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La resaca del Carnaval en Canarias

en Cultura y Arte Canario por

El Carnaval, junto con el Año Nuevo y el Oktoberfest (sí, el Oktoberfest), es de las fiestas paganas con más devotos del mundo. Y como todo el mundo sabe, el Carnaval en Canarias es algo sagrado. En estas fechas, a los más carnavaleros les gusta ponerse solemnes, buscar un hábito que revele sus fetiches y preparar una ofrenda digna de la ceremonia callejera. Andan ansiosos por practicar el culto al exagero, por adorar las chepas, las bembas y las napias. Un año esperando para abandonar la carne, haciendo honor a la etimología de la fiesta (“carnaval” = “carne-levare”), y colar el alma entre mirones, botellones, callejones, cuartos oscuros, la zona joven, la madura, la gay y la lesbiana, la de salsa y la de house, la de guiris de cruceros, la de parejas que terminan y la de amores que se crean para el resto de sus vidas. Todo puede pasar. “¡Es carnaval!”, dicen. Mientras, bailan con los ojos muy abiertos y la emoción a flor de maquillaje. Según el pensador Caro Baroja, este séquito sale a “romper el orden social, violentar el cuerpo, abandonar la personalidad y hundirse en una especie de subconsciente colectivo. ¿Hay algo más dionisíaco en esencia?”.

Sin embargo, el mismo autor, entre otros, lamenta que estas fiestas han ido perdiendo su sentido original. Si Nietzsche certificó la muerte de Dios, Fukuyama el fin de la Historia e Ignatius Farray el de la Comedia, para el historiador Caro Baroja, el carnaval, en su concepción más genuina, en su jolgorio más estricto, hace tiempo que se fue a dormir la mona y nunca despertó.

Algunos datos del Carnaval

Según la antropóloga Carmen Barreto, el carnaval en Canarias ha degenerado en un espectáculo televisivo. Eso sí, muy bien ordenado. Cada pregón, cada murga, cada gala, comparsa y cabalgata tiene su espacio en alguna franja de la parrilla. En 2017, entre lectores y televidentes, 751 millones de personas vivieron la fiesta desde casa. Pero para que todo salga al dedillo en la programación es necesario un despilfarro de las siguientes proporciones:

  • El consistorio de la capital canariona gastó 1,4 millones de euros, y otro millón más lo aportaron algunas de las empresas con más poder en la isla. En Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas, algunos de los muchos patrocinadores de este año son El Corte Inglés, Coca-Cola, Caja Siete y Movistar.
  • En 2017, en Santa Cruz, la gente que participó en las fiestas gastó un total de 35,3 millones de euros. Un 18% de esta cantidad salió del bolsillo de los turistas.

Con tantos intereses sobre la mesa, ¿habremos sepultado el carnaval? Según Baroja, “desde el momento en que todo se reglamenta, hasta la diversión, siguiendo criterios políticos y concejiles, atendiendo a ideas de orden social, buen gusto,… el Carnaval no puede ser más que una mezquina diversión de casino pretencioso. Todos sus encantos y turbulencias se acabaron”.

Algunas turbulencias del Carnaval

La transgresión carnavalesca entró en los anales de la historia de la mano de una famosa festividad del Imperio Romano: las saturnales. Estas fiestas fueron definidas como “el mejor de los días” por el poeta de la época Catulo (87 – 57 a.C.), autor también del famoso poema que comienza y acaba con el verso: “os daré por el culo y me la vais a chupar” (pero en latín). Y no es broma. De ello extraemos que las saturnales no eran, precisamente, unas reuniones entre romanos para tomar el té.

Las fiestas se llamaban así en honor al dios maligno Saturno, expulsado del monte Olimpo de un modo muy parecido al que expulsaron del escenario en Las Palmas al cantante Manny Manuel hace unos días. El evento servía de válvula de escape para la sociedad de la época. Las normas morales aguantaban los vaivenes del año gracias a este tren fugaz en el que a bordo todo estaba permitido. Los roles sociales se ponían del revés y los poderosos se transformaban en sirvientes de sus súbditos.

