Nunca seré mi madre y no pariré a mi hermana - Libro de Yeray Barroso

Jugar al Habbo con Nunca seré mi madre y no pariré a mi hermana, de Yeray Barroso

A veces, cuando releo poemas de Nunca seré mi madre y no pariré a mi hermana (Libero Editorial, 2021), el tercer poemario de Yeray Barroso, pienso en mi amiga del Habbo. Pasé gran parte la adolescencia chateando con gente a la que no conocía en persona. Forjé así algunas relaciones fuertes, tanto que, si las recuerdo, descubro aún dentro de mí los escalofríos que me subían por los brazos cuando clavaba el dedo en el botón de encender el ordenador; con los años, sin embargo, he comprendido que a quien más quise fue a mi amiga del Habbo. Con su avatar de pelos escachados y sus cholas de levantar en forma de conejo. Con su forma de cruzar los laberintos como un tiro, de esperarme aun así en los descansos, de quedárseme, su forma, su presencia, dibujada dentro de los párpados: al irme a dormir, la veía. Y me decía que, aunque aquellos no eran sus gestos, sí lo eran para mí, ¿o acaso el cuerpo que nos contábamos no era nuestro cuerpo real? ¿Acaso las horas y horas metidas en una sala vacía, los dedos mandando unos taponazos que da miedo sobre los teclados por la voluntad de salvar la distancia y agarrarnos a lo único que nos podíamos acariciar, de crear un método para poder pensarnos, no eran reales?

Igual la quise tanto por eso. Porque su cuerpo ficticio (pelos con rayas, unos cachetes inflados como los de Hamtaro) se esforzaba por mostrarme la experiencia de su cuerpo real; porque, como no nos veíamos de verdad, nuestras palabras tenían que convertirnos en nosotras mismas. Y eso, precisamente, nos hacía conocernos de una forma más cierta: no tocándonos sino explicándonos cómo tocábamos.

Nunca seré mi madre y no pariré a mi hermana, de Yeray Barroso, es un lugar de encuentro en el que nos volvemos capaces de pensarnos

Yeray Barroso se pregunta, en los poemas de Nunca seré mi madre y no pariré a mi hermana, si se puede pensar en alguien sin pensar en su cuerpo. Yo digo más o menos. Más o menos, más o menos. Yo deseo mandarle un ejemplar a mi amiga del Habbo y yo imagino, mientras releo a Yeray, que lo tengo sentado al lado en una sala vacía del Habbo, solo un sillón, una alfombra y nuestros no-cuerpos, solo sus palabras, las del libro, ayudándome a pensar en su cuerpo para así pensar en lo que no es su cuerpo. No sé si esa es la respuesta. Ni sé si el libro lleva a alguna. Solo sé que entiendo más los cuerpos cuando me hablan que cuando me muestran. Que la poesía a veces consiste, como el Habbo, en dibujarte. Para que te puedan pensar.

Nunca seré mi madre y no pariré a mi hermana de Yeray Barroso

Yeray Barroso
Yeray Barroso. Fotografía de Tayri Muñiz Pérez
Nunca seré mi madre y no pariré a mi hermana es el tercer poemario publicado de Yeray Barroso, también autor de huida al centro del agua (2015) y ceremonia (2018). Con este último, además, obtuvo el premio Nuevas Escrituras Canarias. Es graduado en Español, Lengua y Literatura por la Universidad de La Laguna, fue director de la revista fogal y ha participado en numerosos encuentros y proyectos relacionados con la literatura canaria (por ejemplo, el espacio Deletreando Canarias de la Biblioteca de Canarias, el cual dirige). Preparó la edición de los cuentos reunidos de Josefina Zamora en La mirada infinita. Cuentos reunidos (2020) y estudió la obra de Félix Francisco Casanova en su trabajo El don de Vorace: novela lírica y actitud posmoderna. Nunca seré mi madre y no pariré mi hermana es un escalón más de una obra que ya cuenta con un imaginario propio.

