El refugio por Pablo Estévez y Lilia Ana Ramos

Lilia Ana Ramos y Pablo Estévez Hernández

Recuerdo salir de los entrenamientos de fútbol del Puerto Cruz y tomar la curva de Punta Brava en el coche con mi madre; yo en el asiento de atrás, mirando siempre a ver si algún perro asomaba el hocico en El Refugio. El Refugio fue uno de los santuarios de animales más antiguos del norte de la Isla. Consistía en un edificio precario donde los animales abandonados y maltratados podían contar con algo de comida y atención.

Estaba en los márgenes de ese margen que es Punta Brava, más allá del Loro Parque o más allá del hotel Maritim, dependiendo de la dirección que hubieras tomado. Podías sentir la curva con los ojos cerrados y saber que estabas girando por los ladridos de los perros. Más cerquita del Refugio todavía existe una capillita con una cruz, encontrada y recolocada por la familia de Ramón Cruz, cerca de unos antiguos lavaderos. Desde esos lavaderos, la zona que ocupaba El Refugio es hoy una carretera ensanchada con dos vías. Hacia el mar hay un caminito de lava, escarpándose hasta llegar a unos curiosos edificios volcánicos que resuenan con el mar. El Refugio, creado en 1976 y cerrado en 2008, era el destino de esos animales que, muy seguramente, habían sido mercancías, con valor de cambio (adquiridos por un precio módico); y ya, cuando suponían una molestia, eran abandonados como quien tira la basura.

El Refugio era el destino de esos animales que, muy seguramente, habían sido mercancías, con valor de cambio y ya, cuando suponían una molestia, eran abandonados como quien tira la basura.

No es tan gratuita esta analogía; casi nunca tengo pretensiones metafóricas al hablar de basura. Por lo que he llegado a entender con los años, la basura apenas tiene una definición estable. Pensada dentro de los parámetros del capitalismo, la basura sería lo opuesto a las mercancías (con cero y no intercambiable valor). Por otro lado, sería algo que percibimos corporalmente, que crea abyección. También es algo que precisa regulación política y ordenación: la basura se clasifica y se le busca unos espacios concretos.

Por la misma zona donde estaba El Refugio, hacia un saliente llamado Punta Piedra Gorda, solía haber un vertedero que reunía todos los objetos desperdiciados de Punta Brava y el Puerto de la Cruz. Este tipo de vertederos comenzó a proliferar con la consolidación de la sociedad de consumo en Canarias, pasando de una economía de la reutilización a una de compra de productos preparados para la obsolescencia. Pero la basura, según distintas observaciones teóricas, no es la muerte en sí de las cosas, no es el estadio final, sino una clasificación de las cosas que las pone en una suerte de limbo (el vertedero representa este espacio a la perfección), donde los significados pueden ser negociados y donde las normas y la visión hegemónica establece lo que queda definido como basura.

La basura no queda reducida a los objetos si pensamos que el marco económico (cero y no intercambiable valor), junto a la clasificación preponderante, han operado también sobre los cuerpos de animales humanos y no humanos. Baste pensar en las mercancías de la esclavitud o baste pensar en la utilización de animales para el provecho humano; y luego pensar en la opuesto a todo eso. Cuando los mismos procedimientos políticos y económicos están en juego en la creación de categorías como la basura, entonces es solo tu metáfora contra su literalidad. Por eso Punta Brava reunió estos espacios de basura en los márgenes, siempre en otro lugar que no es en sí otro lugar; sino un lugar fuera de lugar.

Marx habló del fetichismo de las mercancías, de cómo en el capitalismo las cosas se separaban de nuestro trabajo para crearlas al punto de que cobran vida propia (de que obtienen un valor superior al trabajo para hacerlas). Marx vio en la palabra fetiche, que la antropología usaba para definir las prácticas de adoración de objetos vistos como entidades divinas, un punto sarcástico para describir cómo las mercancías nos controlan y dominan (y más aún en nuestras avanzadas sociedades del consumo). Pero Marx sólo observó esta tendencia en las mercancías, en las cosas que tienen valor en el mercado o en las que encapsulan cierta utilidad. Pero, ¿y las cosas que ya hemos desechado o consumido y que ahora están en la basura? ¿Acaso no mantienen esa dimensión fantasmal, o un cierto espíritu de lo que era esa mercancía? Sería un fetiche inusual: si el fetiche moderno es un objeto con un valor extra, entonces la basura sentida como fetiche anuncia una nueva contradicción. Mucho quitamos de la vista y mucha política de gestión desplegamos para atender los problemas territoriales con vertederos como el que hubo en Punta Brava, pero el fetichismo de la basura es algo que se enquista en la parte de atrás de la mente y se convierte en una pesadilla que retorna con fuerza.

Al final de la calle Tegueste, tirando hacia donde estaba el viejo vertedero y El Refugio, cerca de otra de las cruces del barrio, se formó otro pequeño vertedero colindando con la casa de una vecina. Hace poquito, las hijas de esa vecina decidieron reconvertir parte de lo que allí habían tirado como basura en algo así como un jardín “hecho de basura”. Usaron lavabos viejos como macetas y palés para hacer asientos. Por las tardes se puede ver el sol caer desde el jardín.

Jardín hecho de basura

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Lilia Ana Ramos (La Matanza de Acentejo, 1988) estudió Ciencias Políticas y Fotografía en Valencia. Su trabajo personal gira en torno a la identidad y el territorio, como el fotolibro autoeditado 'Atlanticidad'. Actualmente reside en Tenerife, desde donde coordina el Photobook Club Canarias y es parte de la organización del encuentro de artes visuales Veintinueve Trece (Lanzarote), acciones que compagina con su labor como fotógrafa comercial.

Pablo Estévez Hernández (Tenerife, 1985) es Doctor en Antropología por la Universidad de La Laguna. Es miembro del Grupo de Estudios Descoloniales y Pensamiento Crítico y de TURICOM. La experiencia turística: Imagen, Cuerpo y Muerte en la cultura del ocio. Profesor asistente de Antropología del Turismo en Escuela Universitaria de Turismo Iriarte. Su trabajo de investigación está centrado en las categorías étnicas, las fronteras y la movilidad, pero sus intereses se expanden al turismo y al poder, a las metáforas que piensan el territorio y a las culturas viajeras.

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