soy una bruja

Soy una bruja

Armando Ravelo

“Tú las llamas brujas. Pues eso es
lo que era mi madre. Y mi abuela.
Y la madre de mi abuela, y así
hasta llegar a la primera de
todas. Así me contaron. Pero pasa
una cosa… lo que ustedes no
entienden lo llaman brujería, lo
tachan de malo. Pero no hay nada
oscuro, ni magia negra, ni malas
cosas. Yo soy una bruja antigua,
de la tierra. Las brujas somos
como las raíces, que están para
que el viento no tumbe la planta.
La planta que somos los que
estuvieron, los que estamos y los
que estarán.
Así que si me vuelves a preguntar, te diré que sí.
Soy una bruja.”

Sagrario en La Cueva de las Mujeres.

Nací, crecí y vivo en Telde, conocida por ser la ciudad de las brujas. Personalmente, siempre fueron una figura que nunca fue nítida en la retina de la memoria, desdibujada por la ignorancia militante de quien no conoce ni se preocupa de conocer la realidad histórica de lo que le rodea. Lo que en otros lugares es tan natural como respirar su legado, a nosotros en Canarias se nos atraganta como un bocado de quien tiene la garganta inflamada de desmemoria selectiva e inducida. De pueblo sin reflejo en el espejo, que mira pósteres ajenos para buscar un referente que le devuelva una imagen que desea como propia.

Mi acercamiento a las brujas canarias fue tardío y vago al principio. Me atraían más las historias de guerreros altos, fuertes y rotundamente heroicos. Belicosos y dispuestos a todo para defender aquello que eran, en las islas representados por los guerreros indígenas con sus macanas, escudos y afiladas piedras que, según cuentan las crónicas, lanzaban a más velocidad que un trabuco europeo.

Hasta que un día, conocí a una bruja. Santiguadora, hierbera, “con el don de ver lo que está por venir”. Pero sí, fue llamada bruja en algún momento de la manera más despectiva posible. Deudora de un legado ancestral, resultado de la mezcla, de la confluencia de barrancos que desembocan al mar de la canariedad. Ingredientes indígenas, europeos y africanos agitados en la nocturnidad, servidos en cuevas, que como matrices, gestaron el surgimiento de un rasgo identitario tan único y especial como el resto de singularidades que han dado a luz en las islas.

“La bruja que cobra, no es bruja canaria. Aquí solo hubo magia buena, nada malo. Eso vino después, de otras partes.” Entonces no se me ocurrió nada más heroico y valiente que la imagen de resistencia de quien se enfrenta a todas las fuerzas que quieren extinguir algo tan antiguo y hermoso, preservado por mujeres valientes y dignas, conectadas con una raíz ancestral. Metidas en un saco tan enmarañado y variopinto que lleva escrita la palabra brujería con el único fin de desprestigiar unas creencias que nos conectan con la raíz de lo que somos como pueblo.

El monólogo que encabeza el escrito forma parte de una obra cinematográfica que estrenamos en 2018 llamada La Cueva de las Mujeres. Una historia enmarcada en los años de la posguerra civil ubicada precisamente en Telde. Ese monólogo no estaba en el guion, lo escribí pocas horas antes de rodar la escena y se lo di a la actriz, Sigrid Ojel, para que se lo aprendiera el mismo día. Aún así, todos en el set de rodaje percibimos que lo bordó. Lo escribí porque creo que fue en ese momento cuando entendí el material que estaba rodando. Por torpeza quizá, no fue hasta meses después de investigar, entrevistar a gente especialista en el tema, a brujas que aún seguían en activo, preparar el rodaje, ensayar con el elenco y finalmente rodar, que pude llegar a comprenderlo. Hasta ese punto no sabía quiénes eran esas brujas canarias.

Entonces, mi concepto de heroicidad cambió, y también la figura que lo representaba en mi mente. Ahora tiene forma de mujer y alguna vez fue llamada bruja.

Creador del Proyecto Bentejuí. Director de cortos como 'Ansite', 'Mah', 'La Cueva de las Mujeres' o 'Los Ojos de la Tierra'. Autor de la novela 'Doramas, bajo los pies de nadie'.

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