Hablas mal

Hablas mal

Armando Ravelo

2020

Las noticias traen un eco que resuena en las redes: el vídeo promocional del Gobierno canario, con motivo de la celebración el 30 de mayo, cambia la locución por las protestas generadas en internet acerca del acento foráneo que presentaba la primera versión. Una buena noticia que tiene que ver con el entendimiento de la necesidad de conectar con la forma de expresarnos, habitualmente percibida como inferior a otras habitualmente elevadas a correctas, envueltas en una especie de dignidad lingüística auto-conferida y admitida por una amplia mayoría de los isleños, que parece, se va reduciendo.

Un tema, que a pequeña escala, se palpa a diario en las redes sociales donde el léxico propio está en peligro de extinción, las formas verbales son cambiadas de forma forzada para aparentar “hablar de forma más correcta” o en el acento Frankenstein (que alguno llama canario neutro, una suerte de acento canario castellanizado que agrupa en el sonido de la ‘s’ aquellos de la ‘c’ y la ‘z’) en los audiovisuales. Detrás de todos estos ejemplos subyace un tema mucho más profundo de lo que aparenta, que tiene que ver con la autoestima. Tiene que ver con cómo nos percibimos como pueblo. Al leer la noticia, realicé un pequeño viaje a aquellos momentos que marcaron mi forma de entender este tema.

1989

Televisión Española, el Telediario. Un pequeño reportaje sobre las fiestas del Pino, entrevistan a un señor mayor que explica la dinámica de las carretas. Nunca había visto nada igual hasta entonces. Si bien era cierto que no era común que desde las noticias en televisión se colara alguna de las Canarias, sí que era hasta cierto punto habitual escuchar diferentes acentos, el gallego, catalán o andaluz. Eso sí, sin necesidad de subtítulos, como le habían puesto a ese señor tan sonriente que explicaba que en su carreta había más de quince variedades de papas. Seguro que él no esperaba que unas letras colgaran de su busto exponiendo al oído poco entrenado, nada acostumbrado a nuestro acento, el significado de las palabras que aquella isleña boca emitía. Alrededor los mayores reían, “han subtitulado a un canario”. A mis siete años, me extrañó y me aportó una nueva dimensión a ser de aquí. Alguien decidió que somos los otros. Los que no hablamos bien.

2006

La Torre de Esteban Hambrán, Toledo. Un señor mayor trata de explicarme con lujo de detalles qué hay de fascinante en una corrida de toros. No consigo entender muy bien qué quiere decirme, quizá por suerte, pero sí, definitivamente unos subtítulos me vendrían bien. Hago un esfuerzo y termino por seguir el hilo de lo que quiere transmitirme. Me acuerdo de aquel señor de San Mateo de 1989. ¿Quién decidió que
somos los otros? ¿A los que no se nos entiende? No lo sé, pienso en ese momento, pero nosotros nos lo creímos. Por eso, habitualmente, a poco que queremos elevar nuestra presunta estulticia dialéctica soltamos un ‘vosotros’ (exceptuando a los isleños que de forma natural lo usan), o alargamos las ‘eses’ o marcamos las ‘jotas’. Porque percibimos que así nos entenderán mejor, o peor aún, nos creemos elevados a un inexistente podio de bienhablados. Al regresar a Toledo capital, pregunto muy seriamente cuánto vale la guagua, así, tal cual. Me responden sin el habitual “querrás decir autobús”. Porque no, no quise decir autobús, quise decir guagua. Lo considero una pequeña (y estúpida) victoria personal.

2000

Cali, Colombia. Un grupo de niños y niñas gritan a nuestro alrededor. Una joven de diecinueve años de Toledo y otra de la misma edad de Valencia. Uno de los niños dice que a ellas no se les entiende, pero que yo hablo muy bien. Sin una sola traza de malicia, ellas se ríen, piensan que es al contrario.

–Creo que la mayoría en este continente pensaría lo mismo que estos niños, y son mayoría.

Sonrío angelicalmente, pero la mirada es de demonio.

Una niña grita:

–Sí, ¡ellas hablan casi inglés!

2020

Todos esos recuerdos se van mordiendo la cola unos a otros, en círculo. Un círculo en cuyo núcleo hay una pregunta, y solo una. ¿Quién decidió que somos nosotros los que hablamos mal? La antropología lingüística asevera que cualquier pueblo tiene la potestad de afirmar que sus usos y costumbres en el habla son correctos en tanto en cuanto son la suma de las corrientes, vivencias y hábitos que definen a las sociedades. Tanto es así que se puede trazar un viaje de ida y vuelta entre la historia y el presente a través del lenguaje, tan hermoso y definido como un sendero bien iluminado e ilustrado con árboles que nos descifran como pueblo. El habla es ese hilo que nos conecta con los demás, en el que de forma inherente llevamos colgados las piezas del collar que se fue completando con el paso de los siglos. Como isleños, se trata de un legado tan precioso y legítimo que podemos llevar con natural aprecio, siendo nuestro, ni mejor ni peor, pero en todo caso correcto. Aunque algunos, quizá sin mucho afán por entendernos, quieran ponernos subtítulos.

Creador del Proyecto Bentejuí. Director de cortos como 'Ansite', 'Mah', 'La Cueva de las Mujeres' o 'Los Ojos de la Tierra'. Autor de la novela 'Doramas, bajo los pies de nadie'.

2 Comentarios

  1. Nuestro habla es tan rico, tan único que tenemos que cuidarlo como una auténtica joya. Tenemos que luchar para recuperar muchas palabras perdidas.

  2. Absolutamente de acuerdo. Ya no sólo es el acento, sino aquellas palabras fruto de nuestra histórica relación con otros pueblos (portugueses, italianos, etc.) que nos enriquecen como pueblo y cultura. Desgraciadamente se va perdiendo por culpa de una especie de complejo. Los partidos auto-denominados nacionalistas no han sabido (ni querido) mantener esa riqueza cultural.
    Gaveta, Arveja, habichuelas, alongarse, bubango, y muchísimas palabras más que se están perdiendo por simple estupidez (complejo + ansias de superioridad) y yo personalmente añadiría que por un proceso de colonización (entiéndase en un sentido no independentista…o sí).
    En fin, cada semana tengo que corregir a mi sobrino de 7 años, pero no cejaré en el empeño.
    Gracias por tu artículo y un saludo.

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