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La representación gorda en Panza de burro: alguien creyó que yo era Isora

Llevo un rato que da miedo intentando dar con un comienzo para esto. Tengo Panza de burro (Barrett, 2020) al lado, y de vez en cuando lo toco como quien le suplica ayúdame, ¿cómo empieza una a escribir sobre algo tan personal? Yo soy gorda. No recuerdo cuándo lo descubrí: sí recuerdo que hubo un tiempo en el que aún no me había dado cuenta; las personas mayores decían cosas que yo no entendía, yo me colgaba de los columpios y me arrastraba por la tierra y hacía la v en las fotos y ensayaba sonrisas delante de los espejos de Wehbe y bailaba en mi cuarto y hablaba sin parar y soñaba con ponerme un top de los de los hombros por fuera, trajes con purpurina, una gorra hacia atrás.

Fui así hasta que aprendí a hacer lo que, por ser gorda, todo el mundo parecía querer enseñarme: desencájate para reflejar lo que esperan ver cuando te miran. Ahora pienso: ojalá hubiera tenido la suerte de saber preguntarme por qué. Ojalá la perspectiva de la infancia, ese instinto de amar mi propia especificidad, me hubiera dado alguna pista: ojalá hubiera conocido antes a Andrea Abreu, y ojalá hubiera existido antes Panza de burro. Hace unos meses, me enteré de que alguien, durante su lectura de la novela, pensó que Isora era yo. Quise entenderlo como un golpe más de esa manía de buscar correspondencias entre las ficciones y las vidas de las autoras; sin embargo, no conseguí librarme de la intuición de que había más, porque, que yo sepa, tengo muy pocas cosas en común con Isora. Apunté: somos gordas. Y la mirada de la amiga. Intento escribir un comienzo para esto, pero no hago sino tocar Panza de burro, a lo mejor para pedirle ayuda a la protagonista, cuéntame cómo miras tú a Isora, a lo mejor para pedirle ayuda a mi amiga Andrea, cuéntame cómo me miras tú a mí y cómo me acompañaste en el proceso de generar, a los 20 años, un sucedáneo de la perspectiva de la infancia: el compromiso de aprender mi propia especificidad.

Por supuesto, es bastante posible que esa persona creyera que yo era Isora simplemente porque la gordofobia interiorizada nos lleva a pensar que la única característica que identifica a alguien gordo es justo esa: la gordura. ¿Qué podemos aprender de la construcción del personaje de Isora? ¿Si entendemos cómo habita Isora Panza de burro, la confundiremos alguna vez con cualquier otra persona gorda? ¿Por qué es importante la representación gorda en la literatura, por qué el proceso me parece tan similar al que se da cuando una amiga te mira? Eso quiero descubrir ahora; para eso quería encontrar un comienzo.

Panza de burro

Panza de burro (Barrett, 2020), editada por Sabina Urraca dentro de la colección ‘Editora por un libro’, es la primera novela de la escritora canaria Andrea Abreu. La narración sigue a dos niñas de 10 años, mejores amigas (o “amigas jarrapas”), del norte de Tenerife; es el verano de 2005, y la protagonista e Isora quieren que alguien las lleve a la playa de San Marcos. La narradora (a la que Isora se refiere como shit) contempla el barrio, a su amiga, a sí misma: se enfrenta, bajo un techo de nubes, al crecimiento de Isora, quien parece, en ocasiones, regodearse en dejarla atrás. Por ello, deberá atender tanto a su propio desarrollo como al de su amiga y lidiar con su deseo de que Isora y ella sean “la misma niña”. Panza de burro no es solo un ejemplo de representación de una amistad entre chicas o de una infancia vivida en el norte de Tenerife: es también un libro que representa la infancia gorda, mirada, además, desde la amiga que acompaña.

Desde la protagonista

Entre otras muchas cosas, ser amiga es, creo, descifrar. No pensamos en nuestras amigas como pensamos en el resto de la gente; Elizabeth Porter explica que la amistad es el acto de convertir a alguien en “otro (u otra) yo”. Esto hace referencia, tal como indica Marilyn Friedman en Feminism and Modern Friendship: Dislocating the Community, a una alianza protectora, a un vínculo cuya organicidad no reside en la preexistencia de un lazo (como sí ocurre, por ejemplo, en la familia o en la vecindad) sino en unos valores y unas características compartidas, en una identificación susceptible de generar afecto. Lo que tenemos con nuestras amigas no estaba ahí antes de que estuviéramos nosotras; podría no haber sido, pero es; frente a ellas, nuestro significado cambia: nos encontramos, aunque con muchos matices, libres de la sombra del lugar que ocupamos en otros espacios.

Esta es una de las cosas que más me gustan de Panza de burro: la representación gorda se hace desde el acompañamiento.

