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El libro de los árboles

Lilia Ana Ramos y Pablo Estévez Hernández

Brava está la Punta se compone de una serie de reportajes sobre aspectos relacionados del turismo, la naturaleza y la vida cotidiana de un barrio en este último año pandémico y raro; visto todo desde Punta Brava, en Tenerife, que ofrece una perspectiva única sobre estos temas.

El colegio de Punta Brava, el CEIP Punta Brava, está literalmente incrustado en Loro Parque. Se ve que es el cacho de terreno que decidió aguantar, ―como un barco pirata que no se rinde―, a la compra de fincas que haría el propietario del parque durante la década de los noventa. Este fisco de espacio público rompe la continuidad del parque. Los gritos infantiles se confunden en los recreos con los graznidos de aves de todos los tamaños y colores, que pueden divisarse desde las ventanas de las aulas, cruzándose sus miradas desde sus respectivas contenciones; el cautiverio propiciado por el parque y la asistencia obligatoria de las instituciones del Estado. Algunas niñas y niños del colegio juegan por las tardes en la plaza de la iglesia (donde hay una propela de un vapor noruego varado), mientras padres y madres toman cortados en las mesas de los bares. Juegan al otro lado de la carretera donde está el parque y el colegio varado. Juegan con los móviles, sacan fotos. Pero juegan también a lo de siempre, a que son cosas, a que son robots, a que son monos, a que son barcos que encallan, a que son piratas, a que son invisibles.

Mientras el colegio encallado intenta hacer adultos a los niños y niñas, el parque intenta rescatar la niñez de los turistas-consumidores adultos.

Quizá lo más gracioso de esta facultad mimética, al menos en la imaginación del adulto, es cuando los niños y las niñas se comportan como los adultos y las adultas de esta sociedad. Esos juegos, juegos iniciáticos como “los médicos”, son un reflejo del mundo “serio” adulto al que llegaran. Es como una inversión momentánea propia del juego, o como un carnaval cotidiano que se repite hasta que maduramos. Juegos de niños… decimos… Juegos de niños que imitan la adultez. Y luego está esa otra magia, que bien podría ser la facultad mimética del turismo. Mientras el colegio encallado intenta hacer adultos a los niños y niñas, el parque intenta rescatar la niñez de los turistas-consumidores adultos. Lo obligado en el juego del Estado vía la enseñanza pública es la responsabilidad, el comportarse correctamente, los valores cívicos, pero también el conocimiento secular de la naturaleza, etc. El parque invierte eso: lo obligado es la fantasía, el comportamiento distendido, la ensoñación; y de nuevo una naturaleza animada… El parque busca al “niño interior” para hacerle salir y disfrutar del mundo que tenía antes de que cierto desencantamiento burocrático y estatal fuera perforando poco a poco su burbuja. Y he aquí una burbuja perfecta, rodeada por altos muros y redes que contienen el vuelo de los pájaros. De hecho, la imagen de un colegio gris (que es más bien beis tirando a marroncito) en los contornos exóticos del parque, me recuerda mi angustia por las normas típicas de estos centros; y, al tiempo, el goce que sentía de chico al visitar el parque.

el libro de los árboles En los parques temáticos son los niños y las niñas las que se sienten en casa, las que conocen a la perfección el mundo de fantasía al que los turistas adultos tienen que regresar mediante una maniobra nostálgica. El niño sabelotodo de Parque Jurásico lo atestigua frente a la incredulidad de los adultos que visitan por primera a los dinosaurios. Tres cuartos de lo mismo en Loro Parque: este mundo no es para botánicos y zoólogos, lo es solo para el espíritu niño que tiene o alguna vez tuvo una deslumbrante facultad mimética. Como pasa con Disneyworld y otros parques temáticos en general, el espacio se convierte no sólo en un mundo de fantasía infantil, sino más bien en la proyección y materialización de la imaginación de los adultos sobre la imaginación de los niños.

