mararia una lectura feminista

Mararía: ¿una lectura feminista?

en Cultura y Arte Canario por

Mararía es la novela más conocida del escritor tinerfeño Rafael Arozarena. Diversos artistas se han valido de este personaje para otras creaciones culturales, entre los que destacan el director Antonio Betancor, quien adaptó la obra al cine, y Pedro Guerra, que le dedicó una canción. Pero, ¿qué sabemos de Mararía? O mejor dicho, ¿qué conocemos de María?

Mararía realmente se llama María, y parece ser que su único pecado es haber sido muy guapa, una mujer extremadamente atractiva para los hombres. Esta afirmación categórica sobre “su único pecado” no la encontraremos en la novela, pues a lo largo de las páginas no deja de repetirse que esta mujer es una bruja –con apariencia, si se quiere, de ángel– que hace caer en desgracia a todo aquél que se relacione con ella. Y es verdad que, en cierta medida, los hombres que se relacionan con ella caen “en desgracia”, pero ¿por culpa de María? La respuesta desde una perspectiva feminista es un rotundo no y podemos cómodamente indignarnos cuando opiniones como éstas se sostienen. ¿Y eso por qué? Pues vamos a verlo, pero antes –por si hay alguien no muy familiarizado con la obra– expondremos de manera muy concisa de qué trata.

La novela Mararía comienza con la llegada de un viajero a Lanzarote que se traslada a vivir, no sé sabe por qué razón, al pueblo de Femés. Allí le llama la atención una anciana que vislumbra entre las sombras y a la que todos parecen temer por bruja. Este personaje suscita en tal grado la curiosidad del narrador que éste comienza a interesarse por la historia de la mujer, la cual va conociendo a través de los relatos de diversos personajes que han tenido, de alguna manera, relación con ella.

En este artículo la intención es realizar una lectura feminista de la obra que, evidentemente, no acaba en estas líneas, las cuales pretenden ser solamente un tímido aperitivo. Así, y desde esta perspectiva de análisis, coincidimos con Javier Rivero Grandoso (2010:7) al afirmar que «la belleza de María animaliza a los personajes masculinos, que se comportan como auténticos salvajes, y además funciona como generadora de desgracias». Es desde este punto desde el que comenzaremos nuestra lectura feminista de Mararía.

María como trofeo y Mararía como bruja pecadora y desgraciada

-¿Y la María? ¿Y la María? –preguntó Pedro
La madre de Isidro se encogió de hombros.
-En su casa metida, como siempre. Afuera no se le ve el pelo.
-No será por falta de mozos que desean contemplarla.
-No, no será por eso –nos dijo–. Que mozos hay de sobra en el pueblo y todos encelados por ella. Hasta mi hijo anda enfoguetado por esa mujer, que no parece sino que tiene maleficio en los ojos.
-Lo que tiene es un cuerpo muy agraciado.
Seña Carmen lanzó un suspiro de resignación y confirmó:
-Sí que lo tiene, la condenada. Y lo que yo digo: esa muchacha ha trastornado a los hombres y va a traer desgracias.

(Arozarena, 2003: 43)

María no parece ser más que un preciado tesoro a ojos de los que la desean y así la pasión que produce en los hombres es su fuente de desgracia. A todos los hombres María les produce unos deseos carnales inconmensurables (menos al cura Don Abel, pero que igualmente es víctima de este deseo aunque él no lo sienta en sus carnes). Estos deseos son satisfechos o no, pero de cualquier forma terminan llevando al varón por el mal camino, por el pecado y el conflicto. Los hombres de Femés compiten entre sí por llevarse “el amor” de María y se unen en contra de los foráneos que osan inmiscuirse en su terreno de conquista y entrar en la competición. Manuel Quintero es un ejemplo, pero no el peor. El Árabe es asesinado a manos de los hombres del pueblo de camino a su boda por haber intentado “llevarse” a la protagonista.

María no parece ser más que un preciado tesoro a ojos de los que la desean y así la pasión que produce en los hombres es su fuente de desgracia.

En varios de los análisis sobre la obra consultados se afirma que María sueña con irse de Femés y que por ello tiene una especial inclinación por los foráneos (Manuel Quintero, el Árabe y Don Fermín) y por los que podrían traerle mejoras económicas (Alfonso e Isidro). ¿Quién sabe? Quizás así sea, o quizás a la chica le va la marcha y las novedades, ¿por qué no? En una sociedad patriarcal y machista como la que se refleja en la novela no es sorprendente que una mujer busque en el matrimonio una suerte de huida hacia otra realidad. Las intenciones en esta línea son mucho más claras en los personajes secundarios de su tía y de Seña Fresca, quien con su actitud repelen o incentivan determinadas relaciones con hombres que consideran “bien posicionados”, un buen partido para su protegida. Esta actitud se extrapola a María, y su veracidad o no depende de la interpretación de la persona que lee.

