Cien años del naufragio del Valbanera: el Titanic de los emigrantes canarios

Hoy, diez de septiembre de 2020, se cumplen 101 años desde naufragio del Valbanera, un barco que partió de Canarias en 1919 y se hundió poco antes de llegar a La Habana (Cuba) con 488 pasajeros a bordo, canarios en su mayoría. El accidente sería recordado como el mayor desastre naval de España en tiempos de paz. Sin embargo, no es una tragedia muy popular si la comparamos con la del Titanic, que ocurrió tan sólo siete años antes y dejó un saldo de 1.514 víctimas mortales. En este artículo indagaremos en las causas de su olvido.

Un poco de contexto: la emigración canaria a Cuba

Canarias cuenta en su historia con una larga tradición de emigrantes. Ya en el siglo XVI, la Corona Española enviaba a los isleños a América como parte de su política poblacionista. Siglos después, la diáspora se iría convirtiendo en lo que el historiador Juan Francisco Martín Ruiz denomina “la emigración de la miseria”. Entre 1911 y 1920, con la exportación del viñedo y la cochinilla en crisis, 86.044 canarios y canarias (el 7,3% de la población de las islas) deciden probar suerte al otro lado del Atlántico.

Cuba era el destino más sensato en esa época. Tras la abolición de la esclavitud, y con la explotación de la caña de azúcar y del tabaco en auge, hacía falta mano de obra. Los emigrados canarios apenas sabían leer o escribir, pero sí que dominaban las labores de aquellas fincas, por lo que eran bien valorados.

Muchos alargarían su estancia en la Gran Antilla durante años, por ser la mejor opción para mantener a flote a sus familias. No pretendían robarle el trabajo a los cubanos, ni aprovecharse de los subsidios del Estado o invadir lentamente el país (por mucho que hoy en día sean comunes estas acusaciones con respecto a la población inmigrante en España).  El único propósito de los canarios de la época era el de construirse un porvenir que en su propia tierra les era negado. Con este objetivo en mente, por encima de cualquier otro, viajaba la mayoría de pasajeros del Valbanera.

La larga travesía hasta el Caribe

cien años del naufragio del valbanera
Cartel anunciando el viaje del Valbanera. Fuente: buques.org

La historia de esta travesía es la de una trágica cadena de errores. Empezando por el nombre: se le puso en honor a la Virgen de Valvanera de La Rioja, pero alguien confundió la “v” por la “b” cuando bautizó al navío.

El 10 de agosto de 1919, unas 5.000 toneladas de acero y 130 metros de eslora se echaron a la mar desde Barcelona. Una semana después, se anunciaba a bombo y platillo la llegada del moderno buque a Las Palmas de Gran Canaria. Al día siguiente recogió nuevos pasajeros en Santa Cruz de Tenerife, y el 21 de agosto hizo lo propio en en La Palma. Justo a la salida del muelle palmero, rumbo por fin al Caribe, la cadena del ancla se soltó y se perdió. Un segundo error que, para los marineros de la época, no traía buenos presagios.

El viaje por el océano fue terrible. Los datos oficiales hablan de 1.236 personas a bordo, pero académicos como Julio González Padrón calculan entre 1.700 y 2.000 al incluir a los posibles polizones. Aproximadamente el 90% eran canarios. Mientras unos pocos viajaban en camarotes, los emigrantes se amontonaban en los entrepuentes de las bodegas en condiciones infrahumanas: sin intimidad, sin salubridad y sin resguardo ante las temperaturas extremas de altamar. Era el cóctel perfecto para desatar un brote de la temida (y famosa en aquellos tiempos) “gripe española”. Las crónicas cuentan hasta treinta víctimas de la epidemia, treinta cadáveres de migrantes que tuvieron que ser arrojados por la borda.

irene maria izquierdo superviviente del naufragio del valbanera
Irene María Izquierdo, superviviente del naufragio.

