La respuesta estaba en sus ojos

La respuesta estaba en sus ojos

Armando Ravelo

En abril de 2019 presenté la novela ‘Doramas, bajo los pies de nadie’ en la Feria del Libro. Un libro que conseguí editar con la inestimable ayuda de mi gran amigo y socio Pedro Pérez después de algunas dificultades que nos hacían presagiar que no llegaríamos a la fecha de la presentación. Finalmente, lo logramos y tuvimos la alegría de saber que el libro se convirtió en uno de los más vendidos de la Feria, algo totalmente inesperado para nosotros. La fecha que nos asignaron parecía buena, pero luego descubrimos que ese mismo día se celebraría un importante partido de fútbol y todo apuntaba a que no tendríamos demasiado impacto. Nos equivocamos, la carpa se llenó e incluso hubo gente que veía el evento desde fuera, de pie.

Durante la rueda de preguntas finales, una me sorprendió como un disparo súbito al mar de las reflexiones. Un disparo que no encontró destino alguno, ya que nunca había terminado de dar forma a la respuesta a una cuestión que hacía tiempo me rondaba por la mente: ¿Qué es la canariedad? El responsable de la pregunta fue un profesor de Primaria de un colegio del sureste de Gran Canaria. Visité su centro en dos ocasiones y pude comprobar como los y las docentes se dejaban la piel por transmitir la Historia, costumbres y cultura de Canarias al alumnado de una manera creativa y deliciosamente cautivadora. He conocido muchos profesores y profesoras concienciados, pero nunca vi a todo un centro unido en pos de asentar una identidad sana y vigorosa. Usando herramientas como el teatro, la música o la literatura, creaban un ambiente propicio al aprendizaje, uniendo valores e identidad. Créanme cuando les digo que los niños y las niñas de ese colegio tenían un aire especial. Una especie de autoestima pura sobre su legado y su sentido de pertenencia que no he encontrado en ningún otro centro y he visitado cientos en estos años. Se respiraba todo eso, pero sobre todo, se respiraba amor.

Pero volvamos al profesor. Ese hombre había venido desde el sureste hasta Las Palmas de Gran Canaria y había esperado a que abrieran temprano las carpas para comprar la novela. Estaba entusiasmado, los ojos le brillaban. Pero yo no podía responder.

Nunca se lo dije a ese profesor sentado en la tercera fila, pero él inspiró la respuesta a su propia pregunta. ¿Qué es la canariedad? Tras unos segundos en blanco, hallé mi respuesta al mirarle a los ojos

Dicen que una de las propiedades del amor, que es un sentimiento, es que no puede verse. A veces, lo imposible sucede y puedo afirmar que en aquel colegio vi el amor nítidamente. Si el amor puede darse en conjuntos, se podría afirmar que primero uno se debe amar a sí mismo, con mesura y comprensión; después de este núcleo vendría la familia, los amigos y luego el pueblo al que uno pertenece. Eso no entra en contradicción con amar a la humanidad o sentirse ciudadano del mundo. Es simplemente un paso más, lógico y natural, en donde uno cuida, preserva y trata de llevar adelante un legado compartido con personas que comparten desde un territorio hasta un imaginario colectivo, desde una idiosincrasia hasta una cultura propia y diferenciada con la vocación de aportar al crisol de culturas humanas. Es un elemento integrador para el visitante, al tiempo, nos ayuda a acercarnos a otras culturas y apreciarlas con el mismo principio que afirma que es difícil querer a otros si no nos queremos a nosotros mismos. Ese amor es, entonces, un conjunto más que nos lleva a amar a la humanidad desde la identidad y nos permite tener una visión global de unidad en diversidad. Pues puedo afirmar que era precisamente ese amor el que movía al profesorado en aquel lugar, fluyendo hacia sus alumnos y alumnas, fortaleciendo el tejido social de un centro modélico y ejemplar.

Nunca se lo dije a ese profesor sentado en la tercera fila, pero él inspiró la respuesta a su propia pregunta. ¿Qué es la canariedad? Tras unos segundos en blanco, hallé mi respuesta al mirarle a los ojos: “la canariedad es amor”. Un amor para unir, para comprendernos, para aprender. Un amor para descubrir nuestro pasado y hacer crecer nuestro presente hacia el futuro con la perspectiva que da el tiempo. Un amor para forjar un tejido indestructible que nos haga fuertes como comunidad, que nos de autoestima, que nos haga creer en nosotros, como individuos y como pueblo.

He visto ese amor en muchos ojos, en los profesionales que quieren sembrar conocimiento desde las islas, en los artistas que deciden quedarse para crear. Lo he visto en muchos profesores convencidos de que las nuevas generaciones deben unirse desde la identidad. Lo he visto en los que se tienen que ir, pero no quieren, por tener que buscar un futuro mejor. Lo he visto en el público de nuestras producciones, ávidos de contenido que nos dibuje como sociedad desde el arte para reconocernos en el espejo de la creación. Lo vi en los niños y en las niñas de aquel centro que me dieron la respuesta la noche de la pregunta de su profesor.

Creador del Proyecto Bentejuí. Director de cortos como 'Ansite', 'Mah', 'La Cueva de las Mujeres' o 'Los Ojos de la Tierra'. Autor de la novela 'Doramas, bajo los pies de nadie'.

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