Un contraste que parece dar respuesta a la pregunta del libro (¿se puede pensar en alguien sin pensar en su cuerpo?), pues el problema no es solo que el cuerpo impida, en apariencia, mirar más allá de él. El cuerpo también encierra, significa, obliga, es violentado y habita periferias.

El libro está dividido en dos partes: Nunca seré mi madre y no pariré a mi hermana y Visiones del paraíso. La primera esboza el cuerpo privado, una identidad que desea darse a los otros o que se pregunta, más bien, si es posible darse a los otros: cuestiona lo que significa conocerse, habitar los mismos espacios, ser lo mismo, y emprende un artificio que intenta dar cabida al retrato del cuerpo (no a su retrato exterior, sino al de la experiencia de lo exterior) en la búsqueda del sentido de ese mismo retrato. La voz poética, igual que yo con mi amiga del Habbo, descubre su propia corporalidad al esforzarse por comunicarla, como si existiera otra corporalidad en el lenguaje. En la segunda parte, Yeray contrapone este cuerpo privado con un cuerpo público, turistificado, logrando un contraste que parece dar respuesta a la pregunta del libro (¿se puede pensar en alguien sin pensar en su cuerpo?), pues el problema no es solo que el cuerpo impida, en apariencia, mirar más allá de él. El cuerpo también encierra, significa, obliga, es violentado y habita periferias: “los turistas creen que somos/lo que el guía explica”.

La voz poética de Nunca seré mi madre y no pariré a mi hermana se convierte, me parece, en una especie de guía de sí misma que lleva a los turistas (quienes nunca habitarán ese cuerpo) a lugares que no sabe si verán: a lo mejor es imposible intimar de verdad con alguien, o a lo mejor los turistas buscan otra cosa. En eso, y también en mi amiga del Habbo, pienso cuando pienso en este libro.

Un cuerpo

Tanto Yeray Barroso como Inés Martínez García, la editora de Libero Editorial, suelen decir que este libro es un cuerpo. Yo me pregunto ahora qué es un cuerpo. Lo que puede tocarse: descartado. Lo que puede erizarse: descartado. Lo que nos proyecta. Lo que nos confina y el vehículo, a la vez, para el encuentro: un cuerpo es tocar para probar que existimos, descifrar el sentido del vello erizado, lo que hace que exista un yo y que exista un mundo, lo que crea el lenguaje y lo que necesita el lenguaje. La posibilidad de hablar del cuerpo existe precisamente porque no hay forma, en realidad, de hablar del cuerpo: esa ambigüedad es uno de los elementos que más hacen resonar Nunca seré mi madre y no pariré a mi hermana, esa contradicción tan lógica en el hecho de saber que nunca podremos habitar el cuerpo de otra persona pero que, a través de lo no orgánico, podemos experimentarlo. Lograr un artificio. Entender.

Este no es un libro sobre hablar del cuerpo: es un libro sobre querer entender qué dicen nuestros cuerpos sobre nosotros.

La primera parte de este poemario comienza con este verso: “tal vez alguien podría pensarme”. Y termina con este: “¿llegarás a saber de mí?”. La duda no se resuelve, sino que se amplía: esa ampliación (proyección, tacto) consigue que reconozcamos nuestro propio cuerpo en el cuerpo del libro, pues la misma duda y la misma imposibilidad nos empezará a picar en las palmas de las manos. Todos tenemos cuerpo, pero cada cuerpo es distinto: Yeray, indagando en la diferencia, nos acerca a lo común. Existe un proceso cerrado en esta mitad del poemario, y sin embargo no da respuesta a la pregunta principal: engaña a quien lee y dirige su mirada hacia sí misma, hacia el movimiento con el que se dirige a los lugares elegidos. Yo, cuando intentaba imaginar el cuerpo de mi amiga del Habbo, en realidad estaba aprendiendo a enunciar el mío.

Los títulos de los poemas de esta primera parte recorren las letras del abecedario. Me he preguntado muchas veces por qué, y ahora creo que tiene que ver con esa idea de proceso. De camino. De partir de un punto y querer llegar a otro desesperadamente y tener que fijarse en las paradas, descubriendo así que las paradas también son conclusiones. “si se me cae la memoria por el camino,/¿el cuerpo seguirá/o se quedará en otro tiempo que desconozco?”: ¿el cuerpo, aquello que aprendemos a considerar un accesorio, es también señalable? ¿Cómo habla de nosotros?

