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María Jiménez

Mi amiga Daniasa, que sabe de la importancia de los nombres, me regaló una foto de una tumba en una carretera polvorienta de Fuerteventura. Una cruz marca el lugar con una inscripción que reza “sin nombre”. Pienso en el poder que tiene un nombre para conformar una identidad, una esencia. ¿Es esto lo que hace de la foto un paraje desolador, al tiempo que un desafío poderoso para las nociones de dignidad, violencia y memoria? Más allá de esta preciosa foto, la desconexión del nombre con la materia, con el cuerpo, parece ser el problema de la memoria histórica de cualquier país, y de las fosas comunes donde todo rastro de individualidad se pierde.

Hay igualmente que ser cauteloso con quien quiere saber tu nombre. Por eso algunas gentes, otras gentes, guardan celosamente uno mientras exponen otro al público. Este era, por ejemplo, el caso de los yahis en Norteamérica, que guardaban sus nombres en privado mientras poseían uno que podían comunicar, tal como observó el antropólogo Alfred Kroeber, amigo de Ishi (considerado el último superviviente yahi) y a su vez padre de la escritora Ursula K. Le Guin. Nombres tabús que contienen el secreto de las esencias, o que establecen una excepcional relación entre la metafísica y el materialismo.

Asociación de vecinos Guayanfanta
Asociación de Vecinos Guayanfanta en Punta Brava
Pienso que esto es lo que pudo inspirar a Le Guin para crear uno de sus cuentos más maravillosos, The Rule of Names (Las reglas de los nombres), donde un grupo de niños y niñas aprenden que no es educado preguntar por los nombres de la gente y que no debe decirse nunca el propio. Ello responde a un tipo de magia que necesita nombres para dominar, pues, como se dice en el cuento, “el nombre es la cosa (…), y el verdadero nombre es la verdadera cosa. Conocer el nombre significa controlar la cosa”. Dos nombres tiene también el protagonista mestizo de la novela El hombre que se enamoró de la luna, de Tom Spanbauer, llamado Afuera-en-el-cobertizo o Duivichi-un-Dua, su nombre indígena, posiblemente soshone, y cuyo significado, en principio, desconoce. La trama de la novela es el viaje de este en busca de la identidad que encierra su nombre indígena, a la vez que averigua elementos de su lado tybo (blanco). El relato arranca de esta manera: “si tú eres el diablo, no soy yo el que cuenta esta historia”.

Hay que ser cauteloso con quien quiere saber tu nombre.

De modo que no es solamente la falta de un nombre lo que crea desconcierto, sino también la posibilidad de que un nombre contenga otros nombres, incluso que estos nombres encerrados y tapados sean el “verdadero” nombre, si es que tal cosa es posible. ¿Pasaría algo similar con la toponimia en las Islas Canarias? ¿Cuáles son nuestros verdaderos nombres cuando sabemos con seguridad que una guerra cruenta, hace tiempo, los borró o cambió?

¿Qué decir también del nombre de Punta Brava? Parece uno sencillo, plano, discreto y descriptivo. Incluso podrías cambiarlo de orden: Brava-está-la-Punta. ¿Siempre está brava? Bueno, es cierto que este mar incesante tiene algo de calma; al tiempo que no deja de ser cierto que la vida cotidiana tiene siempre un halo de violencia. Todo en este nombre podría ser así de simple, incluso con estas paradojas. Lo sería si Punta Brava o Brava está la Punta fueran en sí un único nombre. El nombre primigenio… Pero la historia nos cuenta otra cosa.

En primer lugar, no siempre la zona se llamó Punta Brava. Sobre esto volveré enseguida. En segundo lugar, el barrio encapsula tantos nombres como personas lo habitan y transitan, pero también con calles con nombres propios, como la Víctor Machado (antiguo propietario de tierras) y una ristra de nombres guanches en placas: Pelinor, Tinguaro, Bencomo, Tegueste, Guajara, Romen, Añagua, Guayafanta, Pelicar, Acaimo, Ruiman, Beneharo, Dácil, etc. (al nombre de Guetón, hijo del mencey Añaterve, alguien le ha puesto una escala musical con un Re delante, para leerse ReGuetón). Estos nombres crean un singular tejido que interconecta los rincones profundos del barrio.

Calle Acaymo en Punta Brava
Calle Acaymo en Punta Brava
Sin embargo, no queda del todo claro qué pueden evocar en una Punta Brava en transformación, con los nuevos y viejos elementos que las presencias locales o de paso aportan al paisaje urbano. ¿Son estos nombres una forma de darle soporte identitario? ¿Responden al capricho de algún concejal nacionalista? ¿Constituyen un derivado de la tendencia de los años setenta y ochenta de recuperar nombres indígenas para una nueva generación? ¿Están para la mirada turista? Sea la que fuere la respuesta, los nombres guanches agarran toda la fuerza de la ambivalencia en este paisaje moderno.

Los nombres precoloniales recuperados hoy día parecen remitir a una fuerza que lucha por concretar lo que la historia ha diluido. Como esa primera gran fosa común que dejó la Conquista en estas Islas: huesos confundidos, nombres perdidos. De alguna manera estamos esperando aún que la historia pueda ser, que se pueda besar tras la discontinuidad que plantea el silencio de las fosas; incluso no sabemos si otras fosas están planteando un impasse mayor, otra discontinuidad, o si son la prueba de la perseverancia de una historia violenta. ¿Cómo hacer merecer a la historia en esta inmensidad anónima?

