salvadora

Salvadora

Armando Ravelo

Cuando ella era pequeña un rabioso mono le mordió la cara, dejando una cicatriz en su delicado rostro de niña. La sangre salpicaba el suelo y ella miraba lo que le pareció un torrente carmesí, entendiendo que todo aquel espeso líquido que teñía de encarnado las maderas del suelo salía de su interior. No le dolió, ella así me lo dijo y yo le creo. Poco después se quemó la cara en un terrible accidente con una mantilla y una vela, propia de la época en la que la electricidad no llegaba a todos sitios. De ese suceso nunca tuve detalles. Tampoco quise preguntar, intuía que estaba poco dispuesta a contar esa historia en concreto, sobre todo porque pese a ser una gran narradora nunca decidió hacerlo. Por si esto fuera poco, perdió un ojo en otro accidente en la cocina.

Pasó muchos años enclaustrada con la idea, instaurada en su cabeza por los actos de los que la rodeaban, de que su aspecto no era agradable para el resto y el deber de protegerse del rechazo y la incomprensión de los demás.

Ella era mi abuela. No de manera biológica, pero se encargó junto a su hermana, fallecida varios años antes que ella, de criar a mi padre. Ella era su tía abuela, y en una manera de descargar la presión económica a la numerosa familia, mis abuelos biológicos entregaron a su hijo pequeño a las dos hermanas de Telde.

Ella me enseñó las letras antes de que fuera al colegio. Me veía cogiendo los libros e intentando adivinar qué ponía.

-Si lo miro mucho tiempo terminaré sabiendo cómo se dicen todas estas palabras. -Le dije.

Ella se rio y luego se lo contó a todo el mundo. Uno de sus múltiples bellezas era la capacidad de contar historias. Era una narradora de fértil verbo y gran tensión dramática, dominaba el tono y el ritmo asumiendo que asomarte a sus historias fuera una experiencia tremendamente emocionante. Ya fuera con algún apunte de su vida o con una situación anecdótica, te convertías en un espectador embelesado de sus palabras.

Tras tantos años sin salir, su visión de la ciudad se había esculpido en el tiempo, quedando el recuerdo cronificado de las veces que recorrió las calles en su infancia

Tras tantos años sin salir, su visión de la ciudad se había esculpido en el tiempo, quedando el recuerdo cronificado de las veces que recorrió las calles en su infancia. Hablaba de plantaciones de tomates o plataneras por donde ahora pasaban carreteras, plazas que ahora son parkings o cuevas que ahora son casas. Al principio mi reacción fue tratar de corregirla, de enseñarle el nuevo mundo a través de mis ojos, pero pronto me di cuenta de que me gustaba la Telde que seguía habitando en su memoria y que, de alguna forma, cada vez que ella la usaba como escenario de cierta aventura propia, volvía a recorrer sus calles y yo junto a ella. Tal era el poder de la palabra; sus historias eran Historia y a la vez se volvían presente cada vez en el trasvase de su mente a la mía. Entendí entonces cuál era el poder de ambas cosas unidas.

Con ella vi “El Hombre Elefante”, una película de David Lynch cuyo protagonista tiene el rostro desfigurado. La poderosa fotografía en blanco y negro contrastaba con la delicada sensibilidad de una mujer que vio reflejada su vida en aquellas imponentes imágenes en movimiento. Sus lágrimas me descubrieron a la perfección la increíble herramienta de emociones que es el cine y me enamoré de la posibilidad de conectar con gente como ella, desde ahora hasta siempre. Y fue esa noche la primera en la que soñé con dirigir cine.

Muchas noches después sigo empeñado en traer a la vida los rincones llenos de brujas, cuevas, olor a mar, de gente golpeadas por las vicisitudes y los alisios en calles que ya no existen, pero que se pueden volver eternas a través del arte de contar historias que aprendí desde la más tierna infancia de una de las mujeres más bellas que jamás haya conocido.

Creador del Proyecto Bentejuí. Director de cortos como 'Ansite', 'Mah', 'La Cueva de las Mujeres' o 'Los Ojos de la Tierra'. Autor de la novela 'Doramas, bajo los pies de nadie'.

3 Comentarios

  1. Precios Armando, me ha encantado tu relato, precioso. Enhorabuena!!! Sigue deleitandonos con con todo lo que haces. Felicidades!!

  2. Me encanta!
    Me encantan las historias!
    Yo he pensado que habría que ir por los pueblos y hablar con los mayores. Hay miles de historias y motes y costumbres apasionantes!

  3. Madre mía que maravillosa forma de expresión oral. Cuanto arte en tus palabras y cuanto sentimiento en tu corazón. Arte no es solo lo que se puede tocar, también es todo lo que se puede percibir o escuchar siendo capaz de transmitir un sentimiento o una vivencia con la mera palabra o unas notas musicales.
    Te felicito humildemente y brindo por todo lo que llevas dentro y que presumiblemente nos regalaras poco a poco con el tiempo.

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