Que mi casera me cuide

Que mi casera me cuide

en Magua por

Andrea Abreu

La mirada de los perritos aquellos me inquietaba. Era pétrea, fría, plástica, dura, casi robótica. No estaban hechos como los demás perritos que yo conocía. En lugar de carne y hueso, estaban compuestos de poliester, rellenos de algodón, polietileno. Yo me imaginaba el cuerpito de la Luna como una especie de máquina diminuta de producción de perritos petrificados. El caso de esa perra y sus hijos inertes me tenía fascinada. Y cada vez que Carmen me invitaba a merendar, aprovechaba cualquier despiste para golifear la cama donde descansaban alejados del resto del mundo.

La casa de Carmen estaba encima de mi casa. O más bien, mi casa estaba dentro de la suya. Ella era la mujer a la que le pagábamos el alquiler, nuestra casera, —aunque yo no sabía que a eso se le llamaba casera, porque para mí Carmen solo era la mujer que vivía en-la-parte-de-arriba y nos cuidaba—. La Luna vivía debajo de una escalera, como Harry Potter. Apenas pesaba dos kilos y era más bien fea. Era una yorkshire desquiciada y arisca que solo tenía ojos para los perritos-peluche. Un día, mientras Carmen me estaba haciendo el bocadillo para la merienda, le pedí permiso para ir al baño. Me deslicé por el pasillo luminoso de la casa y alcancé la escalera pintada de verde que daba a la azotea. Allí estaba. La Luna. Toda enrollada como una especie de bicho carretero recién parido. Los muñequitos le sobresalían por debajo del pelo grasiento. La perra alzó la vista y por un segundo aguantó la respiración. Abrió la boca, sacó los dientes y comenzó a ladrar. Al escuchar la escandalera, Carmen vino corriendo y me gritó: Aaaaah no miniña, los muñequitos son los hijos della, no se los toques porque se pone como el mismo demonio. Y me apartó agarrándome por el brazo.

Ella era la mujer a la que le pagábamos el alquiler, nuestra casera, —aunque yo no sabía que a eso se le llamaba casera, porque para mí Carmen solo era la mujer que vivía en-la-parte-de-arriba y nos cuidaba

Carmen me llevó al salón y me sentó en la mesa. Mi niña, la Luna tiene un embarazo psicológico, me dijo colocando el plato con el bocadillo sobre el mantel de ganchillo. Era de chorizo perro y eso me puso contenta. Me sirvió un poco de refresco y empecé a comer. Un embarazo psicológico, un embarazo psicológico, un embazaro sipológico, un embrazaro pisogílico, empecé a repetir dentro mi cabeza sin comprender el significado. Unos días después, cuando Carmen me volvió a invitar a subir a su casa y pasé por delante de la Luna, lo vi todo claro: Carmen también tenía un embarazo psicológico. Ella no tenía hijos. Ni nietos. Viviendo encima de nosotros nos incubaba, como la Luna a los perritos sintéticos. Yo era su hija de mentiras y por eso me hacía bocadillos. En eso consistía su función en la vida: cuidarme, cuidarnos, no dejar que nos faltase de nada, preguntarnos si todo estaba bien, asegurarse de que no las estábamos pasando canutas, darnos un plato de potaje de coles cuando no lo teníamos, mandarnos un guasap para saber si nos hicieron un ERTE, ofrecernos una pequeña reducción del alquiler, llamarnos por nuestros nombres, no deshumanizar nuestra relación hasta el punto de desconocer por completo la forma de nuestras caras, el color de nuestros ojos, la espesura de nuestras cejas, vernos por la calle y ser capaz de saludarnos, sonreírnos, responder al maldito ingreso del alquiler con un mensaje: Todo va a salir bien, no se van a quedar en la calle.