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Lectura decolonial de Las espiritistas de Telde de Luis León Barreto

Las espiritistas de Telde es una de las novelas más conocidas de las letras canarias. Escrita por el autor palmero Luis León Barreto, fue publicada por primera vez en 1981 por la editorial Prometeo tras ganar el XVI Premio Blasco Ibáñez en Valencia. Desde entonces, se han vendido alrededor de 30.000 ejemplares y ha sido traducida a 5 idiomas. Sin duda, la importancia de Las espiritistas de Telde en el panorama de la literatura canaria es incuestionable.

las espiritistas de telde

Tal y como ha confesado abiertamente Luis León Barreto, la motivación que persiguió con la novela fue realizar “un rastreo por la historia del mestizaje cultural de Telde, por esa procedencia mestiza de tanta gente que se mezcló aquí, no solo la raíz prehispánica, sino toda la gente que vino después y que hace que Telde sea un paradigma de la fusión cultural que existe en Canarias”. El caso de las espiritistas de Telde, que describiremos más adelante, fue la excusa que le permitió indagar en la Historia de Canarias a través del árbol genealógico de la familia de los Van der Walle, cuya última generación fue la que protagonizó el sonado asesinato de la joven Ariadna en el transcurso de una sesión de espiritismo.

En el presente artículo, tras exponer el suceso que motiva la narración y bucear por la representación que se hace de Canarias y su Historia, me centraré en abordar el tratamiento que recibe en la novela el mestizaje mágico-religioso que pervive en la cultura popular canaria. Este análisis se llevará a cabo mediante una mirada decolonial que me permitirá problematizar los efectos derivados de las representaciones que en la novela se hacen, principalmente, de las religiones afrocaribeñas y de las santiguadoras canarias.

¿Qué nos cuenta Las espiritistas de Telde?

En la novela, Luis León Barreto analiza las circunstancias en las que se produjo el crimen del mes de abril de 1930, cuando una chica de 21 años (Ariadna) fue asesinada en Telde por su propia familia (los Van der Walle) en el transcurso de una sesión de espiritismo.

A partir de este suceso, Luis León Barreto inicia un recorrido por la intrahistoria familiar de los Van der Walle desde el siglo XVI hasta el siglo XX. La genealogía de esta familia de origen belga le va a permitir al autor contar la Historia de Canarias y realizar un análisis antropológico y étnico del pueblo canario como sujeto histórico, haciendo especial hincapié en las creencias e influencias mágico-religiosas de su cultura popular, donde se van a mezclar la cosmovisión indígena de los antiguos canarios, las cofradías donde se practicaba la teosofía, las religiones afrocubanas importadas por los canarios que regresaban de su emigración al Caribe, y las creencias y prácticas de las santiguadoras isleñas.

El suceso que motiva la historia: el asesinato de Ariadna

En abril de 1930 se produce en Telde el asesinato de Ariadna perpetrado por su familia durante una sesión de espiritismo. Durante toda una noche, la joven sufrió unas 200 heridas realizadas con leznas (agujas grandes con las que se cosían las alpargatas) que, junto con el ayuno al que había sido sometida durante días, propició un síncope que se cobró su vida. La justificación que dieron las acusadas por el crimen fue que trataban de expulsar del cuerpo de Ariadna un espíritu maligno que la poseía.

En la novela, Luis León Barreto recrea las sesiones de espiritismo practicadas diariamente por Jacinto, Francisca y sus hijas antes de que se produjese la muerte de Ariadna. En la evolución de estas sesiones, Francisca y la hermana mayor se ponen de acuerdo para sentenciar que Ariadna está poseída y que supone una mala influencia, un peligro sobre el que es preciso actuar, y se deja entrever cómo esta percepción de Ariadna está motivada por el hecho de que, entre los miembros de la familia Van der Walle involucrados en las sesiones de espiritismo, era la menos participativa. Ariadna comienza a ser humillada, sometida a aislamientos y torturada hasta que finalmente se produce el asesinato.