María se convierte en Mararía, en la bruja, después de la concatenación de diversas desdichas: la primera fue la muerte de su hijo que la hace enloquecer por un período de tiempo, y la segunda por quemarse viva a las puertas de una iglesia para evitar ser violada, lo que le produce un aborto del que iba a ser su segundo hijo. Estos hechos marginan en alto grado al personaje convirtiéndola en una pecadora por antonomasia: primero por madre soltera y segundo por suicida (suicida fallida que no muere a pesar de quemarse). Y recordemos, precisamente que a las brujas se las quemaba; pues bien, Mararía no se muere ni por esas… Además, no podemos obviar que María se presta a tener relaciones sexuales de manera recurrente sin pasar previamente por el altar y con distintos hombres a lo largo del relato; hecho que redunda en su consideración de “pecadora”.

El trasfondo de la religión es más que palpable y el peso del pecado más que evidente. María casi es el mismo Lucifer según Don Abel y en su belleza reside el pecado. Todos los amores de María terminan en un fiasco, fallan, ya sea por la misma muerte (el Árabe), la distancia prudencial (Manuel Quintero) o por engaños debido a la existencia de “otra” mujer (Isidro y Don Fermín). Nada termina bien para ella, incluso su amor más puro, el que siente hacia su hijo, acaba en desgracia… María, a pesar de su belleza, muere sola. Sí, acabamos de spoilear la novela. María se muere al final. ¿Y a causa de qué? No se sabe, y tampoco parece importar. Lo único que parece ser relevante es enterrarla y, con ella, enterrar los pecados de los asistentes. En el momento de su entierro están presentes todos los hombres que han relatado su historia, así como las mujeres del pueblo. Para todas las personas ahí reunidas Mararía refleja sus más profundos pecados y verle solo los ojos «sin pañuelo ni embozo» causa en todos los presentes un fuerte escalofrío precisamente al ver en ese cuerpo viejo y sin vida la imagen de sus peores sentimientos y acciones. Se suele decir que “muerto el perro se acabó la rabia” y eso es lo que parece ocurrir en este caso aunque, claro está, con el adiós definitivo; téngase en cuenta que la historia de la mujer deja de ser relevante para el narrador cuando muere su belleza. Tras quemarse parece que todo dejó de tener importancia y que en los años sucesivos poco hay que reseñar de la vida de esta desdichada. Tras este evento al escritor solo le queda poner un fin, se cuenta un poco más y ya… se acaba el relato.

La voz ignorada de Mararía

¿Quién cuenta la historia de Mararía? Pues todos menos ella. Uno de los rasgos que más caracterizan la novela es que la misma se va construyendo con los relatos de los hombres que se han relacionado con ella en el pasado. Así, el tiempo de la novela transcurre entre un presente donde un narrador curioso se interesa por la historia de una vieja desdichada a la que los perros le ladran y los niños le dedican rimas poco agradables, y un pasado que se evoca a trompicones y que va produciendo curiosidad en la persona lectora. Y es cierto que curiosidad se tiene, es este sentimiento el que nos hace pasar páginas para adivinar quién es esa mujer y por qué es una bruja.

La historia de María nos la cuenta Manuel Quintero, Isidro, Alfonso, Don Fermín, Marcial y Don Abel. Son sus experiencias y sus percepciones de lo acontecido lo que nos llega. María –o si se prefiere Mararía– no dice ni “mu” sobre ella misma y si en algún momento se plasman sus palabras (lo que ocurre alguna vez) es a través de los diálogos que rememoran los que relatan sus venturas y desventuras con la muchacha. En ningún momento el narrador acude a la vieja para preguntarle sobre su vida o intentar de alguna manera sonsacarle alguna cosa. Y esto no es baladí. El hombre se traslada fuera de Femés para conocer más de la historia de una desconocida pero no es capaz de ir directamente donde se encuentra la fuente de información más directa. Quizás es por miedo; al fin y al cabo, hablamos de la historia de una bruja.

María no es dueña de contar su historia en una novela en la que es protagonista

María no es dueña de contar su historia en una novela en la que es protagonista. Su versión, sus vivencias, sus sentires y sufrimientos narrados en primera persona no están presentes. Esto podría ser una de las mayores atracciones de la lectura: componer la historia de alguien sin ese alguien. Pero da la casualidad que ese alguien es una mujer que además es cosificada por su belleza, lo que nos permite cuestionar el sesgo machista que se esconde detrás de una de las obras más populares de las letras canarias. Bien es cierto que una cosa se refleja en esta novela con clarísima nitidez, esa “costumbre” del chisme en los pueblos. Sabemos que en núcleos pequeños de población –aunque grandes también– las llamadas “malas lenguas” se afanan en transmitir la sapienza que se tiene de vecinos y vecinas. Rafael Arozarena, o más bien el narrador de su obra, no parece que reproduzca esta “costumbre de chismorrear” –si se permite la expresión– pero la misma no parece ser del todo ajena en esta reconstrucción de la vida de terceros que se da en la novela.

¿Una figura feminista detrás de María/Mararía? ¿Y por qué no?

Llegados a este punto cabe preguntarnos, ¿podríamos considerar a María como un personaje feminista? Igual la pregunta está mal planteada, pero la cuestión central sobre la que debatir es si podemos ver en el personaje de María una mujer que cuestiona el status quo y las reglas del juego de una sociedad cristiana y patriarcal. Todo parece indicarnos que sí, aunque claramente no creamos que esa haya sido –ni por asomo– la intención del autor.