Y sin embargo, pese a la dialéctica provocada entre el centro de enseñanza (racionalidad modernizadora) y el parque (magia re-encantadora), este colegio es para mí, al mismo tiempo y en el contexto de Punta Brava, el barco pirata, encallado más lejos de donde llegó el vapor noruego Titli en 1910. Sólo hay que ver su pequeño tamaño, su timidez e inercia a la rebelión; siendo una anomalía para un mundo de fantasía que claramente no es real, sino otra cárcel. Podríamos plantearlo así: tanto colegio como parque se basan en una misma narrativa de la vida humana y animal. Siguiendo el esquema de una cierta evolución, los niños y niñas van en un camino irreversible hacia la madurez. Es el rígido sistema educativo, su desencanto gris (o beis) y su conocimiento secularizado lo que nos va abocando hacia la adultez, como si todos esos cursos sucesivos (la ESO, el Bachillerato,…) fueran en sí un potente y estructurado ritual de paso. Los poderes de este proceso guiado por el Estado son inquebrantables. Otra manera de ver la resistencia del colegio frente al parque es desde esta perspectiva: ni siquiera la acumulación de capital y el deseo turístico pudieron evitar que el colegio dinamitara el trazo perfecto del parque al otro lado de la carretera de Punta Brava, nada puede parar la educación pública heredera de la modernidad ilustrada. Y, siquiera así, la extensión de este poder es aprovechada igualmente por el parque, que necesita un mundo desencantado para que lo que esconde tras su fortaleza brille. Nada más habitual que las visitas escolares a Loro Parque en esta isla.

Podríamos plantearlo así: tanto colegio como parque se basan en una misma narrativa de la vida humana y animal.

No todo queda, no obstante, tan delineado como pudiera parecer, como tampoco son posiciones estables las que separan la carretera que atraviesa Punta Brava, y que segrega el parque y el colegio del resto del barrio. El parque produce magia, pero al coste de racionalizar y controlar eficazmente los trabajos regulados de cientos de empleados que son explotados, al tiempo que regula y compartimenta el cautiverio de los animales bajo su dominio. Por otro lado, el colegio puede atestiguar lo mejor de la reproducción ideológica de este mundo desigual, pero se convierte en un barco pirata desde el momento que encalla en el parque, como queriendo liberar a los animales; y desde el momento que el recreo estalla en un explosión de gritos (cuando los niños y las niñas se rebelan contra toda la cultura adulta en el único espacio de tiempo regulado para ellos y ellas en la enseñanza).

El turismo demanda, curiosamente, la misma escala evolutiva de la conciencia humana que el sistema educativo sostiene. Una vez más, la proyección de un sistema turístico que tuvo el escritor Francisco González Díaz a principios de siglo pasado se torna increíblemente reflexiva para este momento, además de añadir un matiz ambivalente a todo el asunto. González Díaz fue un animalista declarado y un promotor de la reforestación –era conocido por sus contemporáneos como “El apóstol del árbol”. Escribió un libro sobre árboles dirigido a los niños, Niños y árboles. Para una lectura en las escuelas (1913). Vale la pena recordar que el autor fue, de entre los escritores canarios de las primeras décadas del siglo XX, el más ferviente demandante del turismo de masas. Recordar esto desde nuestro particular presente es cuanto menos irónico, pues al orden del turismo actual de masas pertenece este parque que es una cárcel de animales, amén de los impactos ambientales que ha producido esta modalidad de turismo en las Islas. Sin embargo, sobre 1910, el apóstol del árbol no podía sospechar que el turismo de masas pudiera tornarse tan nocivo. Aun así, percibió los daños antropocénicos en estas islas pequeñas y sintió al respecto la necesidad de escribir un libro para niños. Con todo, como en el caso de Alicia en el País de las Maravillas, se tiene la sensación de que este libro bien pudiera tener una interlocución dirigida inconscientemente hacia la gente adulta. Quizá esta sea la magia de los libros para niños: que nunca quedan enteramente fijados en una categoría construida socialmente, al contrario que los libros de “adultos”, que ponen todo su sesgo por delante.

El turismo demanda, curiosamente, la misma escala evolutiva de la conciencia humana que el sistema educativo sostiene.

Me pregunto si este libro de los árboles para niños y niñas, como cualquier otro para el mismo público, no contiene acaso los mismos mecanismos que perpetúan el orden de exclusión dado por las lógicas del Estado y el sistema educativo que considera la infancia una fase hacia la adultez. Al fin y al cabo, al dirigirse a niños y niñas les previene de un mundo ajeno, como si por un instante se les incluyese dentro de su exclusión (como cuando en una conversación adulta hacemos que también incluimos a los niños bajando la voz y poniendo otro tono). El polemista González Díaz, apóstol del árbol, podría estar ocupando ese tono pedagógico, como diciendo que en materia de protección ambiental incluso el mundo adulto debería rebajarse a la niñez. Y lo mismo podrían estar pensando los promotores de Loro Parque desde su mirada más pedagógica: sólo tematizando mágicamente este espacio puede el adulto moderno comprender la fragilidad de la naturaleza. Entonces caemos en la infantilización de todo: de niños, niñas, de los turistas adultos y de los vecinos con su “simpleza” y su naturaleza “chica”.