Yo, por ejemplo, no comprendí las violencias que sufría por ser gorda hasta que establecí un diálogo activo con otras amigas gordas. La mayoría de las veces, identificar las opresiones que cruzan a una persona significa, a la vez, aprender a entender su especificidad: como sucede con una misma (porque las amigas son “otras yo”), desmontar el relato dado nos permite indagar en el relato verdadero, consiguiendo evitar, dentro de lo posible, ese desencajamiento del que les hablaba antes. En Panza de burro, la protagonista vive e intuye varias de las opresiones que la cruzan a ella y que cruzan a Isora, dándose cuenta, además, de que algunas no son las mismas: desea que alguien se preocupe también por que ella no engorde, pero sabe que no sucederá.

Las violencias gordofóbicas que sufre su amiga (muchas de ellas relacionadas con la comida) parecen, desde la mirada de la narradora, absurdas; para ella, Isora no se reduce a ser una niña gorda, sino que la gordura de Isora constituye un relato propio, una especificidad a la que se atiende tanto dentro del “desciframiento” de la amistad como desde la perspectiva de la infancia, ilustrando, o eso me parece a mí, que la culminación de ambos procesos puede llegar a ser bastante similar. Ambas configuran una alianza (“como los pac de yogures de la venta”) con la que hacer frente a las exigencias del entorno: por eso Isora, cuando está a régimen, le hace un queque asqueroso a la protagonista, y por eso la protagonista, la “otra yo” de su amiga, se atreve a comérselo.

Esta es una de las cosas que más me gustan de Panza de burro: la representación gorda se hace desde el acompañamiento, las dos amigas la recorren como si llegaran a la venta y repitieran y repitieran y repitieran, Andrea Abreu no toma la voz de Isora, un personaje completo y específico y ajeno a los estereotipos que harían de ella una pieza intercambiable por cualquier otro personaje gordo (por mí, incluso), sino que la construye a través de una mirada que tampoco ha aprendido aún qué espera ver la gente cuando mira a Isora. Esta “perspectiva amiga”, más o menos similar a la perspectiva de la infancia, no es sino un ejercicio de escucha que surge de la voluntad de diálogo, de la existencia de oportunidades de representación, de la consciencia de que, aunque las gordas compartimos una opresión, una gorda no contiene a todas las gordas del mundo: hacerse amiga de alguien implica ser el espacio en el que puede enunciar sus especificidades; representar a Isora, en este caso, también.

Isora

¿Cómo sabemos que Isora es gorda? No recordamos en qué momento lo descubrimos, pero lo descubrimos; seguramente cuando vemos que la abuela deja caer sobre ella el taponazo de su obsesión con la gordura (o con “la flacura, más bien”), o cuando enseña la sopa de cebolla que la obligan a tomar durante el régimen, o cuando revela que tiene que comérsela toda para ponerse flaca como Rosarito la de Pasión. La diferencia de Isora no se especifica, sino que se siente: son las otras personas las que la marcan; describirla a ella no implica necesariamente colocar la gordura en el centro del relato.

La protagonista no asocia “gordo” a “malo”; tampoco ha entendido aún que las personas mayores lo hacen; ese “no saber aún” sobrevuela el libro y nos muestra, convirtiéndose en un artificio narrativo poderosísimo, que las niñas están abocadas a aprender una visión de sí mismas que no tiene ningún sentido.

Hay un capítulo, comerme a isora, que se dedica casi por completo a explicar cómo es Isora, y solo en una ocasión se asocia al personaje con la idea de gordura: la narradora dice que “tenía los dedos gordos y las uñas como comidas por una cabra”. No se nos insinúa que sea malo que tenga los dedos gordos, pues esta oración forma parte de un poema que busca expresar la especificidad de Isora y, con ella, su belleza: la gordura es, por lo tanto, una característica más de un personaje que también tiene “los ojos verdes como un verdino verde”, “las tetas redondas”, “pelos en el pepe”. La protagonista no asocia “gordo” a “malo”; tampoco ha entendido aún que las personas mayores lo hacen; ese “no saber aún” sobrevuela el libro y nos muestra, convirtiéndose en un artificio narrativo poderosísimo, que las niñas están abocadas a aprender una visión de sí mismas que no tiene ningún sentido.

El tema de los trastornos de conducta alimentaria (TCA), una de las grandes consecuencias de la gordofobia estructural, atraviesa casi toda la historia (de hecho, aparece en el primer capítulo), pero en ningún momento se explicita que esto tenga relación con las violencias que sufre Isora: ni ella ni la protagonista son conscientes de ello. La lectora o el lector de Panza de burro debe unir las piezas de la opresión gordofóbica con la que lidia el personaje, tal como nos vemos obligadas a hacer las personas que hemos vivido esa nube de insinuaciones, restricciones y promesas que tanta presencia tiene en la novela. Sabemos que Isora es gorda porque identificamos la gordofobia a la que su entorno la somete.