El barco llegó a Cuba, al fin, el 5 de septiembre. Su primera parada era en Santiago, en la parte oriental de la isla. En esta zona se encontraba gran parte de las plantaciones de azúcar, por lo que muchos pasajeros decidieron desembarcar en busca de trabajo. A otros, simplemente, su lugar de destino les quedaba más cerca de aquel puerto que del capitalino. Cuentan también que algunos fueron a festejar su llegada a los bares de la ciudad, y entre rones y mojitos se despistaron de volver a embarcar. Y se cree que un gomero que llevaba unos zapatos para un compatriota residente en Santiago no consiguió encontrarlo antes de la salida del buque, por lo que prefirió perder el barco a propósito y seguir buscándolo, para no faltar a su palabra. O también, que la niña Irene María Izquierdo Goyes (en la foto ya de anciana), al haber enfermado durante la travesía, provocó que tanto ella como su familia se bajaran en esa zona para no someter a la pequeña a la cuarentena obligatoria de La Habana.

Lo cierto es que, por unas razones u otras transmitidas de generación en generación casi como leyendas, 742 personas se salvaron de morir en el naufragio.

El naufragio del Valbanera

Rumbo a La Habana fueron 488 personas, de las cuales al menos 408 eran canarias. Poco antes de llegar, el puerto de la capital les informó de que estaban cerrados por alerta de ciclón. Y tuvo lugar entonces el tercer error de la travesía: probablemente por la falta de comunicaciones y de instrumentos de medición precisos, el capitán del barco quiso alejarse del temporal precipitándose, sin saberlo, hacia su mismo vórtice. El buque embarrancó en unas arenas movedizas entre las costas de Cuba y de Florida (EEUU). Se fue escorando sobre un costado al embate de olas gigantes y, en cuestión de minutos, se hundió. No emitieron señal de socorro. No sacaron botes salvavidas.

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Proa del Valbanera en los cayos de Florida (EE UU). Fuente: EFE.

Diez días después, un guardacostas de la Marina estadounidense encontró sus restos en los Bajos de la Media Luna. El buque reposaba a 12 metros de profundidad cerrado a cal y canto, y asomaban por la superficie los pescantes de babor y el mástil de popa. El 23 de septiembre se confirmó la noticia en Canarias. El telegrama procedente de La Habana concluía: “no hay vestigio de sus 400 pasajeros”. Las iglesias de los pueblos cubanos y españoles hicieron repicar sus campanas durante días.

Cinco años más tarde, otra tormenta terminó de hundir para siempre los palos del Valbanera que aún sobresalían de la superficie. Casi veinte años después, la armada estadounidense desguazó parte del costado del barco para reciclarlo en los blindajes de sus barcos. En 1963, un nuevo temporal sacó de entre las arenas movedizas la hélice de babor del barco, y un chatarrero de Florida la extrajo con cargas explosivas para después venderla en un anticuario de Miami. Poco a poco, la historia de las víctimas del Valbanera fue quedando tan sepultada como sus restos.

Hasta que, en la década de los 60, un buzo estadounidense descubrió una entrada al buque. Allí, en un camarote, se topó con el cadáver de un niño flotando. Aquel suceso hizo pensar que todas los cuerpos permanecieron allí encerrados durante años, a resguardo de los tiburones y barracudas de la zona, pudriéndose lentamente sin que España hiciera nada por sacarlos. Para muchos, la explicación era muy sencilla: el naufragio del Valbanera era un naufragio de pobres. Mientras que existen museos, bibliotecas y filmotecas enteras dedicadas al Titanic y a su naufragio, en el que murió un elevado número de miembros de la clase alta de Inglaterra, el Valbanera sigue hundido entre misterios cien años después de su final. 