el libro de los árboles

Es la versión de la imaginación adulta sobre la imaginación de los niños y niñas, como mis intentos de descifrar los juegos de la plaza de la iglesia, la que posibilita una lectura exclusiva en su inclusión del libro de los árboles. Pero me pregunto si otro libro de los árboles podría ser escrito hoy por los mismos niños y niñas, como un ejercicio en el punto intermedio del Parque y el Colegio y el Barrio (no en el medio de la carretera, donde los niños y niñas corren siempre peligro). Al tiempo, hoy día, otros niños catalogados como “migrantes”, que ven negado su estatus por adultos que representan al Estado, juegan en el polideportivo de Punta Brava, un poco más allá del parque y de la plaza de la iglesia. Me pregunto qué libro podrían escribir conjuntamente sobre la naturaleza, en un mundo donde los niños y niñas han comenzado a gritar en las calles por el estado en el que adultos de todas partes están dejando el planeta. Reescribir este libro en la era del cambio climático, de la contaminación de los mares o del encierro de animales podría partir de reescribir las asunciones de cada apartado de su llamativo índice: “Lo que es un árbol”; “Lo que es un niño”; “Elogio de la amistad”; “El gran amigo, el gran protector” y “La Fiesta del Árbol”. Existe una tierna simpleza a la hora de abordar la explicación que ha de darse en escuelas públicas. No tan simple es uno de los presupuestos generales del libro: “Cada árbol que nace protegido por un niño, sugiere la idea de dos vegetaciones que mutuamente se robustecen, de dos existencias paralelas henchidas de promesas”. Por relamidas que sean a veces las valoraciones del apóstol del árbol, ésta es una que parece encajar con los enfoques teóricos actuales más urgentes sobre los conflictos abiertos por el cambio climático.

Pero me pregunto si otro libro de los árboles podría ser escrito hoy por los mismos niños y niñas, como un ejercicio en el punto intermedio del Parque y el Colegio y el Barrio.

A pesar de esta radicalidad de niños y árboles (que se pregunta, entre otras cuestiones, qué es un árbol y qué es un niño y qué es la amistad), no deja de ser sospechosa la relación que habitualmente se establece entre niñas/os (y mujeres) con la naturaleza, es decir, el estado primitivo resultado de las narrativas de la evolución humana (también estarían en este estado los primates del parque y el resto de animales que están en su escala “inicial”), un estado que se enseña en colegios y que el parque explota. El libro de los árboles podría ser igualmente ese susurro perverso que quiere rentabilizar esa ligazón “natural” para una conservación ideal de la naturaleza. Sería como ese murmullo inocente al buscar la complicidad de un niño en una gesta ideal. Una niña una vez me enseñó algo valioso, que podría romper la misma narrativa que nutre estos dos lugares y fuerzas (Estado y turismo): que los niñas y las niñas no son como “adultos en miniatura”, que la niñez no es una fase por la que los humanos pasamos irreversiblemente, sino una forma de vida en sí misma. Todo esto problematizaría mi sueño de un libro de los árboles actual, pero al tiempo daría una visión más completa que esa de la versión de la imaginación adulta de la imaginación de los niños. En otras palabras: de la infantilización del mundo que produce el turismo.

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Lilia Ana Ramos (La Matanza de Acentejo, 1988) estudió Ciencias Políticas y Fotografía en Valencia. Su trabajo personal gira en torno a la identidad y el territorio, como el fotolibro autoeditado 'Atlanticidad'. Actualmente reside en Tenerife, desde donde coordina el Photobook Club Canarias y es parte de la organización del encuentro de artes visuales Veintinueve Trece (Lanzarote), acciones que compagina con su labor como fotógrafa comercial.

Pablo Estévez Hernández (Tenerife, 1985) es Doctor en Antropología por la Universidad de La Laguna. Es miembro del Grupo de Estudios Descoloniales y Pensamiento Crítico y de TURICOM. La experiencia turística: Imagen, Cuerpo y Muerte en la cultura del ocio. Profesor asistente de Antropología del Turismo en Escuela Universitaria de Turismo Iriarte. Su trabajo de investigación está centrado en las categorías étnicas, las fronteras y la movilidad, pero sus intereses se expanden al turismo y al poder, a las metáforas que piensan el territorio y a las culturas viajeras.

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