En abril de 1930 se produce en Telde el asesinato de Ariadna perpetrado por su familia durante una sesión de espiritismo

La recreación del proceso judicial que se inicia en noviembre de 1931, recién instaurada la Segunda República, se produce a través de Enrique López, un periodista madrileño que escribe sobre temas paranormales y que viaja a finales de los años setenta para escribir un especial sobre el caso. Las dos fuentes principales desde la que reconstruye los hechos son, por un lado, la documentación donde se recogen las actuaciones judiciales con los testimonios del fiscal, de los abogados, de los psiquiatras y de los testigos, y los periódicos de la época que cubrieron la información del suceso, el cual fue muy mediático a nivel internacional.

Cuando se produce el juicio, el fiscal pide la pena de muerte para la madre y la hermana mayor como instigadores del crimen, pero en la Segunda República la pena de muerte había sido abolida. Las evaluaciones de los psiquiatras hacen que se dictamine que las procesadas sufrían trastornos mentales severos y finalmente son internadas en un sanatorio psiquiátrico. Las hermanas menores de edad fueron dadas en adopción y protegidas por otras familias.

La Historia de Canarias a través de la intrahistoria de los Van der Walle

Pieter Van der Walle era un belga prestamista de origen judío que, tras haber desfalcado los fondos municipales de los que era responsable, huye como polizón en un velero con rumbo a Sevilla, donde se hace llamar Pedro Vandale. En la ciudad de la Giralda se casa con María Vargas y se enrola en un viaje por el Océano Atlántico que lo llevará a las Islas Canarias con la intención de adquirir tierras a buen precio y hacer negocio en la industria azucarera. De esta manera, arriba a Gran Canaria en pleno siglo XVI, en ese período de transición entre la conquista y la fundación de la sociedad colonial, donde los holandeses, genoveses, portugueses y castellanos amasaban las primeras fortunas con los ingenios azucareros gracias al trabajo de los esclavos canarii, moriscos, berberiscos y negros.

Al tiempo que nos cuenta el asentamiento de la familia en Telde, la evolución de sus negocios y el carácter de su descendencia, Luis León Barreto va realizando un retrato, prolijo en datos y bien documentado sobre la sociedad colonial del siglo XVI, un retrato compuesto por la Santa Inquisición y su persecución de la herejía, la esclavitud, el monocultivo de la azúcar, los ataques piratas, los últimos coletazos de la resistencia indígena a la conquista o la arquitectura de templos religiosos como la catedral de Santa Ana. La intrahistoria de los Van der Walle es la excusa que le permite al autor hurgar en las raíces sobre las que se asienta la sociedad canaria desde la que escribe, como si tratara de buscar en esa génesis fundacional marcada por el mestizaje cultural, las causas que explicaran el devenir antropológico y étnico de las Islas.

Dejando atrás la colonización, Luis León Barreto avanza por la Historia de Canarias hasta recalar en el siglo XVIII de la mano de Cristóbal Van der Walle, el cual es parte de esas 400 familias canarias que son obligadas a emigrar a América dentro del marco de la política fundacional de la Corona como respuesta al peligro que suponía el avance de los franceses en Louisiana. Se describe cómo los canarios embarcados durante esa travesía sufrieron hambrunas y enfermedades que se cobraron cientos de vidas, de las cuales sólo hubo 56 supervivientes que llegaron a destino. Al llegar, Cristóbal Van der Walle es abandonado por su mujer, que huye enamorada con un teniente francés a Nueva Orleans, y la reemplaza por una amante indígena llamada Teresa Chipanec con la que tiene descendencia. En la novela se enumeran algunos de los apellidos de los emigrantes canarios que arraigaron en Texas como los Curbelo, los Acosta o los Melián, entre otros, que tejen los linajes familiares de la diáspora isleña en lo que hoy conocemos como EE UU. Es interesante el hecho de que se describa la magua y el desarraigo que los descendientes de estos canarios sintieron y su necesidad de regresar a las Islas, ya en el siglo XX, para conocer sus raíces y sus ancestros, como bien ha documentado Eduardo Cubillo en Isleños: a root of America.

La intrahistoria de los Van der Walle le va a permitir a Luis León Barreto contar la Historia de Canarias y realizar un análisis antropológico y étnico del pueblo canario como sujeto histórico

Del siglo XVIII viajamos a ese episodio de la Historia de Canarias que se desarrolla durante el primer tercio del siglo XX en el que los canarios emigraron masivamente a Cuba para trabajar en los ingenios azucareros controlados por los estadounidenses. Esta vez, viajamos de la mano de Juan Camacho, que a su regreso a Canarias se convertirá en el guía espiritual de la última generación de los Van der Walle.