 

Desde donde estaba el transatlántico, podía verse el faro de Rebecca. Ahora han colocado una boya sobre el sitio donde se halla enterrado en la arena. Está justamente en el extremo del banco de arenas movedizas, en el borde del golfo. Podría haber pasado, si hubiera navegado unos cien metros mar afuera. En medio de la oscuridad y la tormenta, y lloviendo de esa manera, no debieron ver el faro. Además no estaban acostumbrados a estos parajes y el capitán de un transatlántico no está habituado a navegar a tientas. 

 (…)

El capitán no podía saber que eran arenas movedizas cuando encalló, a menos que conociera las aguas. Sólo sabía que no era roca. Quizá vió la costa desde el puente. Y tal vez lo haya sabido sólo en el momento en que encalló. Me pregunto cuánto tardó en hundirse. ¿Estaría con él, el piloto? ¿Cree usted que estaban dentro o fuera del castillo de proa, cuando se hundió? Nunca hallaron ningún cadáver. Ni uno. Nadie vió flotar ningún cuerpo. Y, generalmente, con los salvavidas, flotan mucho tiempo y muy lejos. Todos quedaron atrapados dentro.

 

 

Si bien es cierto que el incidente inspiró al mismísimo Ernest Hemingway para escribir este relato corto (After the storm, 1932) y ha estimulado también la creación de obras más actuales, como recreaciones escénicas, musicales (como la que tendrá lugar en el Auditorio Alfredo Kraus en noviembre, de la mano del grupo Tabaiba) o exposiciones (como la de estos días en el Museo Elder Ciencia y Tecnología de Las Palmas de Gran Canaria), estos reconocimientos, en su mayoría fruto de iniciativas privadas, no son suficientes para algunos. Reclaman a los organismos públicos que también se hagan cargo, que ayuden a preservar la memoria del suceso mediante monumentos o efemérides y, sobre todo, que refloten sus restos de una vez por todas.

Los Valbaneras de la actualidad

Gracias a los avances científicos, los barcos de hoy en día cuentan con instrumentos de navegación y comunicaciones tan precisos que es casi imposible que naufraguen. Y sin embargo, el Mediterráneo es un cementerio que recibe más y más cadáveres cada año. Según datos de un grupo de abogados internacionales, entre enero de 2014 y julio de 2017, al menos 14.500 migrantes murieron ahogadas, y entre 2016 y 2018 más de 40.000 fueron detenidas por autoridades europeas y enviadas a la fuerza a Libia, donde ingresarían en centros de detención y tortura. 

Por las aguas de este mar deambulan barcos humanitarios como el de Open Arms u Ocean Viking cargados de refugiados, vulnerables a las tormentas, mientras los puertos europeos se mantienen cerrados. Médicos sin Fronteras y SOS Méditerranée emitieron un informe en el que informan de que naves como éstas, con un total de 2.443 personas a bordo, fueron bloqueadas hasta en 18 ocasiones en el mar, mientras los líderes europeos discutían cómo repartirse a sus pasajeros. 

Lo irónico es que la Unión Europea, para colmo, tiene gran parte de responsabilidad en el origen de esta crisis migratoria. Un rápido ejemplo de ello es que España, que es el tercer país con mayor producción armamentística del continente, ha podido embargar a las industrias que venden armas a Siria en cualquier momento, pero no lo ha hecho. 

Las causas de la crisis también podemos hallarlas en el auge de la xenofobia en Europa. Voces ultraderechistas claman que los refugiados están viniendo para invadirnos, y que aquí todos no cabemos. Lo cierto es que hoy hay 1.100.000 personas inmigrantes menos en España que en 2011. También critican que vienen a por los subsidios, cuando la verdad es que no tienen acceso ni a los centros de salud. Las personas migrantes, sean libias o canarias, se juegan la vida a bordo de un barco con un único deseo: el de trabajar para tener una vida digna. 

Bibliografía empleada

1 Comentario

  1. Unos alegatos muy pobres para defender la inmigración ilegal.
    Son eso, ilegales. Todo debe ser por conductos regulares, de otro modo fomenta la trata y tráfico de personas entre otros muchos problemas.

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