Yeray escribe: “un cuerpo es una ropa que te vas quitando”. También “no conozco a nadie si no he visto su cara”, y “detrás de la herida hay una bandera/de una lengua que nadie ha comprendido”. Yo siento que esas palabras son manos que no habrían existido si no existieran otras manos. Que escribir hace que lo que, por no ser parte del cuerpo, tememos perder tome presencia; que hablar también es mostrar, pero es más real porque su entendimiento no viene dado. Se hace existir. Inés y Yeray tienen razón, entonces: Nunca seré mi madre y no pariré a mi hermana es un cuerpo. Y, como los otros cuerpos, me refleja y no me deja entrar.

Este no es un libro sobre hablar del cuerpo: es un libro sobre querer entender qué dicen nuestros cuerpos sobre nosotros.

Turistificado

La segunda parte del poemario, Visiones sobre el paraíso, contrasta, como decía, con lo íntimo de los primeros poemas. El autor ubica su cuerpo en el espacio público y ya no busca un artificio que permita que le piensen, sino que asegura saber que no va a poder ser pensado. El cuerpo, en esta mitad, se extiende también al paisaje, al pueblo (“qué feo este pueblo/para que quieran dormir en él/tantos extranjeros”), a los cuerpos cercanos, parecidos, aquellos a los que ¿puede mirar? ¿O su mirada también está condicionada por ese parecido? ¿Por esa posición análoga? ¿Se puede pensar en un cuerpo sin pensar en lo que se comparte con él?

Yeray contrapone la intimidad con la consciencia de ser considerado un decorado. Ya no es la frustración de no poder explicarse: ahora es la de que no quieran que te expliques. Estos poemas recorren el trabajo, la turistificación de los espacios, las falsas construcciones de la memoria, la imposibilidad de acceder a las verdaderas si no están presentes en el relato consensuado. La tensión (y a la vez distensión) entre los abuelos y los nietos (el otro y el yo; el yo verdadero y el yo que se viste de otro), tan presente siempre en la obra de Yeray, toma aquí otro matiz: lo de verdad contra lo que se impone, es decir, hablar (enunciarse) contra mostrar (dejar que el otro mire). “es difícil la conversación con el espejo,/casi siempre/nuestra imagen difiere/de la que hemos construido con tanto esfuerzo”, escribe Yeray, y este poema lanza, al menos para mí, una soga al camino del yo poético de la primera parte, pues explica cómo ese proceso tan costoso a través del que debe hallarse la propia identidad es, en muchos casos, inútil para quienes no pueden enunciar su propio relato, llevar esos descubrimientos privados al espacio público. Creo que el contraste entre el cuerpo privado de Nunca seré mi madre y no pariré a mi hermana y el cuerpo público de ‘Visiones del paraíso’ ejemplifica perfectamente por qué las escrituras autobiográficas son políticas.

Estos poemas recorren el trabajo, la turistificación de los espacios, las falsas construcciones de la memoria, la imposibilidad de acceder a las verdaderas si no están presentes en el relato consensuado

“¿quién iba a traicionarse/y con las manos manchadas,/reconstruir la estrella/con sus madrugones proletarios?; “¿no tienes la cordura contraria a vivir?”; “este sol no nos favorece/con su normalidad horaria”; “hay olas que se acaban/en el pasado septiembre”. En Visiones del paraíso, el extrañamiento (que en la primera parte resulta tan orgánico) se convierte en lo extraño: el cansancio apenas deja espacio para él. A través de ello, el cuerpo habla.

A veces, cuando releo Nunca seré mi madre y no pariré a mi hermana, pienso en mi amiga del Habbo; en cómo aprendí a contarle mi cuerpo; en las cosas que no supe explicarle; en que los lugares de encuentro, todos a la vez y cada uno por separado, son tesoros. Comprendernos a través de los otros significa que igual, de alguna forma, podemos pensarles.

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