escribir como uno se arrastra

Escribir como uno se arrastra

Adrea Abreu

Palabras pronunciadas durante la ceremonia de entrega de la Cepa de Honor 2020 en Icod de los Vinos el 28 de noviembre.

Escribir como uno se arrastra

Hace quince años, un día como hoy, tenía las narices negras como las alas de un cuervo, llenas de mocos negros, como de tierra arrancada del centro de una huerta, las palmas de las manos calientes, hirviendo como un huevo guisado debajo de los guantes rojos de lana, las plantas de los tenis desgastadas, los dedos de los pies casi al aire, sostenidos a penas por una hebrita que estaba a punto de partirse. Hacía frío hace quince años y a mí me ardían los besos del corte con el aire y la boca se me ponía pastosa y con sabor a piche y yo me pasaba la punta de la lengua por los cortes y me ardía que daba miedo. Hace quince años tenía los labios sangrantes, cuarteados como las manos de una mujer de la limpieza, las manos desertificadas de una mujer que mezcla lejía y fairy y líquido del piso y quita grasa sin usar guantes. Hace quince años entraba en un trance repetitivo de subibaja por la calle, me extasiaba en el contacto con otros cuerpos, la piel se me derretía y me fundía dentro de una sola masa de carne deformada, niñas, niños, adolescentes y perros de la calle eran un solo chicle inmenso botándose por la subida de La Patita, arrastrando el penillo y las piedras y la basura de plásticos debajo del metacrilato de las tablas. Hace solo quince años mi única obsesión en este día, en un día exactamente igual que este, era derretir la vela sobre la parte inferior de la tabla, dar cinco trompos sin caerme, frenar con tiempo como para no reventarme con las gomas, hacer dedo para que un camión nos llevase hasta lo más alto, hasta el punto más elevado de Los Piquetes, del monte, de la isla misma, hasta el último pino conocido y botarme como en caída libre hasta llegar al punto más lejano, hasta el más desconocido, hasta casi caer dentro del mar resbalando por los acantilados de La Centinela. Hasta llegar a la isla de enfrente de puro impulso, de puro nervio en el cuerpo y de felicidad, de felicidad brillante y encendida.

De San Andrés aprendí que todo es un proceso colectivo, que yo no me quería arrullar sola, que la fiesta es un acto político, porque es existir y vivir a pesar de este sistema que nos escacha, que hacer comunidad es lo verdaderamente necesario

Hoy, un día como hoy hace quince años, no estaba yo pensando en lo que iba a ser de grande, porque me estaba ocupando en ser pequeña. Y ahora, ahora que soy yo mayor, o por lo menos mayor de pensamiento, que no de altura, tengo la necesidad de decir algo en frente de ustedes y lo único que se me ocurre decir es que me siento tan agradecida de haberme arrastrado en una tabla, en una tabla con barras a los lados y con esponja forrada de tela como asiento. Y que me siento tan agradecida porque arrastrarme en una tabla me enseñó todo lo que necesitaba para escribir esto y lo otro y aquello, también.

De San Andrés aprendí la falta de miedo. La completa ausencia de angustia por no saber que iba a pasar al final de la calle, si me iba a morir, si me iba a partir el cuello, y que esa falta de miedo merecía la pena, porque nada se compara con esa sensación de volar los vientos sobre la madera pintorreada con nombres de las mejores amigas. Porque nada se compara con escribir desde la libertad de quien no tiene miedo al futuro. De San Andrés aprendí el gusto por la repetición, la constancia. Domestiqué mi mente para disfrutar de la mera sucesión de caída y subida, el contraste y la complementariedad del placer de botarse con la tabla y la incomodidad de tener que cargarla de nuevo hasta arriba. La alegría que es escribir como un torrente y el esfuerzo de limpiar, pulir, cortar, las frases, las palabras. De San Andrés aprendí que todo es un proceso colectivo, que yo no me quería arrullar sola, que la fiesta es un acto político, porque es existir y vivir a pesar de este sistema que nos escacha, que hacer comunidad es lo verdaderamente necesario. Que todo lo aprendí de mis vecinos que sabían arrastrarse mejor que yo, de mis vecinas que sabían arrastrarse mejor que yo y con más fuerza y más bonito. Y en la literatura todo se lo debo a quienes se arrastraron, a quienes escribieron y existieron antes de yo existir. Y por eso, siempre que escribo, me esfuerzo en escribir de la misma manera en la que uno se arrastra: sin miedo, con constancia, con compromiso.

Y por eso, siempre que escribo, me esfuerzo en escribir de la misma manera en la que uno se arrastra: sin miedo, con constancia, con compromiso

Periodista, escritora y directora del Festival de Poesía Joven de Alcalá de Henares. Máster en Periodismo Cultural y Nuevas Tendencias. Autora de la novela 'Panza de burro' (Editorial Barrett, 2020).

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