El capítulo doce titulado “El viaje”, donde se narran estos hechos, comienza relatando la travesía que Cristóbal Colón realizó, con parada obligatoria en las Islas Canarias, hacia el continente americano, y la descripción que hace de los indígenas con los que se encuentra, a los que equipara fenotípicamente con los antiguos canarios (tal y como se puede leer en las crónicas de su diario de viaje): “son estos hombre de una piel entre blanca y negra, así como los canarios”. Tras esta introducción del capítulo, hay un corte y aparece una voz que narra la emigración a Cuba de Juan Camacho a principios del siglo XX. De esta manera, Luis León Barreto otorga un carácter fundacional al primer viaje que se hace al Caribe desde las Islas Canarias en 1492, una ruta a través de la cual emigraron durante cinco siglos los canarios a América.

La travesía en barco con destino a Cuba estaba marcada por las condiciones infrahumanas en las que viajaban los emigrantes canarios, hacinados, con escasez de comida y falta de higiene, a muchos de los cuales los patronos de las haciendas les habían pagado los pasajes a cambio de que lo devolvieran con intereses mediante su fuerza de trabajo, un importe que podían tardar décadas en abonar y que los ponía en una situación vulnerable que aprovechaban para tener a estos trabajadores bajo condiciones de semiesclavitud.

La llegada de Juan Camacho a la zafra de la caña en Vuelta Arriba, tras dejar atrás la Habana en ferrocarril, supone el inicio de sus jornadas de trabajo, en las que se cortaba caña desde las seis de la mañana hasta la seis de la tarde, con una hora para almorzar y otra para comer. Nadie se podía retirar sin permiso del caporal, y para los insurgentes había cepo, látigo y grilletes. Tras la abolición de la esclavitud de los negros, se decía que los americanos buscaban a los canarios por considerarlos trabajadores y sumisos. En esas jornadas de trabajo en los ingenios compartidas con los negros se producía ese intercambio cultural, reforzado por el establecimiento de relaciones sexo-afectivas entre ambos grupos.

En la descripción que Luis León Barreto hace del pueblo canario destaca la búsqueda constante de sus ancestros, el desasosiego por conocer las raíces de un origen donde es frecuente la interpolación de falsedades y cuyas únicas fuentes históricas se reducen a las crónicas del bando conquistador, a los que descalifica como antiguos presidiarios y dilapidadores. La ausencia de otras voces, las de los vencidos (los indígenas y los esclavos), reduce esta parte de la raíz a las proyecciones coloniales de los vencedores y a la deformación mítica e idealizada de los nostálgicos. Y es precisamente esta necesidad humana de superar el desarraigo y entender el origen la que guía a Luis León Barreto en la reconstrucción histórica de Canarias.

La representación de Canarias en la novela

A lo largo de varios capítulos, Canarias aparece descrita como un espacio histórico aislado, opresivo y en decadencia. Un espacio maldito. Esto queda reflejado a través de la distancia geográfica de las Islas, de un clima marcado por las sequías y la escasez de agua, de las plagas como la del cigarrón berberisco, de las enfermedades como el cólera o el tifus, de los incendios, de los ataques piratas, del analfabetismo, de la pobreza y la emigración forzada, etc. Toda una serie de embates naturales y sociales que han azotado la realidad de las islas desde su colonización.

De hecho, la conquista de las Islas se percibe en la novela como un acto fundacional que trajo consigo la maldición de Canarias. Una maldición que fue hundiendo progresivamente a sus habitantes en la decadencia. Esto queda expresado mediante un juego de oposiciones entre el pasado y el presente: “Tamarán está maldita, y el dios de la lluvia no trae las nubes de vientos negros que, en cambio revientan mar adentro, y por eso malvive el pinar de las repoblaciones que intentan borrar el carácter sahárico de las estepas donde floreció la antigua laurisilva”.

