aplatanados

Aplatanados

en Bajo la sombra del guirre por

–Aplatanados, así nos quieren. –Dice mientras pega un sorbo directamente al botellín de la cerveza en su tercera versión de la tarde.

–No será que lo somos y así nos retratan. –Contesté en uno de esos desmanes polemistas que buscan incordiar más que otra cosa.

Me percaté de que su corta, pero precisa conclusión, derivaba de un anuncio de cerveza que martilleaba la pantalla de televisión y que año tras año nos machaca el ánimo con una visión bastante superflua del joven canario. El retrato robot de alguien poco aficionado al trabajo y muy dado a llegar tarde, el colegueo superficial y el asaderazo cósmico que aparta cualquier rastro del pueblo trabajador, sacrificado y superviviente que la historia demuestra que somos los canarios.

Curiosamente lo que siguió no fue un debate, ni siquiera hubo una respuesta de mi otrora apasionado amigo. Ahora, paradójicamente, parecía tremendamente aplatanado. Lo que quiera que signifique eso. El silencio, que es oro entre la amistad compartida, me permitió retrotraerme hasta los años de instituto. Un profesor saca una botella de champán y una copa, se sirve, la levanta sonriendo cambiando su habitual rictus seco más propio del tímido que del serio. Su encorvada figura se percibe hoy más escultórica.

–Hoy es un día para celebrar.

La fecha era el 20 de noviembre. Ese profesor, comunista confeso, teñía de rojo las asignaturas de Historia y Economía en el bachillerato de mitad de los 90. Su esquiva mirada se entretenía en la puerta mientras departía sobre Hitler, Keynes o Henry Ford, deslizando la idea de que el pánico escénico no le había abandonado en las décadas que llevaba dando clases. Las personas nos pueden marcar por su belleza, su simpatía o por detalles similares que dejen muesca en los recovecos de nuestra mente, corazón o alma. A veces en las tres opciones. En su caso, la marca la dejó en mi cabeza su apasionado pensamiento salmón, siempre a contracorriente, a veces irreverente, a veces estimulante. Hasta ese momento nadie se había acercado a la idea de asociar el turismo como un mal para Canarias, al contrario, corrían libremente los anuncios de paisanos serviles y sonrientes animándonos a sonreír y ser amables con los que nos daban la vida económica.

Nunca le había visto tan enfadado como en aquella clase. Como un púgil foribundo o un rapero entregando su fuego interno a su público, el profesor comenzó a disparar palabras como proyectiles contra nuestra idea preconcebida de que el turismo era el sacrosanto bellocino de oro para todos nosotros. “Ninguna economía seria y estable basa su éxito en el sector terciario, tenemos potencial para generar industrias maduras y sostenibles, somos un pueblo que siempre se ha levantado y luchado por su dignidad y por crecer más allá de como otros nos han querido ver”. Con estas ideas me golpeó aquel día, me dolieron, pero luego aprendí a recibirlas y, una vez dentro, se convirtieron en algo así como un fuego que me hizo creer en un futuro mejor. El profesor terminó su batalla aquel día con una lapidaria frase que retumbó por las cuatro paredes de la clase.

–¡Nos quieren aplatanados! Pero lo más importante es que sean ustedes los que no quieran estarlo.

Más de veinte años después, mi amigo observa la etiqueta de su cerveza, quizá cayendo en la cuenta de que el anuncio que había criticado se lo estaba bebiendo alegremente. En ese momento no sé quién nos quiere aplatanados o porqué, me preocupa más que no queramos estarlo nosotros mismos.