamiento del espectador en tu obra?

Claro. Todos estos elementos que saquen al espectador de la comodidad habitual de: “oye, yo soy un voyeur viendo algo que no me mira a mí”. Cuando lo confrontamos con personajes que miran a cámara, frontalidad… Me parece muy guay la idea del aspecto lúdico, el juego. Al final, la comunicación es ese juego que yo te doy y tú me das. Es jugar a las adivinanzas o a los jeroglíficos, en una graduación determinada, claro: podemos irnos a la abstracción absoluta, o a juegos menos extremos. Pero es ahí donde me resulta interesante jugar.

¿Cómo es dirigir a actores profesionales frente a dirigir a los no profesionales?

Está claro que el actor formado está más armado de mecanismos y recursos para enfrentarse a determinadas cosas. Ahora, yo soy de la opinión de que, al final, el trabajo de dirección no deja de ser un trabajo de comunicación con el otro, de hacernos entender. Independientemente de si eres profesional o no, tienes que encontrar la forma de llegar al otro, de hacerte entender. Y luego, eso, cada persona es un mundo.

En tus cortos, sueles llevar los tópicos culturales de España al terreno de lo absurdo. ¿Por qué?

La idea de trabajar con las tradiciones o los elementos iconográficos de nuestra cultura, nuestro territorio, nuestra religión… al final es algo que me atrae y que me divierte mucho, porque suelen considerarse como cosas inamovibles, y en realidad son movidas muy locas. Cuanto más investigues sobre cualquier tradición en cualquier lugar del mundo, más cosas surrealistas o absurdas descubres. Y eso te da pie a decir: “hombre, si alguien tuvo esta ocurrencia hace trescientos años y hoy es Patrimonio de la Humanidad, cualquier ocurrencia que seamos capaces de prolongar en el tiempo se convertirá en una tradición”.

Entonces, me parece muy divertido jugar con todos estos elementos de la Marca España, como el flamenco, el toreo… Ya en sí mismos tienen una iconografía súper fuerte, y si eres capaz de desvincularte del pudor a manipularlas, te dan mucho juego. También pasa con la religión. Yo no soy religioso, pero me he criado en una familia católica y vivimos en un país católico. La cruz, por ejemplo, es un elemento que para la mayoría de personas tiene un significado. ¿Por qué no voy a poder jugar a transformar todos estos códigos establecidos? Muchas veces me hablan del respeto a estas cosas “intocables”, y yo digo: “tío, máximo respeto, pero yo estoy invadido por esas ideas que me han inculcado desde pequeño”. O por la Coca-Cola, por ejemplo. También es un elemento iconográfico fuerte. ¿Por qué no voy a poder hacer yo con una Coca-Cola lo que me salga?

¿Qué valoración harías de Canarias y su panorama audiovisual?

Estoy encantado de estar aquí, de volver a casa después de tener esa perspectiva, que creo que es muy importante, de mirar nuestra casa desde fuera. Te permite ser capaz de mirar tu entorno de una forma diferente. De pronto, cosas que no te llamaban la atención porque eran parte de tu universo, cuando tienes la posibilidad de irte y de descubrir que el mundo no es así, y que esas cosas son particulares y exóticas… les das otro valor. Y eso es maravilloso.

Como también lo es poner el campamento base en las islas en un momento en el que las ideas están descentralizadas. ¿Por qué tenemos que ir a los grandes puntos de producción si podemos componer desde otro lado y de una forma diferente? Cuando pienso qué tipo de pelis o de proyectos me interesan, son esos que se alejan de repetir los mismo lugares, los mismos temas.

Y estamos en un momento lindísimo: Víctor Moreno, José Alayón, Octavio Guerra, Nayra Sanz, Cris Noda, Óscar Santamaría, Amaury Santana… Hay un montón de gente haciendo cosas cojonudas y que, encima, son capaces de hacer algo que no estaba muy relacionado con la profesión: compartir. Estamos en una profesión enquistada en mantener las ideas en secreto, por miedo a que otros desarrollen esas mismas ideas. Creo que eso ha desaparecido, ya somos capaces de hablar de lo que hacemos y de enseñarlo. Eso no tiene precio, y va más allá de que en cada momento haya unas políticas culturales más aceptadas a nivel público. Nuestra capacidad de comunicación entre nosotros no es cuantificable en dinero. Y por ahí se crece, respetando el trabajo y el criterio de los otros, siendo capaces de charlar y de trabajar juntos.

¡E importante! Muy importante: en nuestro trabajo está la pasión. Si somos capaces de trabajar juntos y de pelearnos, tenemos que ser capaces de arreglarnos. Si no podemos aceptar que nos podemos pelear, no trabajemos juntos. Porque si no, estamos todo el rato cayendo.

¿Por qué tenemos que ir a los grandes puntos de producción si podemos componer desde otro lado y de una forma diferente?

Si estuvieses en un cargo de responsabilidad en el área de cultura de algún Cabildo o del Gobierno de Canarias, ¿qué medidas tomaría para impulsar la escena audiovisual canaria?

Yo creo que la mejora de la situación está en nuestra capacidad de sinergias, desde instituciones a cineastas, centros de formación… Más allá de los recursos que tengamos en cada momento, ser capaces de marcar unas líneas coherentes para un cine posible y mantenerlas en el tiempo. Y no cada cuatro años cambiar las políticas porque sí, o según el dinero que haya. Tenemos que escucharnos, analizar lo que hemos hecho, cómo ha fructificado, los aciertos, los errores… y, a partir de eso, redirigir.

Y luego está esa idea loca, como de “consejo de sabios”, sobre qué tendríamos que hacer a nivel global… Pues sólo podrían gobernar o tomar decisiones señoras mayores de ochenta años que hayan gestionado familias numerosas [risas]. Esa no falla. Esas lo tienen todo medidito. Ese es el target de gente que podría gobernar el mundo.

¿Siempre tuviste clara tu vocación?

El otro día hablaba con un colega sobre una frase que me decía mi padre desde que soy pequeñito. Y la frase es: “tú lo que quieres es vivir del cuento”. Es una frase que me hacía gracia, pero que no le encontraba el sentido real hasta hace poco que, de pronto, me paro y digo: “en realidad… exacto, lo que decía mi padre es preciso: yo lo que quiero es vivir del cuento”. De contar cuentos, de hacer películas… Y está esa acepción peyorativa, que es el vacilón que tenía mi padre (“tú lo que eres un cuentista, tú lo que quieres es vivir del cuento”), pero en este análisis póstumo de la frase, de pronto cobra otra dimensión, y es de una clarividencia increíble. “¿Tú lo que quieres es vivir del cuento?” Sí, yo lo que quiero es vivir del cuento. Esa es mi vocación.

Deja un comentario

Your email address will not be published.

*