De igual forma, hoy en día ser hombre y disfrazarse de mujer en carnavales es casi un desahogo necesario. La fiesta es de los pocos espacios que no ponían en jaque al sistema esclavista de entonces ni arriesgan nuestra masculinidad actual, porque ofrece barra libre para la insurrección.

Pero, como afirma el antropólogo Alberto Galván: “la fiesta en sí no desencadena la insurrección; son las tensiones, las contradicciones, radicadas en la vida diaria, las que encuentran durante y con motivo de la fiesta no sólo el desahogo eventual sino la posibilidad de su expresión”.

Algunos males necesarios del Carnaval

Sí que hay que reconocer que en el medievo, los carnavaleros le echaban más ganas a eso de liberar sus demonios. Por ejemplo, hoy en día ya no se mantean perros ni gatos ni se sortean gallos al primero que los decapite con una espada. Los polvos de talco que ahora se lanzan en Los Indianos, antes se usaban para rellenar huevos y así impactar a los paseantes con algo más contundente. También se usaban las carnavalinas, unos juguetes populares en Tenerife para tirarse agua los unos a los otros, pero que terminaron prohibiéndose cuando se hizo costumbre llenarlos de orines, aguas sucias y otros vertidos.

Durante siglos de carnaval, ha sido frecuente discutir sobre el lugar que debe ocupar la delgada línea entre el mal necesario, aquel que refuerza el status quo de una sociedad después de transgredirlo por unos días, y la maldad impermisible, aquella que hay que erradicar para que no deje daños irreversibles en el sistema. Los ejemplos van desde un grupo de vecinos de Santa Cruz, que intentó suspender la fiesta en la calle por el ruido en 2006, hasta la ley de Carlos I en 1523 que prohíbe enmascararse “porque del traer de las máscaras resultan grandes males” e “innumerables ofensas a su Majestad Divina”, bajo pena de que si alguien la incumple “se le den cien azotes públicamente”.

carnaval cartel franco barcelona

Ya con el franquismo, los únicos lugares de España donde no se prohibió fue en Cádiz y en Santa Cruz de Tenerife, aunque el ambiente era un poco más tenso de lo común. “No vale la pena buscar pelea en estos días, porque te meten en el talego y luego te pierdes el resto de la fiesta”, comentaba un chicharrero para el diario El País. En Las Palmas, en cambio, el carnaval sobrevivió en la clandestinidad, en casas privadas y sociedades culturales a las que había llegar con sábanas tapando el disfraz. Con la Transición, un año después de que por fin se consiguiera devolver el carnaval a las calles de la capital canariona, el evento estuvo a punto de volver a cancelarse cuando un obispo (uno de verdad) se topó por la calle con una monja embarazada (una de mentira) de la mano de un cardenal (también falso).

Y es que con la iglesia, poca broma. En los comienzos del régimen franquista, a Guillermo Crespillo Lavié le metieron dos tiros en la cabeza en una plaza de Cádiz por haberse reído de los frailes en una murga que dirigió. Cómo iba a imaginar Franco que hace unas semanas, en un barrio de Barcelona, crearían este cartel con el que darle una tardía venganza poética al gaditano (y a tantos otros).

Algunas polémicas carnavalescas de hoy

Si ya algún tuitero se ofendió de que el cartel de Franco “se mofe de un muerto”, no debería sorprendernos que, en 2018, la comunidad cristiana ponga el grito en el cielo cuando, en la Gala Drag Queen, un concursante se vistió de Virgen María y de Jesucristo crucificado mientras decía: “¿Quieres mi perdón? Agáchate y disfruta”. El obispo de Canarias, incluso, publicó una carta en la que expresaba que el día del accidente de Spanair del 2008 en el que murieron 154 personas ya no era “el día más triste” de su estancia en Canarias, sino el de “Drag Sethlas” representando su show. La presidenta de la Asociación de Víctimas de Spanair le respondió por Twitter que “si nos ha olvidado, como ha hecho gran parte de la sociedad que ya solo pregunta por las indemnizaciones y no por la lucha que mantenemos por lograr verdad y justicia, HÁGALO DEL TODO”.

