un pedacito de cielo

Un pedacito de cielo

Lilia Ana Ramos y Pablo Estévez Hernández

Brava está la Punta se compone de una serie de reportajes sobre aspectos relacionados del turismo, la naturaleza y la vida cotidiana de un barrio en este último año pandémico y raro; visto todo desde Punta Brava, en Tenerife, que ofrece una perspectiva única sobre estos temas.

Una encuesta realizada a través de redes sociales en el año 2021 vino a reflejar que Santa Rita fue la santa más recurrente para evitar el contagio del nuevo virus covid-19. El estudio comenta que la relación entre religión y medicina es antigua, pero que desde el Renacimiento y la Ilustración ha habido una desarticulación de esa ligazón. No obstante, el uso de santos, figuras y estampitas se convierte en un bálsamo que viene a cubrir los vacíos de un vasto campo problemático como la medicina moderna, los cuales aún crean ansiedad. Fue y es tanta la información que corre en redes y medios sobre la covid-19, que no extraña que la confusión nos aferrara a elementos religiosos. Pero quizás también sea cierto que el campo místico de la religión nunca ha estado del todo escindido de las prácticas más modernas: de la racionalidad del Estado, de la medicina y desde luego no lo está del turismo, un fenómeno eminentemente moderno.

Rita es para los momentos difíciles, para la desesperación.

¿Por qué Rita? La truculenta vida de la santa estuvo marcada por la muerte de sus hijos y por la violencia de un hombre al que había sido forzada en matrimonio. Negada primeramente su condición de monja por no ser una virgen, se dice que Rita había suplicado la muerte de sus hijos adolescentes para evitar la vendetta que planeaban sobre los asesinos del padre, el marido maltratador de Rita. Tras estos eventos finalmente logra ingresar con las agustinas, dedicando su vida a Cristo, cuyos misterios hacen aflorar un estigma de su cruz en la frente de Rita. La santa, de cuya boca también salían abejas blancas, se consagró como la patrona de las causas perdidas, de las enfermedades y las heridas, lo cual puede explicar esta predilección en tiempos pandémicos. Rita es para los momentos difíciles, para la desesperación.

Santa Rita es el nombre de la parroquia de Punta Brava (fundada en 1981), y fue también el nombre del hogar de mayores que se crearía en 1990 anexo a la iglesia gracias a la labor del sacerdote Antonio Hernández, y que cerraría tras un desafortunado incendio en 2008. El padre Antonio había llegado al barrio en 1975, tras haber oficiado misas por distintos pueblos de El Hierro. Había sido boxeador y misionero en Venezuela antes de todo eso. A finales de los ochenta (ese momento tan “neoliberal”) tal como si fuera un experto en marketing, el padre se hizo famoso por vender “pedacitos de cielo”, que eran como pequeños donativos que posibilitaron su hogar de mayores, un proyecto que siguió con la creación de otro centro en las Dehesas (el hogar Santa Rita II) y un programa para el estudio del Alzheimer. El virus ha pegado especialmente fuerte en el sector de la población que supuso el centro de su actividad; además de que han sido las residencias de mayores las más afectadas en territorio nacional.

un pedacito de cielo

Parece como si Rita tuviera su sentido en Punta Brava por estas estas confluencias; como si estuviera destinada a figurar entre el sufrimiento. La labor del ex boxeador creó en sí un pedacito de cielo en esta tierra (miles de pedacitos asegurados de cielo para que algunos y algunas tuvieran algo de dignidad previa a la muerte aquí, en esto tan terrenal). Y también era este hogar otra forma de burbuja o cautiverio (desde luego algo así han sido estos centros en la crisis sanitaria), un espacio separado de la producción y la vida consumista, sin dejar de ser claramente un refugio, un espacio-tiempo para soportar la desesperación que este mundo desbocado ha provocado.

Hoy, en Santa Rita, hay una tienda en los bajos de su iglesia que da a la plaza y a los bares de ese centro raro que es Punta Brava. Un ejército de figurines religiosos ―entre los que destaca el de la misma Rita― mira el aletear de esa sociabilidad incansable que es el barrio, en este Apocalipsis particular. Pegados, juntos, los figurines recuerden a los souvenirs turísticos (¿o es al revés?). Todavía estos objetos funcionan con algo de la vieja magia primigenia de donde seguro provienen, con sus vaivenes homeopáticos, con lo mismo afectando lo mismo; o con el contagio, con relaciones de cosas que alguna vez tuvieron relación: toda la muerte y violencia que soportó el cuerpo de Rita, estigmatizado por la corona del mismo Cristo, puede verse como atrayendo una energía negativa de todo eso para que en nuestras vidas pueda relucir algo de positividad.

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Lilia Ana Ramos (La Matanza de Acentejo, 1988) estudió Ciencias Políticas y Fotografía en Valencia. Su trabajo personal gira en torno a la identidad y el territorio, como el fotolibro autoeditado 'Atlanticidad'. Actualmente reside en Tenerife, desde donde coordina el Photobook Club Canarias y es parte de la organización del encuentro de artes visuales Veintinueve Trece (Lanzarote), acciones que compagina con su labor como fotógrafa comercial.

Pablo Estévez Hernández (Tenerife, 1985) es Doctor en Antropología por la Universidad de La Laguna. Es miembro del Grupo de Estudios Descoloniales y Pensamiento Crítico y de TURICOM. La experiencia turística: Imagen, Cuerpo y Muerte en la cultura del ocio. Profesor asistente de Antropología del Turismo en Escuela Universitaria de Turismo Iriarte. Su trabajo de investigación está centrado en las categorías étnicas, las fronteras y la movilidad, pero sus intereses se expanden al turismo y al poder, a las metáforas que piensan el territorio y a las culturas viajeras.

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