Isora es valiente (“tan echadita palante, tan sin miedo”), decidida, fuerte, cruel en ocasiones, tierna también a veces, extrovertida, líder, es una niña de 10 años cuyo crecimiento empieza a amenazar a la protagonista como una piedra frágil que apenas aleja el cuerpo de las pencas: ella, sin embargo, no se achanta ante la idea de crecer, no se avergüenza de ello, no siente, como nos dicta el estereotipo que suele recaer sobre los personajes gordos, que no deba llamar la atención, que no merezca hacerlo. Mi sensación al buscar representación gorda en libros, películas y series es, muchas veces, que la gordura mal enunciada se entiende como una barrera entre el personaje y el mundo: este debe ceñirse, renunciando a su propia personalidad, a unas características que, como explicaba cuando hablaba de mí misma, inevitablemente se asocian a su cuerpo.

Sabemos que Isora es gorda porque identificamos la gordofobia a la que su entorno la somete.

Pienso en la serie basada en la novela Gente normal de Sally Rooney, por ejemplo. El personaje de Peggy, aunque no se muestra como gordo en el libro, es el único cuyas características pueden encajar en el relato social de cómo es una persona gorda: torpe, introvertida, con dificultad para relacionarse, dadora de una amistad apacible y siempre comprensiva, calmada, pasiva. En la adaptación a televisión, la que da vida a Peggy es la única actriz gorda del elenco, lo cual, si tenemos esto en cuenta, no parece una decisión casual ni la consecuencia de la voluntad de hacer que cualquier personaje, sea como sea, pueda ser un personaje gordo. El caso de Panza de burro es completamente distinto: Isora es gorda, debe lidiar con ello, pero ninguna de sus características está ligada al estereotipo de la niña gorda. La novela logra un equilibrio muy real entre las consecuencias de la gordofobia (por ejemplo, que Isora se convenza a sí misma de que debe someterse al régimen que le marca la abuela) y el choque entre la opresión gordofóbica y la forma de ser de la niña (Isora desafiando a Chela y haciendo un queque). Isora es Isora, y por eso me chocó tanto que alguien, como decía antes, pensara que precisamente yo era ella. Supongo que eso solo significa que necesitamos más representación responsable y feminista de la gordura, pues, aunque Panza de burro lo es, nuestros sesgos siguen apretándonos con la misma fuerza: llevamos toda la vida viendo Bridget Jones.

Pido un deseo

Ahora busco un final para esto. Me cuesta un poco porque, cuando escribo sobre ser gorda, me siento como si tuviera que volver a aprender a escribir: no tengo herramientas; las voy creando a medida que las necesito. A veces me miro a mí misma y pienso voy tardísimo en la vida. Hago algunas cosas a destiempo, como quien almuerza a las seis de la tarde porque se esconchó la guagua en medio de la autopista y siente, al masticar, que todo empieza a arreglarse. Comprendo mi forma de ser tarde; me permito ser quien soy tarde; acojo mi yo de la infancia sintiendo que nazco tarde porque, si todo el mundo se empeña en enseñarte cómo es ser gorda, no puedes descubrir cómo es ser tú. Y, como estoy aprendiendo a escribirme y, en mi caso, la impertinencia es uno de los caminos de crecimiento que me robaron, voy a permitirme terminar este texto con un deseo: que nadie me confunda nunca más con otra persona gorda, no porque me dé vergüenza, no porque no seamos compañeras, sino porque eso significará, creo, que la caja en la que nos meten al crecer habrá perdido fuerza. Deseo que nos miren con la voluntad con la que una mira a las amigas, porque, para ello, deberán dejarnos hablar: deberán dejar de arrebatarnos los espacios, deberán escucharnos, deberemos poder aprender nuestra voz de nuevo, nuestro relato y nuestra identidad de nuevo. Deseo que nos acompañen como la protagonista de Panza de burro acompaña a Isora y que, si hablan de nosotras, sea porque nos escucharon. Como mi amiga Andrea.

Voy a permitirme terminar este texto con un deseo: que nadie me confunda nunca más con otra persona gorda, no porque me dé vergüenza, no porque no seamos compañeras, sino porque eso significará, creo, que la caja en la que nos meten al crecer habrá perdido fuerza.

Recursos bibliográficos

  • Abreu, Andrea (2020) Panza de burro. Sevilla: Barrett.
  • Friedman, Marilyn (1989) “Feminism and Modern Friendship: Dislocating the Community” Ethics, 2 (99), 275-290.
  • Porter, Elizabeth (1999) “Mujeres y amistades: Pedagogías de la atención personal y las relaciones”. En Luke, A. (Ed.), Feminismos y pedagogías en la vida cotidiana, 66-87. Madrid: Editorial Morata.
  • Rooney, Sally (2018) Gente normal. Madrid: Literatura Random House.

Periodista especializada en Estudios de Género y escritora. Autora de 'Deseo y la tierra' (Cartonera Island, 2018) y 'Pueblo yo' (Libero Editorial, 2020).

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