Canarias aparece descrita como un espacio histórico aislado, opresivo y en decadencia. Un espacio maldito

Además, es interesante como esa decadencia progresiva de las Islas Canarias se refleja en la decadencia que paulatinamente va afectando a la familia de los Van der Walle, que pasan de ser los propietarios de una fortuna amasada gracias a la producción de azúcar de sus ingenios, beneficiarios de privilegios y prebendas que despejaban las sospechas del Santo Oficio, a convertirse en una familia venida a menos, infectada por el fanatismo religioso que acaba con la autodestrucción del linaje familiar. Luis León Barreto describe cómo generación tras generación van perdiendo su estatus social y su poder económico por culpa de familiares que dilapidan la fortuna, se dan al juego y a otras pendencias, rompen con la pureza de sangre mediante diversos mestizajes, gestionan mal los negocios, son sospechosos de prácticas heréticas, practican el incesto, etc. El culmen de esta decadencia es retratado cuando Enrique López visita La Vega, el hogar de la familia de los Van der Walle, y se encuentra con un campesino que va a describir aquel lugar como infecto y maldito, donde ya no hay animales, ni anidan los pájaros, ni la tierra da frutos porque se ha vuelto yerma, como un lugar desprovisto de vida.

Las creencias ancestrales en la cultura popular canaria: de la cosmovisión indígena a las religiones afrocaribeñas

El mestizaje cultural de la sociedad canaria en el ámbito religioso-espiritual lleva a Luis León Barreto a cruzar referencias de la cosmovisión de los antiguos canarios con el espiritismo, con las religiones afrocaribeñas como la yoruba o el vudú, con la pervivencia de las prácticas ancestrales de las santiguadoras, brujas y curanderas canarias, con las logias heréticas de la Ilustración, con los centros oficiales de meditación teosóficas autorizados por la Dictadura de Primo de Rivera, con la caza de brujas del Santo Oficio, con la herencia espiritual traída por los esclavos negros, moriscos y berberiscos, etc. Este pastiche de referencias a prácticas y creencias que mezclan de manera engorrosa lo mágico, lo espiritual, lo simbólico y lo religioso, más que ser un análisis serio de dicho mestizaje cultural, funciona como recreación estética de un escenario pretendidamente misterioso, oscuro y efectista, apropiado para la proliferación de crímenes como el de las espiritistas de Telde.

Las respuestas que esboza el autor para explicar la predisposición de Canarias a la superstición y al pensamiento mágico las encuentra en el abandono histórico que sufren las Islas por parte de un estado centralista. Un abandono que se ha manifestado históricamente en la falta de escuelas, hospitales y otros recursos públicos necesarios para la instrucción y la alfabetización de los canarios. De hecho, es precisamente el analfabetismo uno de los argumentos que usaron los periódicos de la época para explicar el clima de superstición generalizada que, según ellos, había posibilitado un crimen como el de las espiritistas de Telde. La marginación y el aislamiento de las Islas también se usan como justificación del crimen de Ariadna, el cual había sido “obra de la más estricta fatalidad que gobierna los destinos de este pueblo sumergido en los confines del mundo, en los arrabales del océano, en el vértice del maleficio”. Y en esta búsqueda de un por qué, por momentos da la sensación de que la voz de Luis León Barreto trasciende la narración para denunciar el hecho de que, habiendo sido Canarias un lugar sacrificado al servicio de los intereses imperiales y económicos de la Corona, se le ha dado sistemáticamente la espalda.

Calificar el universo mágico-religioso de la cultura popular de las Islas como pura superstición es ignorar el conocimiento ancestral de santiguadoras y santeras

Si bien es cierto que las Islas Canarias han sufrido el aislamiento y el analfabetismo, calificar el universo mágico-religioso de la cultura popular de las Islas como pura superstición es ignorar el profundo conocimiento que tanto santiguadoras como practicantes de las religiones afrocaribeñas tienen sobre las plantas medicinales, los fenómenos psicosomáticos, las prácticas de autogestión del cuerpo y la comprensión del entorno natural. Este conocimiento, infravalorado, expropiado y perseguido en ocasiones, ha tenido la capacidad de sobrevivir a la hegemonía de los saberes científicos. Un conocimiento mestizo que suplió el vacío histórico de la medicina científica en las Islas y al que acudieron gentes de todos los estratos sociales para sanar y resolver sus problemas.