La otra gala, la de la Reina del Carnaval, también fue objeto de controversia en Tenerife el año pasado cuando el grupo político Alternativa Sí se puede solicitó que se suspendiera la gala por reproducir “roles machistas, contrarios a la dignidad y a los derechos de las mujeres y las niñas”. El Ayuntamiento de Santa Cruz respondió que estaban abiertos a la creación de una Gala de Elección del Rey del Carnaval. Para compensar. Y en 2017, en Lanzarote, también se armó bastante revuelo con la publicación de un cartel de una candidata a Reina Infantil por aparecer vestida y maquillada como una mujer adulta.

consul de panama carnaval de tenerife

Fuera de los escenarios, las polémicas pueden llegar a tener el mismo alcance, pero con el añadido de irreverencia callejera. El PP del País Vasco, por ejemplo, tuvo que pedir perdón en 2015, cuando un concejal fue pillado en los carnavales de Santa Cruz de Tenerife disfrazado de militar nazi. Para colmo, el pueblo en el que era concejal había sido bombardeado por la aviación alemana en 1937, poco antes de Guernica.

Peor parado salió el cónsul de Panamá en Canarias, que tuvo que renunciar a su cargo cuando se difundieron unas fotos que lo mostraban disfrazado de mujer en el Carnaval de Las Palmas. No todo vale para los panameños en las fechas saturnales.

Algunos diagnósticos del Carnaval

Llegados al 2019, el carnaval, esa fiesta que comenzó tan arriba en su descontrol, parece que ya ha quemado sus años dorados… y puede que fuese lo mejor. Un mal innecesario, tal vez. Ahora es más de tomar suplementos vitamínicos para compensar los excesos y, la cuarta noche en que le toca salir de marcha, se recoge temprano. Llega a casa, se da una ducha porque se siente sucio y pegajoso y, al tumbarse en la cama, lo hace de lado para no ahogarse en caso de vómito, a pesar de que ha bebido con moderación. Nunca se sabe.

¿Qué le pasa al carnaval?

¿Está vivo, muerto, o en ese limbo intermedio tan común de las resacas?

Se ha desprendido de antiguas prohibiciones, pero quizás también de parte de su frescura, misterio y rebeldía: el espectáculo, el comercio y las instituciones lo han ido asimilando todo. Hasta a los héroes anónimos que antes nacían y morían en la calle como por generación espontánea. A Pedro Gómez Cuenca, por ejemplo, que se disfrazó durante décadas de Charlot y no se perdió ni un encuentro del carnaval santacrucero, le pusieron su nombre a una plazoleta en pleno centro de la ciudad. Y a Víctor Lorenzo Díaz, Sosó, le dieron una Insignia de Oro de Santa Cruz de La Palma por interpretar a la Negra Tomasa durante 26 años en el día del Desembarco de los Indianos.

Cayeron en la trampa.

¿O será que yo mismo me he perdido con tanto baile de máscaras?

Si en algo no ha cambiado el carnaval, es que sigue sirviendo de espejo para reflejar las contradicciones y conflictos de la época en la que vivimos. Colocarse un disfraz sigue siendo una forma de presentar en sociedad a un “yo” interior y por lo general escondido, a un personaje que tiene un pie en la calle y otro en el subconsciente. Y mientras sigan existiendo polémicas como las que vimos, que no se enmarquen en el programa de la fiesta, sino que lo cuestionen, lo transgredan y lo desprogramen, el carnaval seguirá algo trasnochado, pero muy vivo.

Bibliografía empleada

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