Sobre los años sesenta, según cuenta el arqueólogo Diego Cuscoy, aparecen cráneos y otros huesos en las cuevas de Punta Brava. Quizás el lugar fue una necrópolis indígena. Sabemos que, en el mundo precolonial de Canarias, la muerte y la vida no estaban separadas, no eran dimensiones mutuamente excluyentes. Es posible que este sitio siga pesado. Sobre esas muertes sin nombres reconocibles se erige el barrio, que ahora teje sus calles recuperando nombres guanches, que a su vez también han pasado a formar parte de la banalidad mainstream de elementos visuales que consumimos en el día a día del barrio: desde signos promocionales de Loro Parque a carteles de bares cerrados como el “Calypso”, “mensajes de Dios” en pegatinas, publicidad vertical del steakhouse Brunelli´s o letreros con especies de interés pesquero en Canarias. Parafraseando al historiador Viera y Clavijo cuando habla del bautismo de los menceyes (reyes guanches) tras la conquista: Con el turismo y la recuperación de nombres iba cambiando el aspecto de todo el país. Una nueva distracción.

Brunelli's steak house en Punta Brava
Brunelli’s steak house en Punta Brava
Pero no sólo retiene el barrio nombres de esta manera; Severiano, el padre de mi amiga Candy, intenta, de memoria, darme los nombretes que recuerda de su infancia en el barrio: “el Medio peseta”, “el Soruga”, “el Pejeverde”, “Lola la Perdida”, “el Guirre”, “Nicolás el Chino”, etc. Por Marcial conozco a “Toña la negra” y por mi amiga Jessica “el Patita” y a “Tortuga”. También hay nombres que otrora se ensanchaban para denominar toda la zona (Lazareto siendo uno de los más notables, y del que hablaré en el siguiente capítulo). Uno de los más antiguos nombres de Punta Brava es María Jiménez. Un pequeño libro de historia del barrio, en su parte escrita por Juan Rodríguez Yanes, dice que se le dio por una mujer que vivía “en las traseras de las casas del gato Maruca y de doña Fidencia” (cuando el lugar era solamente la calle Bencomo y el resto tarajales) y que “hacía favores a los hombres”, de modo que los marineros del puerto solían decir “vamos a María Jiménez”, dando nombre a todo el lugar. La historia y el significado del nombre de María Jiménez se dispersaron en la memoria local, reducido el nombre a una de las playas más próximas al barrio, socavada la suya con otras presencias arrolladoras. Ese libro pequeño no da pistas sobre la fecha en que los marineros le dieron ese nombre.

Existe otro lugar en la Isla también llamado María Jiménez por una mujer que allí tenía su negocio. ¿Sería la misma María Jiménez la que tenía una fonda en la zona de Santa Cruz conocida como Bufadero? ¿Cuándo fueron las historias de estas Marías Jiménez que son capaces de dar nombre a lugares enteros? ¿Son la misma persona? Alguien del barrio me dice que era puta, otro que simplemente tenía una tienda; otro que ni siquiera existió. Las mujeres sonríen. Pero, se me antoja también, que bien podría haber sido María Jiménez la alcaldesa de facto de Punta Brava, la mujer que propiciaba la ley y registraba los acontecimientos (porque recordemos que “Washington”, el otro nombre con el que era conocido el barrio, no era sólo porque estuviera al margen de las normas municipales, sino porque tenía sus propias leyes), al igual que quizás podría ser una conocedora de los cráneos y los rituales de muerte de los más antiguos moradores. La alcaldesa Jiménez podría ser como aquella otra mujer, también prostituta, historiadora y alcaldesa, llamada Ida Richilieu de Idaho, en la novela de Spanbauer. Hasta, pienso, pudo ser la antepasada político-espiritual más directa del viejo alcalde del Puerto Marcos Brito, a su vez antiguo profesor del antiguo colegio público de Punta Brava y un personaje muy ligado al barrio. No puedo pensar en nada más simbólico que un cruce de calles con los nombres Marcos Brito-María Jiménez.

Pablo Estévez Hernández (Tenerife, 1985) es Doctor en Antropología por la Universidad de La Laguna. Es miembro del Grupo de Estudios Descoloniales y Pensamiento Crítico y de TURICOM. La experiencia turística: Imagen, Cuerpo y Muerte en la cultura del ocio. Profesor asistente de Antropología del Turismo en Escuela Universitaria de Turismo Iriarte. Su trabajo de investigación está centrado en las categorías étnicas, las fronteras y la movilidad, pero sus intereses se expanden al turismo y al poder, a las metáforas que piensan el territorio y a las culturas viajeras.

Lilia Ana Ramos (La Matanza de Acentejo, 1988) estudió Ciencias Políticas y Fotografía en Valencia. Su trabajo personal gira en torno a la identidad y el territorio, como el fotolibro autoeditado 'Atlanticidad'. Actualmente reside en Tenerife, desde donde coordina el Photobook Club Canarias y es parte de la organización del encuentro de artes visuales Veintinueve Trece (Lanzarote), acciones que compagina con su labor como fotógrafa comercial.

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