El fenómeno que explica este proceso de deslegitimación del conocimiento popular de las Islas Canarias es la colonialidad del saber. El concepto de colonialidad del saber alude a un cuestionamiento del papel de la epistemología en la reproducción de esquemas de pensamiento colonial, “en la medida en que el pensamiento monotópico moderno ha sido posible, gracias a su poder para subalternizar el conocimiento ubicado fuera de los parámetros de su racionalidad” (Flórez-Flórez, 2007: 259). De esta manera, establecer una división jerárquica entre los saberes eurocéntricos, fundamentados en la racionalidad y la objetividad, y los saberes ancestrales-populares, cuyo conocimiento se deriva de la comprensión experiencial del entorno, supone infravalorar e invisibilizar unos conocimientos en detrimento de otros.

Desde una perspectiva decolonial se propone trascender y superar los efectos epistémicos y ontológicos de la colonialidad del saber desde un pensamiento transmoderno e intercultural que nos lleve hacia el respeto y la convivialidad de las diferencias en un régimen de igualdad y co-realización. Por ejemplo, todo el mundo ha oído alguna historia de médicos que derivan determinados casos a santiguadoras. Esto expresa muy bien la complementariedad de conocimientos que puede existir entre diversos saberes.

El tratamiento de las religiones afrocaribeñas

La introducción de los cultos afrocaribeños en los años 30 con los emigrantes canarios que regresaban de Cuba se va a narrar a través del personaje de Juan Camacho, guía espiritual de la última generación de los Van der Walle. En el contexto de la zafra de la caña en la que los canarios trabajan y conviven con los negros, tal y como se describió anteriormente, Juan Camacho va a conocer a Juana Candela, una iyawó con la que se inicia en la religión yoruba y de la que acaba enamorándose.

Las referencias en la novela a las religiones afrocaribeñas están cargadas de juicios de valor que condicionan su tratamiento y percepción como esencialmente malas. En la primera mención a estos cultos podemos leer: “Hablaron los cronistas de las teorías que algunos emigrantes desalmados importaron del vudú y la macumba, de los cultos africanos que prendieron en las Antillas y desde allí fueron traídos por seres que sembraron en la isla la semilla de la fe errada”.

santeras cubanas
Ritual yoruba en Cuba

Este enfoque, que persiste hasta el final, funda una división jerárquica entre diferentes espiritualidades desde una perspectiva eurocéntrica que impide la comprensión histórica y cultural de las religiones afro-caribeñas practicadas en la actualidad por gran parte de las poblaciones de las Antillas y otras partes de América (y Canarias), traídas por los esclavos negros de África y sincretizadas con el catolicismo con el fin de dar continuidad a una fe prohibida y castigada por el Santo Oficio. Despreciar la espiritualidad de los antiguos esclavos por miedo o desconocimiento es una manifestación de la colonialidad. El peligro del fanatismo puede arraigar en las religiones afrocaribeñas de igual manera que lo hace de facto en el resto de religiones, incluida la católica, y en el resto de prácticas y creencias espirituales.

El mundo mágico-religioso de las culturas afro-caribeñas es mirado desde afuera. Da la sensación de ser descrito desde el estudio de frías, y a veces inexactas, fuentes bibliográficas sin querer hacer un esfuerzo por comprender el significado que estas religiones tienen para los sujetos que las viven y las practican. Para ejemplificar esto, basta leer lo siguiente: “Los diablos atenazan su mente: estás sometido a los vaivenes de los dioses congos y yorubas, fuerzas terribles que matan si reciben burla en vez de sacrificio, pues Oxalá-Jesucristo desea una cabra o paloma sin mancha; a Yemanyá-María has de considerarla dueña del mar […]; Changó-San Jerónimo es el hijo del relámpago y viene con su hacha de oro para romper los maleficios que traban los hombres […]; Ochún-Santa Catalina reina en los arroyos y cascadas […]; Ogúm-San José viene montado en su caballo blanco […]”. La descripción despiadada, cruel y temerosa que se hace de los Orishas poco tiene que ver con la sensibilidad religiosa de aquellos que practican la religión yoruba, y las menciones a las sincretizaciones de los santos parece no coincidir con la realidad, ya que en Cuba se sincretiza Yemayá con la Virgen de Regla, Changó con Santa Bárbara, Oxalá (también denominado Obatalá) con la Virgen de las Mercedes, Ochún con la Virgen de la Caridad del Cobre y Oggún con San Pedro.

