Las pequeñas penitencias

Las pequeñas penitencias

Adrea Abreu

Tía Angi me lo dijo bien clarito: Ni se te ocurra botarte por las escaleras, ni se te ocurra. Me lo dijo tan clarito que entendí que me podía pasar algo realmente malo si lo hacía, si me botaba por los escalones del patio de abuela con el correpasillos plástico. Lo hice. Cuando ella y mi madre y abuela se metieron en la cocina para recalentar el café recalentado, me boté por las escaleras. Todo era sangre y mocos. Caliente, suave. La ceja se me abrió como una grieta en la tierra seca, como una flor recién nacida. Todavía conservo la raja, se asoma cuando me despelujo las cejas después de lavarme la cara por la mañana.

A veces me pregunto qué era lo que me llevaba a hacer esas primeras pequeñas penitencias. Primero pensé que mi continuo afán de protagonismo. Luego, con la luz de los años, comprendí que había un deseo mucho más profundo, más oscuro: el castigo, la mortificación. Las pequeñas penitencias empezaron muy temprano y, de alguna manera, aún perviven. ¿De dónde me nace esa necesidad de autocastigo? Cuando lo pienso, me doy cuenta de que esos primeros castigos de picos de penca en la mano aparecieron en aquella época en la que empecé a masturbarme compulsivamente. La imagen de Dios era para mí terrible. La maestra de catequesis y abuela repetían, con mucha asiduidad, que Dios castiga. Yo comencé a pensar que, como siguiese restregándome contra los cojines, Dios iba a venir a arrancarme el chicle de cuajo, el chicle, como yo llamaba al clítoris en aquel momento. Creo que para hacer ver a Dios que, en realidad, no estaba tan orgullosa de mi nueva obsesión sexual empecé a hacerme pequeños daños, para que, cuando llegase el momento de la justicia final, Dios solo tuviese que infringirme un 50% del castigo que me merecía.

Aprendí a decir que no, a enfadarme sin sentir miedo. Pero seguían estando. Las pequeñas penitencias, las putas pequeñas penitencias del demonio. Aún están ahí. Vivo por y para acabar con ellas

Eran laceraciones casi imperceptibles pero constantes. Pegarme un chicle en la raíz del pelo para tener que cortármelo todito, clavarme un lápiz en la mano como un picazo de pájaro, aguantar la respiración demasiado rato debajo del agua de la bañera, meter el dedo meñique en el huequito abierto de la ventanilla del coche. El meñique, el más pequeño y miserable, para que, cuando mi madre la cerrase, se me escachase como un caracol de tierra con todas las tripas salidas por fuera. Todo tenía que parecer un accidente. Nadie podía sospechar que quería hacerme daño de forma intencionada. Aguantarme las ganas de cagar y de mear hasta que me doliese todo el cuerpo. Arrancarme los pelos del brazo, uno a uno, lentamente, como intentando comprender la esencia misma del sufrimiento. Poco a poco las penitencias fueron mutando. Ya la idea de Dios no estaba tan presente. El autocastigo era el orden nuevo de las cosas. El sentido de mis días. Antes de sentarme a estudiar, tenía que realizar una cadena de acciones que, si no se daban tal cual yo quería, me impedían continuar. Era un dolor constante, una imposibilidad continua. Mi nuevo castigo era la repetición obsesiva de los actos. Por eso estaba hasta las doce de la noche haciendo la tarea y me acostaba tarde. Porque la mayor parte del tiempo la pasaba repitiendo movimientos absurdos, pero que para mí eran absolutamente necesarios.

A los quince el autocastigo alcanzó su punto álgido. Me gustaba un chico italiano que conocí en un intercambio. Era alto con los ojos verdes y, como yo, tenía una raja en la ceja. Quería ser barman. No me besaba pero me metía la mano en el bolsillo de atrás del pantalón. Cuando regresé a mi casa, me obsesioné con él. Ahora Dios era un chico italiano de diecisiete años que llevaba los vaqueros por debajo de los calzoncillos. Empecé a encerrarme en el baño para darme machacazos en la cabeza. Solo dos o tres golpes por vez, no podía escucharse, tampoco quería reventarme las neuronas. Todas mis notas tenían que ser sobresalientes. En un determinado punto, me di cuenta de que comía mucho, de que tenía mucho fondo. La comida fue la nueva masturbación. Estudiar y pasar hambre, las nuevas penitencias. Empecé a obsesionarme con el grosor de mis brazos y mi papada. Solo diez arvejas, solo este poquito de arroz. No tengo hambre, no tengo ganas de comer. La escalada de los pequeños suicidios diarios fue aumentando. Estudiar y pasar agonías. Ordenar mis acciones. Algunos años después caí en una tristeza profunda. Hice terapia alternativa. No me funcionó. Bailé. Canté. Me inventé una nueva personalidad jipi. Prediqué el poliamor y aprendí a usar un skate. Me mudé, subí, viajé, terminé una carrera, tuve dos, tres, cinco, diez, veinte experiencias sexuales. Salí del cuarto de la depresión. Aprendí a decir que no, a enfadarme sin sentir miedo. Pero seguían estando. Las pequeñas penitencias, las putas pequeñas penitencias del demonio. Aún están ahí. Vivo por y para acabar con ellas. Me obsesiono con ducharme antes de desayunar y me obligo a desayunar primero. Me peleo contra la idea absurda de que solo nos pertenece una minúscula parcela de placer. Una huertita de uno por uno en la que solo caben cuatro lechugas y cuatro coles. Me peleo contra la idea de que solo nos merecemos el bocadillo de dulce de guayabo si primero hicimos la tarea. Que no nos corresponde una segunda galleta, otro ratito sin hacer nada. Que siempre hay que ganarse el disfrute. Que no basta con estar viva para merecer.

Periodista, escritora y directora del Festival de Poesía Joven de Alcalá de Henares. Máster en Periodismo Cultural y Nuevas Tendencias. Autora de la novela 'Panza de burro' (Editorial Barrett, 2020).

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