Los demás no son nadie en el pueblo. Las mujeres todas son iguales. Todas menos una: Mararía

(Arozarena, 2003: 32)

María es una mujer diferente y su singularidad no se explica únicamente por la gran cantidad de testosterona que evoca su belleza, sino porque no se adapta a los parámetros “normales” de su contexto. Tal y como afirma María Josefa Reyes Díaz (s.f.:186) la curiosidad que provoca su persona «[…] se explica por la peculiaridad del personaje, por ser diferente, por haber intentado infringir las normas del pueblo: se ha movido hacia unas metas no permitidas a los de su entorno, como es intentar salir fuera del lugar, casarse con un extranjero, aspirar a la riqueza, etc. Por otro lado el personaje combate a la sociedad en sus principios éticos al mantener unas relaciones prematrimoniales». María es una outsider y por eso se convierte en Mararía.

María es una outsider y por eso se convierte en Mararía

Uno de los hechos en los que denotamos que María no es una mujer común es en el cómo supera el supuesto “desplante” del que iba a ser su futuro marido. En la novela se narra el desconcierto que suscitaba verla sentada vestida de novia en la mesa donde estaba previsto la celebración del convite. Pese a las burlas y a la situación en sí de verse abandonada, la protagonista parece afrontar con absoluta entereza el “contratiempo”. Puede que en la intimidad no haya sido así, pero la imagen que evoca en la mente de la persona que lee y de los asistentes (incluidos los asesinos del que iba a convertirse en su esposo) es de, cuento menos, sorpresa. Este es el primer gran “palo” que le da la vida a María, sin el cual su historia hubiese sido muy diferente a la narrada. La muerte del Árabe marca un antes y un después en su vida, un hecho motivado por la conjunción del machismo y el racismo.

El segundo acontecimiento relevante en este análisis es el nacimiento de su hijo Jesusito, fruto de una única noche de pasión con Manuel Quintero el día en el que se conocieron. En la novela se afirma que al principio todos pensaron que el hijo era del Árabe, pero pronto se sabe que no, que el pequeño es hijo del marinero. Este es el único hombre que parece sostener que Mararía «es una buena mujer» (Arozarena, 2003:41), pues a pesar de que a lo largo de las páginas sabemos que con el personaje de Marcial es con quien Mararía mantiene una larga relación de amistad, éste no desmiente su temor hacia la bruja. María, a sabiendas de su embarazo y de la que le vendría encima, parece afrontar una vez más con entereza su suerte y tener al niño. Desde este momento la mujer pasa a ser madre soltera y “mal vista” –aún más si cabe– por la gente del pueblo.

Otro de los elementos que nos invitan a pensar que María es una mujer diferente es su predisposición a mantener relaciones sexuales prematrimoniales. Éstas no parece ser llevadas de manera excesivamente discretas, por lo que podríamos suponer que los comentarios y rumores, ya no sobre su “pureza” sino sobre su “dignidad”, le daban un poco igual y que disfrutaba del sexo cuando le apetecía o le venía bien por algún interés adicional.

Mararía es larga y seca como la isla de Lanzarote

(Arozarena, 2003: 32)

Finalmente, es relevante la correlación que se hace en varios de los estudios consultados entre Mararía como mujer y Mararía como tierra/territorio. Es lo que Manuel Torres Stinga (2003) señala como una relación metafórica entre María-mujer/María-isla y que evidencia una enorme carga simbólica que equipara el deseo de posesión sobre el cuerpo de una mujer y de un territorio dado para su explotación. Esta relación ha sido extensamente tratada por el ecofeminismo, al que en algunas ocasiones se le acusa de esencialista al establecer precisamente esta correspondencia entre las mujeres y la Naturaleza. No es momento de entrar aquí en estos debates, pero lo que sí parece ser un punto en común en los análisis sobre la novela consultados es esta relación indisoluble entre el personaje de María convertida en Mararía con la isla de Lanzarote, ambas amadas y temidas por las inclemencias de su carácter.

Así, casi como daño colateral de una novela que no lo pretendía, podemos –si queremos– ver un arquetipo feminista en las letras canarias con el personaje de Mararía; un personaje caído en desgracia, sí, pero un personaje al fin y al cabo que rejuvenece con una niña a la que se le pronostica un destino similar al de María por desear ser diferente y volar.

Las niñas contemplaban el juego de los chicos.
-¿Las brujas de verdad vuelan? –preguntó una.
-¡Claro que sí! –exclamó otra– ¡Por eso son brujas!
-¿Y las brujas muertas?
-No sé.
-Pues a mí me gustaría ser bruja y volar siempre, viva y muerta.
Las otras niñas se rieron y la señalaron
-¡También tú te llamas María!
-Sí –dijo la niña sin darse cuenta
Entonces, entre todas formaron una rueda y dejaron a la niña-bruja en el centro y le cantaron. Habían cambiado un poco la canción de siempre:

Vuela, vuela, Mararía,
Que ya está muriendo el día!

(Arozarena, 2003: 226)

Bibliografía

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