El tratamiento de las santiguadoras isleñas

La sociedad canaria de finales de los 70 que se describe en la novela cuenta con una cultura popular que tiene una fe profunda en las creencias y prácticas de las santiguadoras y las curanderas. Y a través de personajes como Cha Josefa o Juana la del Carrizal, se nos va a introducir en esa realidad etnográfica de las Islas.

La descripción prolija de rezados, prácticas y pócimas de las santiguadoras, que curan el empacho o el pomo virado, arreglan la mala suerte o realizan amarres, responde a algunas de las prácticas de las llamadas santiguadoras, capaces tanto de quitar el mal de ojo a un bebé como de ejercer, potencialmente, el mal sobre una persona. Los que acuden a ellas son gentes de todos los estratos sociales, desde abogados a campesinos. Sin embargo, estas meras descripciones etnográficas se mezclan con juicios de valor en los que se afirma que se tratan de “supersticiones del neolítico”, de “viejas que se enterraban en sus caserones, agrietadas las paredes donde cría la salamandra, podridas las tejas por las raíces del bejeque. Imagina sus ojos tras las cortinas, más allá de los ventanales: corujas escudriñando a los niños para taladrarlos con el mal”. Una visión lúgubre que reproduce fielmente el estereotipo de la bruja.

Santiguadora canaria rezando el sol
Santiguadora canaria rezando el sol

La imagología de las brujas, santiguadoras y curanderas canarias creada a partir de las diferentes fuentes con las que contamos, desde los Archivos de la Inquisición a los estudios académicos, están mediados por el carácter androcéntrico del sistema patriarcal que ha ido construyendo un relato histórico en el que se ha dibujando una visión sesgada del papel de las mujeres.

No obstante, como afirma Domingo García Barbuzano, la brujería fungió como un movimiento de liberación de la mujer desde la imposición del patriarcado en Canarias, que la desplaza del poder que ostentaba en la sociedad pre-colonial. Según María Ferraz, los diferentes pueblos indígenas que habitaban las Islas antes de la conquista se caracterizaban por ser sociedades articuladas por el matrilineazgo y la matrifocalidad, en las cuales “los conceptos de virginidad, castidad, repudio y legitimidad de los hijos eran diferentes a la que podían tener los conquistadores”.

En la sociedad que se forja tras la conquista, las mujeres consideradas brujas por el Santo Oficio eran aquellas que utilizaban un conocimiento ancestral enriquecido a partir de las aportaciones de las mujeres pertenecientes a los nuevos grupos humanos que se van a incorporar a la sociedad canaria (moriscas, berberiscas, negras y europeas), un conocimiento ancestral en el uso de las hierbas (medicinales, venenosas y alucinógenas) y en la autogestión de los cuerpos femeninos (parto y aborto, fertilidad y anticoncepción, entre otros), que les permitía equilibrar la desigualdad de género. La necesidad de contrarrestar el poder de este conocimiento ostentado por las mujeres hizo que el patriarcado, a través de la caza de brujas que asoló Europa y América entre los siglos XVI y XVIII, llevase a cabo el mayor feminicidio de nuestra historia.

Conclusiones

A través de la lectura de este artículo se ha podido comprobar la potencialidad de la novela para re-pensar Canarias y su historia desde sus condiciones socio-económicas y su relación con la Corona. La novela es estimulante, y da la posibilidad al lector de comprender pasajes de la historia de las Islas que muchos canarios desconocen, ya que su estudio no está presente en la educación formal obligatoria. Esta novela ayuda, precisamente, a contrarrestar el analfabetismo cultural en el que se halla el pueblo canario, que se mantiene ajeno a su historia y al significado de su entorno insular. Popularizar ese conocimiento histórico a través de una novela es admirable.

Por otro lado, y sin obviar que la narración de Las espiritistas de Telde se encuentra condicionada por el género de la novela negra, el tratamiento que en ocasiones se hace del acervo mágico-religioso de la cultura popular canaria merece una mirada crítica que ayude a comprender las realidades que se ocultan tras los estereotipos y las leyendas. No obstante, y pese a todo, estamos ante una novela 100% recomendable. Engancha desde la primera página.

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Director de Alegando! Magazine. Máster en Estudios Literarios. Especializado en Marketing Digital. Licenciado en Periodismo y Comunicación Audiovisual.

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